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5 de agosto de 2025 - 11:46 Cocina.

Este es el origen de los nombres de las facturas favoritas de los argentinos

En 1888, Buenos Aires vivió la primera huelga de panaderos, cuando surgieron nombres para sus productos que perduran hasta hoy.

Las facturas, esas irresistibles delicias que forman parte del desayuno y la merienda en millones de hogares argentinos, esconden mucho más que sabor. Detrás de sus nombres populares se esconde una historia curiosa y llena de simbolismos que remonta a los primeros gremios de panaderos y sus luchas sociales.

Durante el período comprendido entre 1880 y 1930, aproximadamente 5,8 millones de inmigrantes arribaron a territorio argentino. Trajeron consigo sus lenguas, que se fusionaron con el español local; sus gastronomías, bebidas, costumbres, tradiciones, profesiones y también sus ideas y creencias.

El diseño de la cremona, cargado de ideología desde fines del siglo XIX.

El auge de las panaderías en una ciudad en expansión

A comienzos de la década de 1880, el crecimiento demográfico en Argentina era vertiginoso. La ciudad de Buenos Aires se transformó en el epicentro del flujo migratorio, recibiendo a quienes se instalaban tanto en sus barrios como en la periferia. Este incremento poblacional trajo consigo nuevas demandas, y comenzaron a aparecer negocios y oficios para responder a ellas. Entre ellos, las panaderías florecieron: generaban empleo y producían alimentos accesibles a base de ingredientes simples como agua y harina.

La expansión de panaderías en cada rincón de la ciudad se volvió una postal típica de Buenos Aires y su conurbano. A pesar de la crisis que golpeó al rubro – con el cierre de aproximadamente 1.100 panaderías desde finales de 2023, según datos de la Cámara de Industriales Panaderos (CIPAN) – estos locales, impregnados de aroma a masa horneada y dulces típicos, siguen siendo parte esencial del día a día en todo el país.

La expansión de las panaderías en Buenos Aires llegó de la mano de la expansión de la inmigración.

Detrás de esta costumbre que acompaña desayunos, meriendas y encuentros cotidianos, hay un lenguaje oculto vinculado al crecimiento de las panaderías en el país. Un código cargado de ideas políticas, demandas sociales y sarcasmo, impulsado por los anarquistas que impulsaron la primera agrupación gremial de panaderos en la ciudad.

Fue en 1887. El 4 de agosto de ese año, dos inmigrantes italianos encabezaron la fundación de la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos. Sus nombres: Errico Malatesta y Ettore Mattei, activistas con amplia experiencia en el movimiento anarquista. Malatesta, en particular, era una figura de peso a nivel internacional y había sufrido persecución en su país, en distintas naciones europeas y hasta en Egipto.

En 1888 se produjo la primera huelga de panaderos en Buenos Aires.

Al arribar a la Argentina junto a una multitud de connacionales, se topó con una realidad laboral dura: según registros de la Oficina del Trabajo, se trabajaban diez horas por día en invierno y hasta doce en verano, aunque en muchos casos esas cifras eran superadas. Los salarios eran escasos, las condiciones laborales precarias, numerosos menores eran empleados, y prácticamente no existían derechos laborales ni resguardo frente a los patrones.

Gracias a su formación ideológica y a las experiencias acumuladas en Europa, Malatesta y Mattei conocían en profundidad las herramientas para movilizar a los obreros, impulsar acciones colectivas y organizar medidas de fuerza capaces de generar resultados concretos. Las duras realidades laborales y las condiciones de existencia de los panaderos reclamaban soluciones inmediatas.

Las bolas de fraile fueron nombradas así para burlarse de la Iglesia, tal como ocurrió con los suspiros de monja y los sacramentos.

Con esa convicción, ambos referentes italianos impulsaron la creación de la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos, pionera entre las agrupaciones gremiales del país y la primera específica del sector panadero, que por entonces no paraba de expandirse. El anarquismo, bajo su conducción, se convirtió en el eje articulador de una clase trabajadora golpeada por la explotación.

Reclamos urgentes en un horno cada vez más caliente

El objetivo de la entidad, tal como lo expresaba su estatuto inicial, era fomentar el desarrollo intelectual, ético y físico del obrero, al tiempo que se buscaba su emancipación del sistema capitalista. Pocos meses más tarde, el 29 de enero de 1888, lanzaron una advertencia: si no se atendían sus reclamos, comenzarían una huelga.

