Para referirse a la segunda entrega de Un viernes de locos, escrita y filmada dos décadas después del éxito de la primera parte, es conveniente comenzar por el desenlace. Justo cuando la trama concluye con la típica enseñanza que caracteriza a las comedias adolescentes de Disney y comienzan a rodar los créditos, aparece en un lateral de la pantalla una recopilación de escenas inéditas, errores de grabación y tomas detrás de cámaras.
Estrenó "Otro viernes de locos": ¿Qué dicen las críticas de la película?
El esperado estreno de “Otro viernes de locos” tras 22 años de la primera entrega generó opiniones divididas entre críticos y público en 2025.
De inmediato se percibe que los intérpretes disfrutaron mucho durante el rodaje y que resulta una excelente decisión transmitir esa atmósfera de compañerismo y entretenimiento al espectador.
Un humor que brilla solo fuera del contenido principal
Varios de esos instantes resultan sumamente cómicos y superan con creces en ingenio y gracia cualquier escena vista en los extensos 111 minutos anteriores. Esa colección de tomas eliminadas condensa y refleja la comedia que Otro viernes de locos podría haber sido, pero finalmente no llegó a ser.
Este fracaso surge de un error de análisis muy común en la industria cinematográfica de Hollywood al crear una secuela de una obra que superó ampliamente las expectativas iniciales. Dado que la fórmula original se sostiene gracias a un recurso o giro efectivo —en este caso, el encantamiento que provoca el intercambio de cuerpos entre madre e hija—, la idea es ¿por qué no replicar, multiplicar o expandir ese mismo fallo para intentar obtener automáticamente una mayor dosis del humor que funcionó hace veinte años?
Un intercambio de cuerpos con nuevos protagonistas y complicaciones
En esta ocasión, el intercambio de cuerpos, provocado por una vidente poco profesional, vuelve a afectar al dúo madre e hija, tal como en la película original. Anna (Lindsay Lohan, quien recupera parte del brillo de antaño aunque con ciertas pérdidas), ahora desempeña el rol de productora artística y madre soltera de Harper (Julia Butters), una adolescente que asiste al mismo colegio que Lily (Sophia Hammons), la hija londinense de Eric, un chef de origen anglo-filipino interpretado por Manny Jacinto.
El encantamiento ocurre justo cuando Anna y Eric, tras una conexión instantánea, están próximos a casarse. Sin embargo, no solo este nuevo par madre-hija sufre el intercambio de cuerpos y sensaciones; Tess Coleman (Jamie Lee Curtis), la madre de Anna que también regresa en esta secuela y cuyo personaje a veces resulta más lánguido que divertido, vive una experiencia similar con la presumida Lily.
Este intercambio simultáneo de identidades genera un desorden que afecta todos los aspectos de la vida de las cuatro protagonistas —ya sea en el ámbito familiar, escolar o profesional— a través de una serie de escenas que, lejos de resultar entretenidas, terminan provocando confusión y desconcierto crecientes.
Pérdida de claridad y oportunidades desaprovechadas
Así, se desaprovechan críticas interesantes hacia ciertas tendencias de autoayuda y reflexiones sobre la decadencia de la cultura popular, mientras que, al mismo tiempo, se celebra con un tono reivindicativo la nostalgia por lo retro. Algunos personajes masculinos que regresan de la primera película aparecen en esta nueva entrega, aunque sus intervenciones resultan en gran medida insignificantes.
Si en lugar de divertirnos terminamos sintiéndonos cada vez más desconcertados (e incluso serios) ante todo este caos repetido, es porque el intercambio de identidades en los cuerpos nuevos nunca logra funcionar plenamente.
Basta un ejemplo para ilustrarlo: Jamie Lee Curtis interpreta a una joven británica, pero por razones difíciles de explicar conserva ciertos rasgos de su carácter original, como su acento californiano. Sin esa transformación convincente, el espectador difícilmente logrará identificar a ese nuevo personaje.
En ciertas ocasiones, se tiene la impresión de que cada actriz debería llevar un cartel visible colgado al cuello indicando qué personaje está interpretando después del cambio. De lo contrario, resulta prácticamente imposible distinguir a simple vista quién es quién.