Concretamente, cuando a nuestro oído llegan sonidos desagradables, la amígdala modula a la corteza auditiva aumentando la intensidad de su actividad y generando emociones desagradables. En otras palabras, la parte emocional del cerebro modifica la percepción de los sonidos, de forma que nuestro cerebro “escucha con más intensidad” un chirrido que nos causa dentera que el agradable flujo del agua en un río, por ejemplo.
En su estudio, los investigadores establecieron también un ranking de los sonidos que más nos desagradan. Los primeros puestos los ocupan, en este orden, los que producen un cuchillo rozando una botella, un tenedor arañando un cristal, la tiza en la pizarra, frotar una regla con una botella, las uñas de las manos sobre una pizarra, el grito de una mujer y el sonido de una radial cortando, por ejemplo, una baldosa. Los sonidos considerados menos desagradables fueron un aplauso, la risa de un bebé, un trueno y el flujo del agua, según publican los autores en Journal of Neuroscience.
Los resultados podrían ayudar a explicar enfermedades como la hiperacusia, un síndrome que produce una disminución de la tolerancia a sonidos normales y naturales del ambiente, o la misofonia (literalmente “odio a los sonidos”), que se manifiesta como un fuerte enojo causado por los sonidos que originan otras personas al comer, sorber, masticar chicle o incluso respirar. También ayudarán a entender por qué la migraña agudiza la percepción de los aspectos desagradables de los sonidos.
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