Ischilín es un pueblo situado a unos 20 kilómetros al sur de Deán Funes, en la región noroeste de Córdoba. Su nombre, de origen sanavirón, se traduce como “alegría”, un sentimiento que aún perdura más de 400 años después de su creación. Tiene sus calles de tierra, construcciones de adobe y una iglesia que parece de otra época. Agendalo para tus escapadas.
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Ni Jujuy, ni Tucumán: hace unas escapadas a este pueblo cordobés que parece detenido en el tiempo
Callejones de adobe, un templo levantado por jesuitas y un museo campestre que honra a Fernando Fader convierten a este pueblo en un lugar memorable de Córdoba.
Este rincón se distingue como uno de los más pintorescos y auténticos del interior argentino. En este pequeño paraje, que formó parte del emblemático Camino Real al Alto Perú, aún se conservan huellas de la época colonial: una antigua pulpería, una vieja comisaría, el edificio del correo y la escuela Fernando Fader, todos distribuidos alrededor de una plaza central presidida por un algarrobo que supera los 400 años de vida.
La escena se enriquece con la presencia de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, construida en 1706, la cual, según la tradición, sería el único templo jesuítico en Sudamérica erigido sin recurrir a mano de obra esclava.
Este pueblo tiene 385 años
La herencia artística se percibe con intensidad en la zona. A apenas ocho kilómetros, en el paraje Loza Corral, se encuentra la Casa Museo Fernando Fader, un espacio que atesora pertenencias, murales y rastros del célebre pintor que decidió asentarse en Ischilín durante sus últimos años de vida.
Afectado por la tuberculosis, Fader no solo desarrolló su obra en este rincón cordobés, sino que también se dedicó a la restauración de varias edificaciones coloniales, utilizando tonalidades que para él evocaban la esencia original: amarillos, ocres y morados.
Un circuito único para recorrer en este pueblo
La localidad también integra el circuito del Camino del Vino en Córdoba, con la bodega Jairala Oller como uno de sus principales atractivos. Este establecimiento invita a disfrutar de catas y paseos entre viñedos, rodeados de paisajes serranos y con una atención cercana que enriquece la visita.
Además, la propuesta gastronómica se completa con escabeches, embutidos, dulces caseros y quesos de cabra, que aportan sabores típicos de la región.
Para quienes desean prolongar la estadía, existen alojamientos rurales como La Rosada y La Serena. Ambos ofrecen una experiencia sencilla pero acogedora, donde no faltan empanadas calientes, pastelitos recién hechos y desayunos con mermeladas artesanales que invitan a empezar el día con un toque hogareño.
Aunque tuvo un desarrollo pausado, Ischilín conserva intacto su espíritu auténtico. Desde la antigua estación ferroviaria —hoy en desuso— hasta el histórico Rancho de Doña Eleuteria, cada espacio narra historias de un pueblo que optó por un ritmo de vida sereno. Aquí, el pasado no se exhibe como ornamento: forma parte del día a día y se respira en cada detalle.