Gracias a los satélites, los investigadores pueden monitorear la evolución del fenómeno directamente desde la región del océano donde se origina. Las modificaciones en la altura de la superficie marina, el avance de las masas de agua caliente y los cambios en la presencia de fitoplancton constituyen indicadores de una alteración que podría repercutir en las condiciones climáticas de todo el planeta.
Agua cálida desde Micronesia hacia el Pacífico oriental
Los primeros indicios se identificaron en enero de 2026, cuando los registros satelitales revelaron la presencia de una acumulación de agua caliente, conocida como onda Kelvin, en las proximidades de Micronesia, en el sector occidental del océano Pacífico. La señal fue detectada por la misión conjunta de la NASA y Europa dedicada a medir el nivel del mar.
Las ondas Kelvin consisten en movimientos de agua que avanzan lentamente a lo largo de miles de kilómetros y transportan energía térmica desde el oeste hacia el este del océano Pacífico. Su desplazamiento puede compararse con una red de corredores submarinos por los que circula el calor.
Cuando estas masas de agua caliente se desplazan, calientan el aire que se encuentra sobre la superficie marina y favorecen su ascenso.
Esta modificación en las condiciones atmosféricas altera la presión y puede reducir la intensidad de los vientos alisios, e incluso hacer que cambien de dirección, pese a que normalmente soplan desde América hacia Asia. Como consecuencia, la superficie del mar se eleva más en el Pacífico oriental y la temperatura del agua continúa aumentando. Esta secuencia de cambios constituye una señal del inicio del fenómeno de El Niño.
Para los primeros días de abril, las ondas Kelvin habían alcanzado el sector oriental del Pacífico y comenzaban a registrarse aumentos en la temperatura superficial del océano. La propagación de estas masas de agua caliente también provocó una elevación del nivel del mar de entre 30 y 40 centímetros en determinadas zonas, una variación equivalente a entre 1 y 1,3 pies.
Las imágenes satelitales permiten observar cómo las aguas con una altura superior a la media avanzaron en dirección a Sudamérica y luego se extendieron por el litoral hasta llegar a California. En contraste, en las proximidades de Indonesia y el norte de Australia, la superficie marina se ubicaba entre 15 y 20 centímetros —de 6 a 8 pulgadas— por debajo de los registros habituales.
“Las ondas Kelvin son como el latido del corazón de El Niño”, señaló Josh Willis, investigador del proyecto de misiones satelitales dedicadas a medir el nivel del mar en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, ubicado en el sur de California. “Y nuestros satélites de medición del nivel del mar nos permiten observar el océano y ver cada latido”, agregó.
Los investigadores recurren a la altimetría desde satélites desde 1993 para obtener mediciones exactas de la elevación de la superficie oceánica. La recopilación ininterrumpida de información continúa gracias a los satélites Sentinel-6, equipados con radares altimétricos de tecnología avanzada capaces de relevar millones de millas cuadradas de mar en una sola jornada.
Estos dispositivos trabajan de manera complementaria con la red de sensores y boyas marinas de la NOAA, que se desplazan por el océano y también realizan mediciones a distintas profundidades.
El Pacífico oriental ya está 1,7 por encima de su promedio de largo plazo
El incremento de la temperatura en la superficie oceánica constituye una de las señales más características del fenómeno de El Niño. De acuerdo con el científico Josh Willis, las aguas del Pacífico oriental ya presentan valores próximos a 1,7 grados —equivalentes a 3 grados Fahrenheit— por encima de la media histórica. Las proyecciones indican que, durante los meses venideros, ese registro podría elevarse algunas décimas más.
Para seguir estas variaciones, los satélites utilizan radiómetros que operan con tecnología de microondas e infrarrojos. Estos equipos pueden registrar la energía térmica que emite la superficie del mar incluso cuando hay nubes que interfieren en su campo de visión.
