La tradición de asistir al cementerio para rezar por las almas de quienes ya abandonaron éste mundo, está acompañada de un profundo sentimiento de devoción dónde se tiene la convicción de que el ser querido que se marchó, pasará a mejor vida. Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene sentido positivo y por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente muerto con Cristo para vivir una nueva vida.
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Almas y ofrendas: Los jujeños honran a sus muertos
Como decíamos, ésta celebración comienza el 1° de noviembre con la colocación de ofrendas en las casas de los deudos. Estas ofrendas consisten en todas las cosas que el difunto le gustaba comer y beber… Chicha, locro, picantes, empanadas, asado y panes en forma de escaleras, cruces, angelitos y animales que se preparan especialmente ó se compran a los vendedores ambulantes. Las ofrendas permanecen en una mesa principal y recién se levantan el 2 de noviembre, lo que no “comió” el alma, es compartido con los presentes.
El jujeño cumple con sus muertos, siguiendo una tradición nacida de la unión de superticiones ancestrales y las convicciones religiosas cristianas que sus antepasados recibieron de los misioneros en épocas de la colonización. Las ofrendas son para esperar al finado, se encienden velas y se reza el Santo Rosario.
Se visitan las tumbas y se dejan coronas confeccionadas en papel de diferentes colores.
Jujuy le rinde culto a sus muertos siguiendo una tradición que no se va a perder porque pasa de generación en generación. Nos despedimos con una frase de San Agustín que al referirse a ésta fecha decía: “Una flor sobre la tumba se marchita, una lágrima sobre el recuerdo se evapora, pero una oración por el alma, la recibe Dios”.
