Del mismo modo que en abril del 2020 explicaba en mis transmisiones en vivo cómo el aparato psíquico iba a verse afectado como consecuencia de la pandemia, desde 2023, cuando surgió Chat GPT, también fue claro para mí, en tanto psicoanalista, el efecto que los modelos LLM (Large Language Model) de inteligencia artificial iban a tener sobre los humanos.
- Todo Jujuy >
- Deportes >
- País >
¿Argentina racista? Lo que el algoritmo quería que discutiéramos
La reciente polémica sobre las acusaciones de racismo hacia Argentina sirve para analizar un fenómeno mucho más profundo. Columna de Violaine Fua Púppulo es psicoanalista argentina.
Entre esos efectos, advertía sobre el atrapamiento que el mundo digital produciría, como una máquina invisible. Llegaríamos a ser capaces de decir lo contrario de lo que pensamos, tan sólo por contagio emocional o por enojo.
En la actualidad, las redes sociales - asistidas por inteligencia artificial - han transformado la forma en que nos relacionamos al convertir nuestras emociones más profundas en un negocio. El algoritmo utiliza el odio para fomentar el consumo.
Para entender cómo nos afecta este fenómeno, debemos mirar al algoritmo de las pantallas como el nuevo jefe o dueño de nuestras vidas, que captura nuestra atención utilizando el odio para ¿fomentar su propia rentabilidad?
Del jefe tradicional al control digital
Hace décadas, la sociedad se organizaba exclusivamente bajo estructuras claras donde algunos mandaban y otros obedecían. En ese modelo tradicional, aunque con tensiones y desigualdades, las personas se comunicaban entre sí y, aun cuando podían disentir, formaban comunidades reales. Había un lazo social que sostenía el día a día.
Sin embargo, el sistema actual de las redes sociales cambió por completo las reglas del juego. Ya no se busca unir a la sociedad ni crear debates útiles. Su único objetivo es alimentar un círculo vicioso de consumo que nunca se detenga.
Las plataformas no venden información: venden nuestra atención. Y la emoción que más tiempo logra retener esa atención es la indignación. Allí reside el verdadero negocio.
El algoritmo es el nuevo jefe absoluto. No te pide que hagas una tarea específica ni es esa clase de jefe del que uno podría quejarse. Te hace creer que te ofrece lo que querés, pero la única condición de sentirte parte de la sociedad es mirar la pantalla sin parar y reaccionar a cada segundo.
¿Acaso quienes no se enteraron de las acusaciones de racismo contra Argentina no sintieron que quedaban afuera de lo que estaba pasando?
Recordemos lo ocurrido. Una campaña que atribuía racismo a la Argentina inundó las redes después del Mundial FIFA 2026, justamente cuando el algoritmo —y quienes lo administran— descubrieron que la cantidad de personas pendientes del Mundial era muy superior a quienes siguen el Super Bowl. ¿Cómo desaprovechar semejante volumen de interacciones?
Al decir “campaña” me refiero a que la grabación de spots publicitarios por parte de personas conocidas no se realiza en un solo día. Todo indica que esa campaña había sido preparada con antelación. Pero ese no es el problema.
En las redes sociales se generó una especie de partido de ping-pong donde una persona criticó de forma generalizada a un país entero llamándolo "racista". En lugar de responderle de manera individual a ese usuario en específico, la gente reaccionó de forma impulsiva y masiva. Los usuarios empezaron a etiquetarse y a atacarse mutuamente atribuyendo esas actitudes a sus nacionalidades.
Se multiplicaron mensajes violentos, cargados de etiquetas absolutas y exageradas, basadas únicamente en el lugar de nacimiento de cada uno. Las respuestas cayeron en una trampa al decir cosas como "nosotros no somos así, los de tu país son los verdaderos racistas". Este tipo de acusaciones borró por completo la identidad de los individuos, al asumir equivocadamente que todos los ciudadanos de una geografía piensan exactamente igual.
