Esta noche se celebrará una nueva edición del Balón de Oro en Europa, con distintos futbolistas entre los aspirantes a quedarse con la distinción al mejor jugador del año. Sin embargo, hay uno que sobresale por encima de todos y merece quedarse con el galardón: Lionel Messi.
- Todo Jujuy >
- Deportes >
Este lunes se anuncia al ganador del Balón de Oro 2026
Esta tarde se anunciará al ganador del Balón de Oro. Messi, Mbappé, Rodri, Lamine Yamal y Harry Kane están entre los principales candidatos.
Habrá quienes sostengan que el capitán argentino ya acumula demasiados Balones de Oro y que ocho premios son más que suficientes. Pero esa postura no se ajusta a la realidad. Cualquier persona que ame este deporte y haya seguido su evolución durante los últimos 21 años debería reconocer que Messi ganó menos distinciones de las que realmente merecía.
Los argumentos que convierten a Messi en el principal candidato
¿Cuál es el mérito que reconoce esta distinción? ¿Se trata de elegir al futbolista más destacado de la temporada? Si esa fuera la vara, durante casi todos los años transcurridos desde su estreno profesional, dejar a Lionel Messi fuera de la elección habría parecido una decisión absurda. Regates, tantos, pases de gol, precisión en los remates, capacidad para condicionar los partidos, inteligencia táctica, elegancia en el juego y efectividad.
En la presente temporada, Messi disputó 49 encuentros, convirtió 45 goles y entregó 30 asistencias. Esos son los datos objetivos, cifras extraordinarias que, en su caso, ya parecen habituales. A esta altura, sus registros difícilmente puedan sorprendernos.
No obstante, esas estadísticas adquieren todavía más valor cuando se contempla su rendimiento en conjunto y, sobre todo, las circunstancias en las que consiguió semejantes números. Lo que Messi mostró a lo largo de 2026 estuvo muy por encima de lo previsto, incluso de las proyecciones más favorables.
En el torneo de mayor trascendencia, el Mundial, ofreció su nivel más alto de los últimos años, una actuación que también puede considerarse entre las mejores exhibiciones que un futbolista puede brindar en mucho tiempo. Y lo consiguió a los 39 años.
La capacidad de mantenerse en actividad durante tantos años, incluso a una edad elevada para competir al máximo nivel, no debería considerarse una virtud por sí sola ni llevar a juzgar sus rendimientos con una vara distinta de la que se utiliza para los jugadores más jóvenes. Eso no quita que merezca destacarse el desafío que implica medirse con deportistas de primer nivel cuando ya no se cuenta con las mejores condiciones físicas.
Una vigencia extraordinaria que desafía los límites de la edad
Aun así, resulta casi imposible resistirse a la curiosidad de comparar la duración del mejor momento de otros grandes referentes de los deportes colectivos.
-
Michael Jordan dominó del 86 al 97, es decir, hasta los 34 años.
Pelé del 58 al 70, hasta los 30 años.
Diego del 78 al 90 (con algunos baches intermedios, pero con picos inimaginables), también hasta poco más de los 30.
El Zidane del Mundial 2006, su última función, tenía 34.
Messi reina desde hace dos décadas. De 2006 al 2026, de los 19 años a los 39.
El caso de Tom Brady, quien ocupó la posición de quarterback en los New England Patriots, es el único que permite establecer una comparación con la prolongada vigencia deportiva de Messi.
En el fútbol americano, ese rol está pensado para que las jugadas pasen por las manos del quarterback, que además recibe el balón cuando el juego está detenido. Messi, en cambio, debió luchar por cada pelota y disputarla frente a adversarios que le llevaban hasta 15 años de ventaja en términos de juventud.
O, incluso, basta con recordar su segundo tanto ante Inglaterra, cuando se enfrentó a dos futbolistas de poco más de 20 años. Se trataba de dos jugadores imponentes desde lo físico, uno de los cuales acababa de entrar al campo con la misión específica de frenarlo. Ambos figuran entre los mejores del planeta en sus puestos, pero terminaron opacados por el talento y la exactitud de sus movimientos.
No hubo otro deportista capaz de ejercer una influencia semejante durante tantos años en una disciplina colectiva como Lionel Messi.
Tras conquistar el Mundial de Qatar y vencer a Francia en la tanda de penales, Messi pronunció aquella frase de “ya está” mientras acompañaba sus palabras con movimientos enfáticos de ambas manos. Muchos interpretaron que había llegado el final de su camino, pero se equivocaron: todavía tenía objetivos por delante y fue en busca de más.