Alegaban que, frente al incremento en el costo de vida —especialmente en alimentos y alquileres—, los ingresos de los trabajadores se habían quedado muy por debajo de lo necesario. Exigían una suba del 30% en sus sueldos, un kilo de pan por jornada, mejoras en la alimentación brindada en el lugar de trabajo y la eliminación de los turnos nocturnos. Otorgaron un plazo de dos días a los empleadores para presentar una respuesta.

Errico Malatesta, el ideólogo anarquista que fundó en nuestro país un sindicato para peones panaderos.

La primera huelga que hizo temblar a Buenos Aires

Los propietarios de las panaderías desoyeron el reclamo y, llegado el mediodía del 31 de enero de 1888, se inició la primera medida de fuerza formal de los panaderos porteños. La escasez de pan fue tan crítica que el entonces intendente, Antonio Crespo, ofreció enviar personal del municipio para cubrir la producción y atención en los comercios.

En medio del conflicto, nació una costumbre que todavía se mantiene vigente: la colecta o “fondo común” para sostener la protesta y publicar materiales. En esos folletos, los donantes firmaban con pseudónimos como “Uno que trabaja 16 horas” o “Muera mi patrón”.

Mientras los obreros consolidaban su unidad y hacían correr la voz sobre la protesta, los dueños de las panaderías no lograban acordar una postura común para encarar el conflicto. Luego de siete días de paro, la huelga logró su cometido: los trabajadores regresaron a sus tareas y el inconfundible olor a pan recién horneado volvió a llenar las calles porteñas. Los patrones finalmente accedieron a cumplir varias de las exigencias planteadas.

Cuál es el origen de los nombres de las facturas favoritas de los argentinos.

Aquel episodio no solo significó un punto de inflexión en la historia del sindicalismo en Argentina, sino que también dio origen a los nombres de muchas de las facturas emblemáticas del país. En ese clima de resistencia anarquista y confrontación con los empleadores, los panaderos plasmaron su ideología en la manera de bautizar los productos que preparaban y comercializaban.

La lucha se cocina con ideología y humor

Convencidos de que instituciones como el Estado, la Policía, el sistema legal y la religión podían ser descartadas, los anarquistas más comprometidos optaron por dejar plasmadas sus convicciones en los nombres de ciertos productos de panadería. Así fue como surgieron denominaciones como bolas de fraile, suspiros de monja y sacramentos, usadas de forma irónica para cuestionar a la Iglesia, considerada enemiga de las ideas que impulsaban Malatesta, Mattei y quienes los acompañaban.

Del mismo modo, términos como bombas de crema y cañoncitos hacían referencia a los cuerpos armados, mientras que el vigilante parodiaba a las fuerzas policiales. Por su parte, los libritos combinaban una defensa del acceso al conocimiento con una crítica al control estatal sobre la educación.

En 1888 se produjo la primera huelga de panaderos en Buenos Aires.

Una interpretación más enigmática plantea que la forma de la cremona, elaborada con masa de hojaldre, estaría compuesta por múltiples letras “A” en mayúscula, símbolo histórico del movimiento anarquista. Y que “factura” deriva del latín “facere”, relacionado con el hacer, para que los obreros valoraran su trabajo.

Un legado crujiente que sigue vigente

Durante el siglo XX, en plena dictadura fascista de Benito Mussolini, Errico Malatesta fue confinado a arresto domiciliario hasta el final de sus días, sin abandonar jamás sus principios anarquistas. Fue, además, uno de los impulsores de las denominaciones que hoy forman parte del lenguaje cotidiano en las panaderías argentinas.

En reconocimiento a la fundación de la Sociedad Cosmopolita, precursora en la defensa colectiva, la acción gremial y la organización de huelgas como herramienta de lucha, el Congreso Nacional estableció en 1957 al 4 de agosto como el Día del Panadero en nuestro país.

Los obreros inventaron algunas denominaciones que llegan a nuestros días.

La histórica protesta del gremio panadero en 1888 abrió el camino para el surgimiento de nuevos sindicatos anarquistas en otros oficios, impulsados por una economía en expansión gracias a la llegada de inmigrantes y al progreso industrial.

Además de sus logros gremiales, aquellos panaderos dejaron un legado simbólico: una forma de nombrar productos con ironía que se burlaba de las instituciones del poder. Ese código irreverente sobrevivió al paso del tiempo y aún perdura en la cultura popular, el aroma del pan caliente y en los encuentros que, generación tras generación, siguen teniendo a las facturas como protagonistas.

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