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15 de octubre de 2025 - 16:27 Ficción.

¿Cuáles son todos los géneros que puede tener una serie?

El poder de las historias en serie

En las últimas décadas, las series se convirtieron en un lenguaje compartido. Ya no son solo un producto televisivo: son un modo de pensar el tiempo, de construir identidad y de acompañar la vida cotidiana. Hay quien mide sus semanas por capítulos y quien encuentra en la ficción un refugio frente al caos informativo del mundo. Desde el living, el colectivo o la pantalla del celular, las historias seriadas moldean cómo imaginamos la realidad: se cuelan en las conversaciones, en la moda, incluso en la política.

En este universo expansivo, los géneros funcionan como brújula. Nos orientan, prometen un tono, un tipo de emoción. Pero también son terreno de experimentación. Las plataformas globales y los nuevos hábitos de consumo hicieron que los límites se diluyan: ya no hablamos de una comedia o un drama en sentido estricto, sino de combinaciones infinitas. Y si hay un género que se mantiene como corazón del formato —el punto donde confluyen todas las búsquedas— es el de las series dramáticas, que siguen marcando el pulso emocional de la era del streaming.

Los géneros y sus mutaciones

Durante buena parte del siglo XX, los géneros televisivos seguían estructuras reconocibles: la comedia de situación, el policial, la telenovela, la ciencia ficción o el drama familiar. Esa previsibilidad daba seguridad al espectador. Uno sabía qué esperar, cómo se resolvería el conflicto, qué tipo de personajes aparecerían. Sin embargo, con la expansión del streaming y la internacionalización de los contenidos, esa frontera se volvió porosa. Hoy, las etiquetas tradicionales funcionan más como puntos de partida que como moldes cerrados.

El poder de las historias en serie

El poder de las historias en serie

El auge de las producciones coreanas, escandinavas o latinoamericanas abrió un abanico de tonos y estéticas. Las historias de detectives se mezclan con la introspección filosófica; los dramas familiares adoptan estructuras de thriller; la ciencia ficción se tiñe de realismo social. Series como Dark, The Handmaid’s Tale o Black Mirror reescriben los géneros desde dentro, hibridando referencias. Lo que antes era un catálogo ordenado por casilleros —“drama”, “comedia”, “acción”— hoy es un mapa líquido, donde el espectador se mueve según su estado de ánimo más que por categorías fijas.

Anatomía del drama: el corazón de la televisión moderna

Entre todos los géneros, el drama es el que mejor captura la complejidad de lo humano. A diferencia de la comedia, que busca alivio, o del suspenso, que tensa los nervios, el drama se sumerge en los pliegues emocionales. Las series dramáticas son, en el fondo, estudios sobre la fragilidad: la del poder, la del deseo, la de la moral. En The Crown, el peso de la historia aplasta a sus personajes; en Succession, el dinero es solo un disfraz del afecto; en Breaking Bad, la transformación del protagonista revela cómo la violencia puede brotar del amor.

El drama televisivo moderno hereda algo del teatro clásico y del cine de autor, pero con un plus: el tiempo. En lugar de dos horas, puede desplegarse a lo largo de varias temporadas, explorando los matices de una caída, una redención o una traición. Este formato de largo aliento permite construir mundos emocionales densos, donde cada gesto o silencio suma sentido. Además, la estructura coral —múltiples personajes y perspectivas— se adapta a la sensibilidad contemporánea: vivimos en redes, en historias entrelazadas, y el drama televisivo refleja esa multiplicidad.

El poder de las historias en serie

El poder de las historias en serie

Los guionistas lo saben: una buena serie dramática no busca cerrar conflictos, sino abrir preguntas. Por eso el final de The Sopranos sigue siendo debatido veinte años después, o Mad Men continúa inspirando lecturas sobre la identidad y el deseo en la modernidad. El drama es el territorio donde la televisión alcanzó su madurez artística.

Otros géneros que definen la era del streaming

Pero el siglo XXI trajo consigo una explosión de formas. Las comedias dejaron de ser meramente ligeras y se volvieron reflexivas —como Fleabag o BoJack Horseman—; los policiales se tornaron existenciales —como True Detective—; el terror y la fantasía se transformaron en espejos políticos —como The Last of Us o The Witcher. El documental también se reinventó: las docuseries y los true crimes ocupan el lugar que antes tenían las telenovelas, con narrativas atrapantes y un componente moral que interpela al espectador.

A su vez, la animación dejó de ser territorio infantil. Títulos como Rick and Morty o Arcane muestran que el dibujo puede sostener conflictos filosóficos o dramas familiares complejos. En paralelo, las miniseries y antologías —Black Mirror, Love, Death & Robots, American Horror Story— apuestan por formatos breves pero contundentes, adaptados a un público que consume de modo fragmentado.

Cada género —y sus mezclas— ofrece una experiencia emocional distinta: el miedo, la risa, la empatía, la sorpresa, la catarsis. Lo interesante es que ya no se elige una serie por su género, sino por la experiencia que promete. El espectador actual no busca solo entretenimiento, sino reconocimiento: verse en pantalla, aunque sea de forma distorsionada o simbólica.

El papel del espectador en la era del algoritmo

Si los géneros se desdibujaron, también cambió la forma en que miramos. Las plataformas no solo ofrecen historias: las clasifican, recomiendan y predicen. Cada elección deja una huella que alimenta el algoritmo, ese guionista invisible que organiza el catálogo y sugiere qué ver después. Así, los géneros ya no se definen tanto por su tradición narrativa como por su uso dentro del sistema de consumo: “drama psicológico”, “thriller político”, “comedia negra”, etiquetas pensadas para captar atención más que para describir.

Pero los espectadores no somos del todo previsibles. A veces seguimos la recomendación; otras, la contradecimos. Elegimos una serie solo por su actor, por un meme o por el deseo de pertenecer a una conversación colectiva. En ese gesto —mezcla de curiosidad y resistencia— también se reinventa el género. Porque cada visionado recompone las categorías: el drama se vuelve comedia según el ánimo, el romance se transforma en sátira, el terror en reflexión. En el fondo, las pantallas nos devuelven un espejo cambiante donde cada uno ve la historia que necesita ver.

Una nueva cartografía de las pantallas

Quizás el futuro no esté en inventar nuevos géneros, sino en seguir desarmándolos. La televisión —y su hija digital, la serie— aprendió a narrar sin obedecer reglas fijas. Lo que antes eran etiquetas estéticas hoy son estrategias emocionales. Hay un poco de drama en cada comedia, un toque de humor en cada tragedia, un fragmento de ciencia ficción en cada historia de amor.

Las series contemporáneas no solo reflejan el mundo: lo reorganizan. En un tiempo donde la realidad se fragmenta en pantallas, ellas nos ofrecen la ilusión de continuidad. Tal vez por eso seguimos maratoneando, buscando ese hilo narrativo que nos una durante unas horas al destino de otros.

En última instancia, cada episodio es una pregunta sobre quiénes somos cuando nadie nos mira. Los géneros cambian, se mezclan, desaparecen. Pero la necesidad de contar —y de escucharnos en esas ficciones— sigue siendo la misma: una forma de mantener el sentido a flote, capítulo a capítulo.

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