En diciembre de 2022, la Copa del Mundo de 2026 parecía un horizonte lejano. Incluso resultaba más verosímil imaginar un viaje a pie desde Qatar hasta América del Norte que pensar que un futbolista de 39 años podría llegar en plenitud para soportar la exigencia —y la magnitud— de un Mundial. Sobre todo después de haber alcanzado la gloria máxima, ese título que tanto había perseguido y que representaba la única gran conquista que aún faltaba en su carrera.
El desafío de llegar al Mundial 2026 en plenitud
Sin hacer anuncios grandilocuentes ni asumir compromisos públicos, Messi se propuso estar presente en el Mundial de 2026. Sin embargo, esa manera de plantearlo no reflejaba por completo lo que realmente perseguía: no le alcanzaba con participar del torneo, sino que aspiraba a llegar en las mejores condiciones físicas y futbolísticas para volver a ser decisivo, tal como lo había sido durante toda su trayectoria.
El desafío parecía inalcanzable. Por primera vez, daba la impresión de que ni siquiera él podría responder a las exigencias del momento ni cumplir con sus propias expectativas.
A esa incertidumbre se agregó un elemento que generó pesimismo entre muchos: Messi abandonaba el fútbol europeo para instalarse en una competición de menor nivel, la MLS estadounidense, donde se juega al soccer.
Se suponía que ese contexto, con menos intensidad y exigencia, terminaría por quitarle parámetros de referencia, reducir su ritmo competitivo y distanciarlo de las demandas propias del fútbol internacional de máxima categoría. Pero sucedió todo lo contrario: Messi elevó el estándar de la MLS, en vez de permitir que la liga disminuyera su rendimiento.
A falta de un año para la Copa del Mundo, muchos nos preguntábamos de qué manera Scaloni podría organizar al equipo para compensar la presencia de Messi dentro del campo. Dábamos por hecho que ya no estaba en condiciones de ocupar el lugar preponderante que había tenido anteriormente.
Pensábamos que su físico no iba a resistir, porque el paso del tiempo termina imponiendo sus límites. Nos cuestionábamos si podría completar un solo tiempo o si el cuerpo técnico tendría que dosificar sus apariciones. Dábamos por descontado que superar los 60 minutos de juego sin perder rendimiento ni perjudicar al equipo sería demasiado para él. Sin embargo, ninguna de esas previsiones se cumplió.
El liderazgo de Messi y las razones que lo distinguen
Messi fue decisivo en la resolución de la mayoría de los encuentros: reclamó la pelota cuando más quemaba, encontró respuestas ante cada dificultad y condujo a la Selección argentina hasta la final. Lo hizo con goles y numerosas asistencias en los minutos finales o durante la prórroga, incluso después de acumular 118 minutos de juego.
A su talento extraordinario le sumó una fortaleza mental y un espíritu competitivo enormes, además de una capacidad excepcional para potenciar a sus compañeros. También ejerce un efecto intimidante sobre sus adversarios, que muchas veces quedan condicionados por la admiración y el fervor que despierta: tanta devoción puede terminar jugando en contra, porque el cariño no siempre resulta beneficioso.
Desde hace diez años, el sistema de elección del Balón de Oro funciona de otra manera: los capitanes y entrenadores de las selecciones nacionales dejaron de participar en la votación. La decisión quedó exclusivamente en manos de 100 periodistas, cada uno representante de un país ubicado entre los cien primeros del ranking de la FIFA. Este mecanismo reduce considerablemente sus posibilidades de obtener el premio.
Es sabido que los cronistas deportivos no comparten una misma vara para evaluar a los futbolistas, y que sus elecciones no siempre responden a criterios acertados o equitativos.
Si la decisión estuviera en manos de quienes comparten su profesión —aunque esa definición le queda chica a Messi, que parece practicar un deporte distinto y alcanzar logros que otros, incluso figuras extraordinarias, ni siquiera pueden imaginar—, sería imposible que no recibiera el galardón.
El respeto y la fascinación que despierta entre sus pares no tienen comparación con ningún caso anterior. Quienes se dedican a hacer lo mismo que él admiten que está por encima de todos y comprenden que juega en una categoría propia, muy distante de la del resto. Para ellos, resulta indiscutible que lo conseguido en el Mundial organizado en tres países en 2026 supera cualquier parámetro humano.
Quiénes compiten con Messi por el Balón de Oro
Entre los futbolistas que también aspiran a quedarse con el premio este año figuran Harry Kane, Ousmane Dembélé, Olise, Rodri, Lamine Yamal, Mbappé y Haaland. Otro nombre que podría haber entrado en la discusión, sin lugar a dudas, es el del georgiano Kvaratskhelia, quien tuvo actuaciones extraordinarias con el PSG, aunque no participó del Mundial.
