Ser joven en Argentina no significa tener las mismas oportunidades. El lugar de origen, la situación económica de la familia y las condiciones del hogar tienen una fuerte influencia sobre las posibilidades de estudiar, conseguir trabajo y proyectar el futuro.
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Uno de cada cinco jóvenes en Argentina no estudia ni trabaja
Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA revela fuertes diferencias entre los jóvenes de 18 a 25 años según su nivel socioeconómico.
Educación, empleo, salud emocional y vínculos sociales muestran una brecha profunda entre los sectores más bajos y los de mayores ingresos.
Así lo muestra el informe “Juventudes desiguales: entre la promesa y la exclusión”, elaborado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA-UCA) a partir de datos correspondientes al período 2021-2025.
Uno de los números que más preocupa indica que uno de cada cinco jóvenes de entre 18 y 25 años no estudia ni trabaja. Sin embargo, el promedio esconde una desigualdad mucho mayor: entre los jóvenes del estrato socioeconómico muy bajo, esa situación alcanza al 34,2%, mientras que en el sector medio alto representa solamente el 8,3%.
Una fuerte brecha para acceder a la educación
Las diferencias también aparecen al analizar las posibilidades de continuar estudiando.
Mientras que el 69% de los jóvenes del estrato medio alto inició o completó estudios superiores, el 64,7% de quienes pertenecen al estrato muy bajo no logró finalizar la escolaridad obligatoria.
La posibilidad de dedicarse exclusivamente a estudiar también cambia de manera considerable según la situación económica. Alcanza al 41,2% entre los jóvenes del estrato medio alto, pero cae hasta el 15,6% en los sectores más vulnerables.
Solo el 14,2% tiene un empleo pleno de derechos
Conseguir trabajo tampoco garantiza estabilidad. Según el estudio, solamente el 14,2% de los jóvenes accede a un empleo pleno de derechos.
Además, el 22,5% combina períodos de empleo irregular con desempleo reciente, mientras que otro 10,7% permanece desempleado durante más de seis meses.
El informe advierte que estas dificultades aumentan a medida que disminuye el nivel socioeconómico: se reduce el acceso a empleos regulares y aumentan la informalidad y el desempleo prolongado.
La desigualdad también comienza en el hogar
Otro de los puntos centrales del estudio es la denominada “herencia social”.
Las condiciones laborales de los adultos que sostienen económicamente el hogar también influyen sobre las posibilidades de los jóvenes. Cuando existe un empleo estable y protegido, aumentan las posibilidades de continuar estudiando. En hogares atravesados por la precariedad, el subempleo o el desempleo, en cambio, crece el riesgo de quedar afuera tanto del sistema educativo como del mercado laboral.
Sin embargo, el informe señala que contar con un adulto con empleo formal no siempre alcanza para compensar las dificultades que genera pertenecer a un hogar de bajos recursos.
Las diferencias llegan al bienestar psicológico y los vínculos
La desigualdad no termina en el estudio o el trabajo. El relevamiento también encontró importantes diferencias en otros aspectos de la vida cotidiana.
El 21,4% de los jóvenes presenta malestar psicológico. La cifra es del 15,5% en el estrato medio alto y asciende hasta el 28,5% entre los jóvenes del estrato muy bajo.
También existen diferencias importantes en los vínculos sociales. El 15,7% de los jóvenes de sectores muy bajos afirma no tener amigos, frente a solamente el 1,7% registrado entre quienes pertenecen al estrato medio alto.
Entre las mujeres jóvenes también aparece una fuerte brecha en las experiencias declaradas de violencia de género: alcanzan al 19,4% en el estrato muy bajo, más de tres veces el 6,2% observado en el medio alto.
Una exclusión que va más allá de estudiar o trabajar
El informe de la UCA plantea que hablar únicamente de jóvenes que “no estudian ni trabajan” resulta insuficiente para comprender el problema.
Las dificultades pueden acumularse desde edades tempranas y combinar menores oportunidades educativas, trabajos precarios, desempleo, problemas económicos en el hogar, menor apoyo social y situaciones de vulnerabilidad emocional.
Por eso, el estudio sostiene que las políticas destinadas a los jóvenes no deberían limitarse únicamente a facilitar el acceso a un empleo o garantizar la continuidad educativa.
El desafío también pasa por fortalecer las condiciones de los hogares, acompañar a quienes quedaron fuera del estudio y del trabajo, mejorar las redes de apoyo y atender las distintas situaciones de vulnerabilidad.
En definitiva, las oportunidades con las que un joven llega al momento de estudiar o buscar su primer empleo comienzan a construirse mucho antes y están profundamente atravesadas por las condiciones sociales y económicas de su familia.