Daniel Parra tenía 8 años cuando comenzó a nacer su pasión por volar. En La Quiaca, donde vivía junto a sus padres, veía cómo el avión sanitario surcaba los cielos de esa ciudad y empezó a tener curiosidad por lo que había detrás del cerro Siete Hermanos, donde el avión aparecía a buscar a los enfermos del hospital.
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Daniel, una historia de vocación
Daniel tiene historias muy singulares. Realizó la instrucción en los años 80 y hoy es piloto comercial de primera clase, habilitado para volar aviones de hasta 5700 kg o aviones de línea.
“Mis emociones aeronáuticas nacieron allí, quería saber qué había atrás del cerro que daba a Yavi. Para mí eran los cerros más altos y me intrigaba saber qué había más allá”, contó emocionado. Pasaron muchos años y empezó a estudiar para piloto: “un poco como una afición, como curiosidad”, dijo.
“Como toda vocación, primero nace la emoción, sino la vocación está basada en lo material –dijo y agregó: hoy se perdió el romanticismo. El médico antes no lo hacía por plata, sino para curar, y así pasa en otras profesiones. Hoy el mundo nos llevó a pensar de otra manera. Dejamos para después las emociones”, definió.
La historia de Daniel también tiene un capítulo cinematográfico. Años atrás participó de la película de Miguel Pereira “Jujuy Sin Palabras”, donde voló por Abdón Castro Tolay para realizar tomar aéreas que fueron la admiración del director.
“Yo vivo en las nubes, donde mejor me siento, para mí la libertad es volar”, dijo Daniel con las lagrimas que grafican la emoción de su vida. Afirma que cuando enseña a volar a los jóvenes, trasmite toda la pasión y emoción, según dijo, para que puedan buscar la libertad que tienen que conseguir.
Asegura que los primero que hace con los jóvenes que quieren ser pilotos, es subirlos al avión, y cuando están arriba, “les doy los comandos para que ellos vuelen y les pregunto cómo se sienten. De acuerdo a la respuesta, me doy cuenta si tienen o no vocación”.
Hoy trascurre su vida entre la instrucción y el amor por el cielo. Vivir en el aire es su mayor emoción, porque la vocación no tiene límites. Esa misma vocación que lo llevó a hacer de un avión, una parte de su vida.