A lo largo de 2026, los científicos elaboraron mapas para registrar el avance de una extensa región oceánica con temperaturas superiores a las habituales, cuyo crecimiento se hizo evidente durante la primavera. En las representaciones satelitales, el sector se distingue por su tonalidad rojo intenso y abarca millones de kilómetros cuadrados, desde la zona central del Pacífico hasta el litoral de Sudamérica.
Las consecuencias del calentamiento del océano no se limitan al entorno marino. El aire que permanece sobre esas aguas absorbe y traslada calor y humedad hacia las capas atmosféricas, condiciones que pueden favorecer la aparición de tormentas y modificar el comportamiento del clima en distintos puntos del mundo.
PACE observa que la franja verde del ecuador cede ante aguas más azules
Las variaciones térmicas del océano también se reflejan en su apariencia. En los últimos meses, las aguas del Pacífico ecuatorial adquirieron tonalidades más azules, un fenómeno que está siendo analizado mediante un satélite de la NASA para determinar qué factores lo provocan. Este cambio visual se relaciona con el fitoplancton, un conjunto de organismos microscópicos que constituye el primer eslabón de la cadena alimentaria marina.
“Algunas personas piensan que el agua es simplemente azul, pero es asombroso la multitud de colores que puede tener el océano”, señaló Matthew Kehrli, investigador científico principal del equipo a cargo del satélite PACE (Plankton, Aerosol, Cloud, Ocean Ecosystem), en el Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA, ubicado en Greenbelt, Maryland.
El fitoplancton comprende miles de variedades de organismos, cuyos pigmentos pueden dar al agua matices turquesas, verdosos o amarronados. En algunas regiones del Pacífico cercanas al ecuador, la abundancia de estos microorganismos suele aportar una apariencia más verde al océano. No obstante, durante este año esa coloración se ha reducido progresivamente.
Esta transformación coincide con uno de los efectos esperados del fenómeno de El Niño. El fitoplancton encuentra condiciones favorables para desarrollarse en aguas frías y con una elevada disponibilidad de nutrientes. Sin embargo, cuando los vientos alisios pierden fuerza, disminuye el ascenso hacia la superficie de las corrientes profundas que contienen los nutrientes necesarios para su crecimiento.
La escasez de nutrientes repercute en la cantidad de estos microorganismos y provoca una caída de sus poblaciones. Este descenso puede afectar al conjunto de la cadena alimentaria oceánica y llevar a distintas especies a desplazarse hacia otros sectores en busca de recursos para alimentarse.
El episodio que se observa actualmente es el primero registrado desde que PACE comenzó a operar en 2024. El satélite cuenta con un dispositivo especializado en estudiar los colores del océano mediante tecnología hiperespectral, que examina cientos de longitudes de onda correspondientes a la luz visible, el infrarrojo cercano y la radiación ultravioleta.
Gracias a estas mediciones, el sistema puede seguir la evolución del fitoplancton y detectar otras modificaciones en la apariencia cromática del mar con información prácticamente en tiempo real. A partir de las observaciones recopiladas por PACE, los científicos determinan la tonalidad media de la superficie oceánica y sintetizan las distintas frecuencias luminosas registradas en un único valor, conocido como longitud de onda visible aparente.
La cartografía correspondiente a 2026 evidencia una reducción progresiva de la franja verdosa que se extiende por la zona ecuatorial del Pacífico occidental, mientras gana terreno una coloración más azulada. Esta modificación constituye un indicio de la disminución del fitoplancton en esa región. En cambio, las imágenes de 2025 reflejan que el área de tonalidades verdes permaneció prácticamente sin cambios a lo largo del período observado.
“Uno tiene ciertas expectativas sobre lo que sucedería”, afirmó Kehrli. “Pero ver visualmente los resultados con los productos de datos con los que se trabaja en tiempo real es muy gratificante”.
La NASA continuará vigilando la evolución de El Niño y sus consecuencias a través de su conjunto de satélites destinados a estudiar la Tierra. “El fenómeno de El Niño nos afecta a casi todos de alguna manera cada vez que ocurre”, afirmó Willis. “Si bien muchos han visto lo que puede hacer, miramos al océano para comprender el porqué”, concluyó.
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