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29 de marzo de 2018 - 11:52 La verdad de las yungas

Jujuy de espaldas al bosque

Buenos Aires da la espalda al río. Nuestra provincia aún no descubre, exploya y cuida la biodiversidad del sur.

Dos estrechos cañones surcados por aguas caudalosas y transparentes, entre cascadas y rápidos atraviesan forzadamente una extensa serranía de piedra. Ambos están rodeados de exuberante selva subtropical, donde habitan monos caí, tucanes y yaguaretés. No son escenas de lejanos paraísos tropicales, están a menos de 40 km de tu casa. Estoy hablando de los cañones que forman los ríos Corral de Piedra y Capillas, cuando atraviesan la falla del Zapla dividiendo a la misma serranía en el cerro Zapla, el cerro Labrado y el cerro Salviar.

El bosque jujeño concentra más del 20 % de la biodiversidad argentina, fue escondite de nuestro prócer Viltipoco en su resistencia organizada a la invasión española, escenario de las batallas montoneras de la independencia e inspiración cultural de muchas generaciones de Jujeños. Cuántos de nosotros hemos sido amigos del Pespir y tantos otros personajes entrañables de los bosques de Santa Bárbara que descubriera José Murillo. Quién no temió de chico a la Mulánima. También el bosque fue un sector importante para el desarrollo económico y el empleo. Por muchos años sacando vigas hachadas y canteadas a mano en el monte con yuntas de bueyes. Quedan evidencias de las tantas huellas de saca en los alrededores de la ciudad de San Salvador de Jujuy y algún que otro par de herramientas de canteo y su dueño con el recuerdo del oficio. Luego con el florecimiento industrial de Altos Hornos Zapla y Palpalá, Celulosa y El Fuerte, y la industria maderera en San Pedro y Caimancito. Todos ligados al bosque o la forestación.

Sin embargo hoy, a propósito del día internacional de los bosques que se conmemoró el 21 de marzo, es necesario llamar la atención sobre el abandono y la decadencia que está sufriendo este importante patrimonio natural y cultural de los jujeños. Es necesario ponerlo en valor por la importancia que tuvo y tendrá, pero sobre todo porque puede encerrar claves para nuestro desarrollo. Ya lo ha sido para pueblos exitosos como los escandinavos, los japoneses o los alemanes, y sin duda lo será para nosotros.

La provincia ha perdido el 30 % de su extensión original desde la separación de Salta en 1833, por fijar una fecha, al día de hoy. Esto equivale aproximadamente a unas 400.000 ha. Una parte significativa de estas pérdidas sucedió a principios de siglo XX, y el resto en los últimos 50 años. Hoy en día ese problema ha disminuido, mientras se agravan otros como la degradación, la migración y el olvido. Todo ello lo debilita aún más ante la amenaza del cambio climático.

En el modo que estamos utilizándolo actualmente, el bosque jujeño, ya mayoritariamente degradado, continúa perdiendo biodiversidad, reduce sus aportes a las economías locales, y promueve la marginalidad y fuga laboral.

Indirectamente la migración hacia las ciudades y la inaccesibilidad para los ciudadanos está favoreciendo la pérdida de lazos culturales con el bosque, sumado a un escaso aprovechamiento de oportunidades de inspiración/recreación y desarrollo turístico. El problema puede entenderse desde una vieja concepción de cómo conservar los recursos naturales.

La discusión actual se presenta entre separar los usos (Land-sparing) o integrar usos (land-shareing). Separar el uso para conservación significa explicitar dónde se puede producir y dónde se debe conservar, por ejemplo el Parque Nacional Calilegua se conserva y en el valle se produce. De ahí en adelante ambos sitios siguen canales distintos. Este ha sido el pensamiento dominante, la existencia de un ministerio de producción y otro de ambiente son una evidencia clara. El problema de esta posición ha sido que mientras se excluyó a determinada porción del bosque de proveer bienes sin comprometer su continuidad, por ejemplo madera del parque, el restante 80 % del bosque quedó a la deriva. Primero a criterio del propietario y ahora interferido por un conjunto de regulaciones que hace muy difícil y caro, casi imposible, el Manejo Sustentable.

Esta situación, bajo una alta demanda del mercado por bienes del bosque, dificultades para el control, consumidores sin preocupaciones del origen de los productos y escasa infraestructura de soporte, finalmente generó marginalización de la actividad forestal. Bajo ese mismo pensamiento, lo que se debería hacer (y se hizo) para una mejor conservación es aumentar la cantidad de áreas protegidas estrictas, es decir sacarlas de las posibilidades de uso. Por consiguiente lo que fue quedando en uso, sufrió aún más presión. Pero claro, son dos áreas distintas, supervisadas por personas distintas, que le interesan a grupos de investigación y política distintos, y en definitiva casi pareciera que son dos regiones diferentes.

A grandes rasgos, ya hace muchos años que se extrae sin planificación ni control eficaz, sobre-explotando algunas especies (el roble criollo por ejemplo está en peligro de extinción) o sectores cercanos de los escasos caminos en condiciones. Como si fuera poco, además de este sistema de explotación semi-marginal que continúa la degradación del bosque, se practica una ganadería extensiva, también marginal, sin ningún tipo de regulación ni control. Entiéndase bien, es la ganadería una actividad altamente compatible con el manejo apropiado del bosque, pero al modo que se practica en nuestro bosque es un importante factor de degradación.

