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22 de febrero de 2022 - 11:09 Prohibido olvidar.

10 años de la Tragedia de Once: "Tratamos de seguir"

Muchos sobrevivientes tienen graves secuelas del choque del Sarmiento en la estación Once. "Están las cicatrices, las pesadillas, pero tratamos de seguir"

Este martes se cumplirán 10 años de la Tragedia de Once, un lamentable episodio que tuvo lugar gracias a la desidia, la corrupción, las fallas técnicas y humanas que dejaron 51 muertos —entre ellos, una embarazada— y casi 800 heridos cuando el tren, que llevaba alrededor de 1200 pasajeros, no frenó e impactó contra la estructura de contención.

Si bien hubo 22 condenados por la tragedia, en la actualidad no hay nadie que esté en la cárcel por la muerte de esas personas. El 15 de noviembre pasado, Juan Pablo Schiavi, exsecretario de Transporte de la Nación, logró conseguir la libertad condicional luego de haber cumplido dos tercios de la pena a cinco años y medio. Era el último funcionario preso.

A las 8.32 del 22 de febrero de 2012. Leonardo Sarmiento, que aquel momento tenía 30 años, despertó tras escuchar un ruido muy fuerte y el sonido ácido que desprendió el vagón al transforarse en una caja amorfa. Aturdido, observó que algunas personas filmaban desde el andén lo que estaba sucediendo. Había pasajeros saltando desde la formación buscando un lugar seguro y otros se dirigían hacia el tren con la cara tiesa y los ojos abiertos, no pudiendo creer lo que sucedía. Su cuerpo había atravesado una ventana, mientras que la parte de abajo de su cuerpo quedó enredado con la chapa. Y allí se encontraba, sin poder moverse, atascado por una especie de puño de acero en medio de una de las peores tragedias ferroviarias de nuestro país.

Lejos de ahí, en Ciudadela, una profesora de inglés de 49 años llamada Stella Maris Giménez se encontraba de vacaciones. Pasadas las ocho y media de la mañana, aquel estruendo repercutió en su cuerpo y se levantó. “Sentía que me ahogaba”, manifiesta. Se sentó en la cama, estiró los brazos para poder recuperar el aliento y encendió la televisión. Fue ahí que se encontró con una información de último momento: una formación de la línea Sarmiento había chocado contra los paragolpes de contención en la estación de Once, en la ciudad de Buenos Aires. Ella comenzó a llamar una y otra vez a su hijo, Jonatan Báez, que tenía 27 años, y todos los días se subía ese tren para dirigirse a su trabajo en una empresa de seguros.

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A esa hora, Vanesa Toledo, de 29 años, estaba recién llegada de su trabajo, una fábrica metalúrgica con dirección en Virrey del Pino, cuando el celular comenzó a sonar. Era el padre de su hija de dos años y medio, quien se mostraba preocupado por Graciela Díaz, la madre de Toledo. “Me preguntó si sabía algo de mi vieja porque había escuchado de un accidente en Once con el tren que mi mamá se tomaba para ir a trabajar, ella preparaba sándwiches en una confitería cercana a la estación”, le comentó Toledo a colegas de La Nación. Fue así que decidió prender la computadora, ingresar a un sitio web y ver las primeras imágenes del tren, identificado como chapa 16, comprimido al final de la vía. Toledo comenzó a llamar a su madre, que nunca contestó.

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El empresario Claudio Cirigliano, que era el dueño de la firma Trenes de Buenos Aires (TBA), concesionaria de la Línea Sarmiento, recibió una condena de 7 años de cárcel, estuvo dos años y medio en el penal de Ezeiza y continúa con prisión domiciliaria. Solo el entonces secretario de Transporte de la Nación, Ricardo Jaime, que fue condenado por lo sucedido esa mañana de 2012, se encuentra aún detenido, pero por otras causas de corrupción en las que está involucrado.

Mientras que el exministro de Planificación Federal, Julio De Vido, el más criticado por los familiares de las víctimas y los sobrevivientes, se encuentra en libertad aguardando que la Corte Suprema de Justicia de la Nación resuelva su condena a cinco años y ocho meses de prisión.

