Y es que, aunque la lengua varíe, el mecanismo es en esencia el mismo: de forma prácticamente involuntaria se emite un sonido fuerte con la boca abierta. Es, de hecho, la forma más rápida de hacerlo.
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¿Por qué decimos “¡ay!” cuando algo nos duele?
¡Ouch! ¡Aj! ¡Eina! Es lo que exclamarían respectivamente un inglés, un sueco y un sudafricano si experimentasen una intensa emoción o una sensación dolorosa de forma súbita. Se corresponden, en todo caso, con el castellano “¡ay!”.
Esto ha llevado a algunos expertos en etimología a sospechar que, en su origen, esta expresión debió de usarse como si se tratara de un mecanismo de alerta para advertir a otros congéneres de la presencia de un peligro.
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