El enojo hizo que las personas se pusieran a la defensiva y terminaran adoptando un tono discriminatorio que llamó la atención justamente porque igualaba discursos políticos muy criticados por ellas mismas y que, al mismo tiempo, decían combatir.
Al final, este juego de insultos por nacionalidades solo sirvió para que la gente se enganchara a hacer más clicks, llenando los bolsillos de las empresas cuyas redes utilizaron sin siquiera percatarse de ello.
Los efectos en el sujeto contemporáneo
El impacto de este dispositivo técnico sobre el sujeto es de orden clínico.
Como afirmaba, ya en 2023, en mi libro “Una ¿Mente? Artificial”, bajo el empuje de la inteligencia artificial, las redes producen un efecto hipnótico que anula la capacidad de detenerse y reflexionar.
El sujeto no entra allí con su singularidad histórica. De hecho, hubo muchos que criticaron a otros por pertenecer a un país al que siempre dijeron querer.
Un ejemplo claro es el rage bait o “anzuelo de ira”. El algoritmo detecta y amplifica discursos totalizantes, clasificatorios y segregativos. Al confrontar al usuario con enunciados violentos, se despierta una angustia profunda. El sujeto, atrapado en una encerrona imaginaria, responde de inmediato para defender su identidad o su país. Sin saberlo, duplica el daño inicial y se convierte en un peón útil que reproduce la lógica que intenta combatir.
Esto tiene un nombre: alienación. Las personas quedan captadas en una respuesta automática dentro de un espacio imaginario e ilusorio que les hace olvidar su propia historia.
Aunque esta violencia pueda parecer un simple juego de insultos en pantalla, la manipulación algorítmica y los discursos de odio en redes sociales actuales replican una dinámica similar a la ocurrida en Myanmar hace algunos años, donde este mecanismo terminó desencadenando un genocidio real.
El psicoanalista Jacques Lacan describía bien el tipo de “saber” que se juega en estas situaciones: un saber que pierde su valor de verdad o su peso académico. Se convierte en un objeto degradado de consumo rápido, un dato que se traga y se escupe en quince segundos. ¿Por qué? Porque el algoritmo, nuestro jefe, necesita que sea un mensaje corto y fácil de reproducir. ¿Para qué? Para mantener encendido el verdadero motor de este circuito, al que los psicoanalistas llamamos objeto “a” y que, en este caso, tomó la forma de la angustia y el odio.
La virulencia digital no busca la satisfacción, sino una insatisfacción renovada que obligue al usuario a seguir compartiendo y generando métricas. Cada muestra de odio en línea acelera el algoritmo y traduce el dolor humano en dividendos económicos para las grandes corporaciones.
El límite del cuerpo y la terceridad
Aunque Lacan pensara que este modo de funcionamiento no tenía salida, la práctica analítica demuestra que el cuerpo vivo introduce un límite real.
La neurosis, y específicamente la histeria, aporta un elemento salvador ¿quién lo diría?: el aburrimiento, el cansancio…Llega un punto en que los ojos se agotan, el cuerpo se satura de la misma discusión y exige apartarse para tomar un café o atender la vida cotidiana. El límite biológico rompe, al menos temporalmente, la inercia del consumo virtual.
Y no olvidemos algo. Allí donde el algoritmo impone un juego dual de agresión y respuesta, recordemos que la pacificación siempre llega al introducir un compás de espera.
Ante la provocación digital, interrogarse a quién le sirve ese odio y qué intereses económicos se benefician de nuestra indignación permite sustraer el cuerpo del dispositivo. Muchas veces pensamos en la economía, pero llamativamente, en estas situaciones, somos llamados a olvidarla.
Volver a los fundamentos de la relación humana y apelar a la experiencia singular es el camino para recuperar la condición de sujetos y dejar de ser meros engranajes de la inteligencia artificial.
Violaine Fua Púppulo
Psicoanalista argentina
Egresada de la Universidad de Buenos Aires