Sería un error darle el Balón de Oro a Rodri y permitirle sumar una segunda distinción de este calibre, que lo ubicaría entre las grandes leyendas de la historia del fútbol, una categoría a la que no pertenece. En la Copa del Mundo, aunque fue mejorando su nivel con el correr de los partidos y tuvo una incidencia clara en el funcionamiento del equipo, terminó sin marcar goles ni dar asistencias. El mismo razonamiento puede aplicarse a Dembélé.
Harry Kane y Kylian Mbappé completaron campañas sobresalientes frente al arco con sus respectivos equipos y también se destacaron en la Copa del Mundo, donde acumularon una gran cantidad de tantos. Sin embargo, sus actuaciones fueron el resultado de un trabajo grupal y no alcanzaron para que sus conjuntos superaran sus propios límites. De todos modos, los dos merecen un reconocimiento por el nivel extraordinario que demostraron. Mbappé, además, conservará durante muchos años, como mínimo, el récord de máximo goleador en la historia de los Mundiales.
Lamine Yamal es una figura excepcional, de esas que aparecen cada muchas generaciones: un futbolista brillante, con una madurez inusual para su edad y capaz de sorprender en cualquier momento.
Aun así, su incidencia durante gran parte de la temporada y a lo largo de la Copa del Mundo fue limitada, ya que una lesión le impidió mostrar todo el potencial que tiene. Da la impresión de que más adelante tendrá su oportunidad de quedarse con esta clase de distinciones. Aunque vale recordar que esa misma expectativa también existía, hace unos cuantos años, alrededor de Mbappé.
Una observación aparte, que excede las cuestiones estrictamente deportivas —que deberían ser el único criterio de evaluación—, pero que permite conocer un aspecto de la personalidad de algunos de los aspirantes.
Resultó bastante incómodo ver cómo varios de estos futbolistas, estrellas mundiales con el ego por las nubes, hicieron campaña por cuenta propia para quedarse con el galardón. Aprovecharon sus declaraciones públicas para destacar sus propios méritos, ganar terreno en la disputa e intentar condicionar la elección de quienes votan. Una conducta que estuvo muy lejos de la discreción y la clase, y en la que, desde luego, Leo jamás cayó.
Ni Neymar ni Mbappé consiguieron ganar el Balón de Oro. Si se analiza lo ocurrido con el paso del tiempo, podría considerarse una injusticia, salvo que se contemple la presencia de Messi en esa misma etapa.
Y ahí está el argumento central de este planteo: desde que Leo se consolidó en la élite, durante 20 de los últimos 21 años, ningún otro futbolista alcanzó un nivel superior al suyo, ni siquiera en una temporada puntual. Por eso, Messi debería acumular muchas más conquistas de este premio de las que consiguió. Su rendimiento estuvo siempre por encima del de sus competidores.
Por qué Messi merece otro Balón de Oro, más allá de cualquier premio
El episodio más absurdo se produjo en la temporada previa al Mundial de 2022, cuando Messi ni siquiera apareció entre los 30 futbolistas seleccionados inicialmente para competir por el premio. Un grupo de presuntos especialistas resolvió que Leo no merecía estar entre los mejores 30 jugadores del planeta. Una decisión difícil de tomar en serio, que el argentino se ocupó de dejar en evidencia con su actuación en Qatar.
La organización establece tres criterios para orientar la elección de los votantes: el desempeño individual, los títulos y resultados deportivos, y el comportamiento dentro y fuera de la cancha, incluida la deportividad. En ninguno de esos aspectos hubo alguien que superara a Messi durante el último año y, como vengo sosteniendo, tampoco en las últimas dos décadas.
Messi no precisa sumar otro Balón de Oro para consolidar su lugar en la historia. Si no obtiene el galardón, su trayectoria no perderá ni una pizca de valor. La decisión tampoco aportará información novedosa sobre lo que representa su carrera, su rendimiento en la última temporada o, especialmente, su actuación en la Copa del Mundo.
Lo que hizo durante 2026 desafía el desgaste que impone el paso de los años, escapa a toda explicación racional y pone en cuestión la idea de que un solo futbolista pueda inclinar tanto la balanza en un deporte colectivo. Esas proezas que parecen milagros dentro de una cancha, en definitiva, no necesitan de una distinción para demostrar su grandeza.
Quienes amamos el fútbol, y sobre todo quienes nacimos en Argentina, guardamos para siempre en el corazón cada una de sus jugadas, sus pases, sus gambetas, sus asistencias y sus goles. La huella que Messi dejó en nosotros permanecerá para toda la vida.