¿Por qué? La vaca, al no existir alambrados ni cercos, pastorea y camina por donde quiere, pisoteando pequeños arboles de algunas especies más que otras y en los sectores altos, donde termina el bosque y empieza el pasto, sus idas y venidas van creando huellas, dando inicio a la erosión del suelo ante cualquier lluvia de verano. Además de la vaca en sí, los perros atacan, matan y finalmente desplazan muchas especies de fauna local. Una actividad rutinaria del monte es recorrer a caballo con una jauría de perros buscando alguna vaca perdida y cazando animales, cual versión criolla de la caza del zorro. Ni las vacas, ni los perros, ni la caza están mal en sí mismos. Pero las vacas deben poder ubicarse según la época de crecimiento de los árboles y las lluvias torrenciales, los perros deben reducirse y controlarse para que no desplacen la fauna local y la caza debe ser regulada y controlada. La actividad ganadera de monte, hoy casi sin aportes a la economía o al empleo provincial, debe adoptar normas de Manejo Sostenible de Bosques de manera urgente. En Austria, por ejemplo, la ganadería está fuertemente restringida en zonas boscosas, pero la caza es la actividad más rentable del bosque.

Por último, nuestro uso turístico del bosque es enormemente limitado, especialmente si consideramos el desarrollo turístico de la quebrada y la gran oportunidad que representa la selva subtropical en un país mayormente plano, árido y templado.

Actualmente se han registrado muy pocos avances, aunque vale la pena resaltarlos. Los jujeños de la capital podemos acceder al Parque Potreros de Yala y al Botánico provincial. Ambos sitios son fuente de inspiración y recreación para todos, y han recibido alguna inversión en los últimos años. Sin embargo, falta, y mucho. Ejemplos como el del reino de Bután o Costa Rica, que han hecho del turismo de montaña y bosque su emblema y pilar económico, deberían orientarnos. Son necesarios hoteles, caminos, actividades, investigación y promoción. Tenemos tanto como ellos para crear la experiencia de turismo vivencial Jujuy Yungas. Infraestructura para turismo de aventura como canopy sobre parte de las lagunas de Yala, (Tirolesa sobre la copa de los arboles), rafting y rapel en el río Capillas, refugios de montaña para el avistaje de aves, hoteles en los árboles, avistaje nocturno de mamíferos, largas caminatas con guías, y tantas cosas más. Cualquiera de esos dos países es más pequeño territorialmente que Jujuy, y el asiático, al igual que nosotros, no tiene acceso al mar y está situado entre montañas subtropicales que ascienden hasta un altiplano árido. Las similitudes naturales son enormes, pero las diferencias en el sector turístico son abismales.

En cuanto a la demanda de bienes del bosque la situación es también crítica. En una provincia no muy rica y con falta de empleo formal calificado, en 2017 transferimos $ 180.000.000 al NEA en compras de madera, fugando aproximadamente 1.000 puestos de trabajo. No es un alegato del “vivir con lo nuestro”, pero sucede que nuestros bosques, puestos en producción de una manera sustentable, podrían abastecer la demanda actual e inclusive reactivar el sector de la energía de biomasa. Según cálculos conservadores, bajo normas de manejo que garanticen primero la recuperación y luego la continuidad de los bosques, podríamos generar un millón y medio de metros cúbicos, o 900 millones de pesos anuales en valor bruto, ocupando alrededor de 2.000 trabajadores sólo en el sector primario. Si a esto se sumara un plan efectivo de forestación anual de 2.500 ha/año, el número de empleo y valor bruto podría duplicarse. Es decir, reactivando el sector forestal podrían generarse 3.000 puestos de empleo y 360 millones de pesos sólo en el sector primario.

Si miramos la energía, en la provincia, cuatro grandes industrias están en condiciones de utilizar biomasa como energía, pero no tienen materia prima. Los ingenios y la cementera podrían consumir directamente o con modificaciones pequeñas, productos del bosque para reemplazar gas y/o electricidad. A esto se suma la capacidad instalada y ociosa de Altos Hornos Zapla que posee turbinas de cogeneración con una potencial eléctrica 60 Mwh, hoy en completo desuso.

Para recuperar y poner en producción nuestros bosques, compartirlos con el mundo a través del turismo sostenible en parte de ellos y volver a darles su lugar en nuestra cultura, debemos abandonar ante todo la visión particionada de zonas para conservar, intocable, y zonas liberadas de facto, como el negocio marginal de madera o reglamentariamente como la ganadería de monte. Es posible y necesaria una nueva concepción de uso de los bosques que se propicie productiva, económicamente rentable y garantizando la conservación de nuestros bosques.

En ese cambio el estado debería adecuar sus instituciones, por ejemplo la división de ministerios para producir y otros para conservar, cambiar normas restrictivas por normas que promuevan usos del bosque, desarmar la maraña burocrática que hoy es un impedimento a la actividad maderera legal de hecho y una restricción para la inversión turística. Además debería desarrollar la infraestructura de modo tal que facilite la inversión y reduzca costos de trabajo, favoreciendo la radicación de gente en el bosque.

Desde las empresas que consumen productos finales o intermedios del bosque, se debería acompañar este cambio cultural invirtiendo en el sector, pero sobre todo demandando estándares de calidad respecto a normas de manejo y origen de los productos.

Nosotros, los ciudadanos, tenemos que tomar conciencia de la maravilla que nos rodea, promover espacios naturales y volver a disfrutar el bosque. Tenemos que dejar de darle la espalda.

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