Por Raquel Abraham
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“¿Te gusta? ¡Es de la Feria!"
Estás frente al espejo, girando hacia un lado, hacia otro…disfrutando orgullosa de ese jean destroyed que se usa tanto ahora, y por el que gastaste, digamos, un cuarto de sueldo, porque ¡te queda pintado! Tratás de ignorar ese nimio detalle y te convencés de que fue una buena inversión porque los jeans duran una eternidad.
Esa misma tarde te juntás con tus amigas a tomar un cafecito en la confitería (hace mucho que no salen y vos insististe porque querés lucir tu última adquisición) y ahí la ves llegar a Luli, la más cool del grupo porque siempre impone tendencia, con un look ultra fashionista, digno del catálogo de compras de una revista de moda. Tiene puesto todo: El trench amarillo abierto que deja ver una remerita estampada divina, un jean tiro alto con un calce perfecto, cartera charolada fucsia que hace juego con sus franciscanas, y por supuesto tu comentario obligado: “Estás divina Lu, qué linda ropa, nena, tenés lo último de lo último, y con lo caro que está todo, no?”. “No gor – te responde ella – me salió dos mangos, ¡es de la feria!"
Automáticamente tragás saliva, atónita, y te replanteás si realmente hiciste una buena compra o si sos la reina de las nabas.
Lo extraño de todo esto es que la que va a comprar a la feria, pareciera ser que lo quiere proclamar a los cuatro vientos, como quien hizo una obra de caridad. ¿Viste qué lindo? Es de la feria, remata, como si con eso justificara cualquier acto de compra abusivo.
Yo no soy de ir mucho, y las veces que fui, volví a casa con ropa que después me daba cuenta que no me favorecía en absoluto y creo que si la usé una vez, es demasiado. Me pasó de ir a veces y ver mujeres muy paquetas comprando a los apurones, y tratando de pasar lo más desapercibidas posibles, es decir, vestidas para la ocasión cual detectives Sherlok Holmes: zapatillas, pantalones medio anchos, tapado, cola de caballo y lentes de sol (siempre cuesta que te reconozcan).
Me llama la atención cuando alguna regatea a la pobre vendedora que ya sabe que uno va a la feria porque es como 10 veces más barato. “Cuánto sale, 80? Dejamelo a 75 y te llevo dos”, negocia alguna compradora.
Están las que se conocen todos recovecos de la feria y encuentran en el fin del mundo un vestido de fiesta impecable para el casamiento del sábado (a mí jamás me pasó). Y también están las que se pasan horas, llueva, truene o parta la tierra el sol, e inspeccionan casi todas las tiendas para dar con la mejor prenda y al mejor precio (no recomiendo ir con estas amigas porque podes volver de muy mal humor). También están las mamás feriantes, que llenan el guardarropa de los chicos para toda la temporada, en solo una mañana de compra. Y están las mujeres que tienen asistencia perfecta, y se alistan religiosamente todos los sábados como quien tiene que cumplir con un deber ineludible. Este grupo creo que ya padece un TOC.
En fin, comprar en la feria es casi un arte que requiere, buen ojo, intuición, paciencia, carácter, poder de negociación…¡uf! Será por eso que yo voy a lo seguro, compro tranquila y sí, sé que pago más que las afortunadas compradoras del viernes, sábado o domingo, pero ¿saben qué? Tanto empeño y dedicación merece un premio…así que ¡salud por la diversidad y por las múltiples formas de comprar!