Sarmiento, que todavía se dedica a realizar tareas de mantenimiento y plomería, detalla que cada minuto que pasaba su situación desmejoraba. Primero intentó hacer fuerza, pero los metales le apretaban la cintura y no podía mover la parte inferior del cuerpo. Cuando arribaron los bomberos pusieron una escalera con una camilla en la parte superior para que él se pudiera apoyar y no termine formando un ángulo de 90 grados entre sus piernas atrapadas por la máquina y su torso que caía hacia afuera. Lograron sacarlo después de tres horas, después de un operativo más que complicado, ya que cortar el metal implicaba un riesgo para otros pasajeros.

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Mientras los bomberos hacían uso de las sierras como si fueran un bisturí, Giménez, desde su casa en Ciudadela, se comunicó con su hija mayor, Romina, y se dirigieron a la estación de Once. En el camino iban atentos a la radio y la desesperación se iba acrecentando a medida que los medios describían la magnitud de lo sucedido. Mientras Romina manejaba, Giménez continuaba llamando a su hijo por teléfono, pero este nunca contestó.

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Cerca de la estación dejaron el auto y continuaron caminando, pero no pudieron ingresar en Once y solo les quedó ver el movimiento desesperado de los servicios de emergencia. Después, cuando comenzaron a dar las listas de heridos y fallecidos en los hospitales comenzaron un recorrido por diferentes instituciones públicas y privadas, hasta que decidieron ir a la morgue judicial. Ella, junto a sus familiares y amigos de Jonatan, estuvieron sentados frente a la morgue desde las siete de la tarde, pero su hijo no aparecía. A medianoche les aconsejaron ir al cementerio de Chacarita, y en medio de la noche oscura lograron reconocer los tatuajes de su hijo entre las fotos de los fallecidos. “Antes de ir a Chacarita, yo ya le decía a Romina que Jony ya no estaba. A mí nadie me avisó, yo ese día me desperté y ya lo sabía”, se lamenta Giménez.

Esa mañana, Toledo también se dirigió directamente a la estación junto a otros familiares. El recorrido fue el mismo que el de Giménez: primero un hospital, después otro, y otro, hasta que terminaron en el cementerio de Chacarita. Y también, por un tatuaje, pudieron determinar que Graciela estaba allí.

“Hacían ruedas de reconocimiento donde uno tenía que decir características físicas. Les dije que ella tenía un tatuaje de una cobra en el hombro izquierdo, y así la pudimos reconocer, porque todas sus otras características habían desaparecido. Lo que yo encontré ahí era otra cosa, no era mi mamá”, describe Toledo.

Los años posteriores a la tragedia, Sarmiento vivió significativas intervenciones quirúrgicas. Padeció el aplastamiento del ciático, quebraduras en los tobillos, en la pelvis. Su cuerpo hoy lleva las cicatrices, y asegura que no puede estar mucho tiempo de pie sin sentir dolor. Hoy en día trabaja en la Legislatura porteña como personal de mantenimiento. Su salvavidas fue Nancy, un amor de la infancia, a quien conoció cuando él tenía 17 y ella, 15. Pasaron 20 años —cuatro desde la tragedia— hasta que lograron reencontrarse y tuvieron un hijo que ya cumplió 5 y cuando no va a la escuela lo suele acompañar a Sarmiento a trabajar.

“Trato de estar con mi familia. Ellos me salvaron. Pero están las cicatrices, las pesadillas. Tratamos de seguir. Lo que queremos es lo de siempre, que se haga Justicia”, afirma Sarmiento.

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Giménez por su lado, sigue enseñando inglés. Habita en el mismo hogar donde aquella mañana se levantó ahogada. Jamás volvió a subirse a un tren. Junto a todos los sobrevivientes y familiares de víctimas, continúa la lucha para que se haga Justicia.

“La tristeza es exactamente la misma que el 22 de febrero de 2012. Uno no puede elaborar algo que no entiende. Pitu, como le decíamos a Jonatan, era muy luchador, no te dejaba caer. Muchas veces me decía `viejita, estoy orgulloso de vos´. Y yo desde acá le digo: Pitu, en donde estés, quiero que sepas que yo sigo, a pesar de todo, sigo”, señala Giménez.

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