“El Walter era la locomotora catamarqueña, nada lo frenaba. Por eso yo lo llamaba así, y le quedó para siempre”, rememoraba Daniel “La Tota” Santillán, uno de los primeros en otorgarle ese apodo a Walter Olmos. Y no era exageración: aquel joven de Catamarca, que había pasado su infancia lustrando zapatos para aportar unas monedas a su hogar de once miembros, había alcanzado logros impresionantes en tiempo récord.
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Así fueron las últimas horas de Walter Olmos, el sucesor de Rodrigo
En septiembre de 2002, Walter Olmos vivía su auge musical, pero la madrugada del 8 de septiembre sufrió un final trágico e inesperado.
Walter Olmos, de Catamarca al Luna Park sin escalas
A comienzos de la década de 1990, mientras el cuarteto cordobés liderado por Rodrigo empezaba a imponerse en Buenos Aires, un joven catamarqueño fantaseaba con seguir ese camino. La carencia económica marcaba cada aspecto de su existencia: integrante de una familia humilde y numerosa, Walter Olmos recorría las calles con su caja de pomadas y trapos para lustrar zapatos y conseguir unas monedas. “¡Se lustra, se lustra!”, gritaba en la plaza principal, con la misma vitalidad que más tarde trasladaría a los escenarios.
La necesidad lo llevó también a cometer errores. Para conseguir alimento, llegó a robar y terminó internado en un instituto de menores. Siempre habló de esa etapa con honestidad: afirmaba que había aprendido a “aguantar” y que, en los días más difíciles, la música era su sostén. Cantaba en la calle, en reuniones familiares, en cualquier lugar que se lo permitiera. En su hogar, rodeado de amigos, acaparaba la atención gracias a su capacidad para imitar voces, modular con facilidad y su carisma innato que fascinaba a quienes lo escuchaban.
Durante su adolescencia, entró un día en la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Valle y le pidió a la Virgen una oportunidad para brillar como cantante. Poco tiempo después se integró a Los Bingos, un grupo que le abrió la puerta a los escenarios locales. “Era la manera de asegurarme la comida de todos los días”, admitiría sin tapujos.
Encuentro con Rodrigo
El verdadero giro en su destino se produjo cuando Rodrigo Bueno lo oyó por primera vez en un bar de Catamarca. El ídolo cordobés, ya consagrado en el mundo del cuarteto, quedó fascinado. Desde esa noche surgió una relación de camaradería profunda: “¡Compadre!”, se saludaban con entusiasmo cada vez que se encontraban. De esa conexión nació “Por lo que yo te quiero”, un tema que rápidamente se convirtió en un himno nacional y abrió puertas a toda Latinoamérica.
Después del fallecimiento de Rodrigo en junio de 2000, el público empezó a mirar a Walter como la esperanza de un nuevo ídolo. La prensa lo apodó “el sucesor natural” y la industria musical le ofreció contratos millonarios. Su álbum “A pura sangre” se transformó en un fenómeno: alcanzó Disco de Platino en semanas y lo llevó al escenario del Luna Park, el sueño de cualquier cantante popular. En poco tiempo, emprendió giras por varios países y se ganó un lugar en el corazón de la gente.
La sombra de un presentimiento
El vertiginoso ascenso de su trayectoria artística tenía, inevitablemente, su lado oscuro. Noemí del Valle Nieto, su madre, recordaba que Walter en ocasiones se abría con ella para confesar sus temores: “Me decía que no paraba de trabajar, que estaba cansado y que podía pasarle algo parecido a lo de Rodrigo”. Aquellas palabras, pronunciadas como un desahogo, adquirieron con el tiempo un valor casi premonitorio.
Durante esos años, el género tropical atravesaba un crecimiento sin precedentes. Las bailantas se multiplicaban tanto en el conurbano bonaerense como en distintas provincias, mientras los canales de televisión abierta competían por mostrar los recitales multitudinarios. Crónica TV había encontrado en esta música una fuente constante de audiencia. Sin embargo, la muerte de Rodrigo también reveló el costado más sombrío de ese entorno: conflictos internos, consumo de drogas, presiones del negocio musical y operaciones millonarias en la clandestinidad.
Bartolomé, el progenitor de Walter, no dejó lugar a dudas. Desde el primer instante sostuvo que detrás del fallecimiento de su hijo existía “una mano negra”. Denunciaba sin eufemismos la existencia de “la mafia de la bailanta” y reclamaba que se investigara la circulación de estupefacientes en ese entorno. Aunque el juez Mariano Bergés cerró la causa bajo la calificación de “accidente fatal”, la desconfianza del padre nunca desapareció.
La última noche de Walter Olmos
El sábado 7 de septiembre de 2002, Olmos arribó junto a sus músicos al San Cristóbal Inn, en Buenos Aires. El clima era relajado: pizzas de muzzarella, cervezas frías, risas y planes para el recital en Berazategui. Antes de sumarse a las bromas con sus compañeros, llamó a su novia, Vanesa Passaro. “Mañana te hago el desayuno como a vos te gusta”, le dijo. Ella, con una sonrisa, respondió: “Siempre te dije que sos un tierno”.
Minutos más tarde, Walter apareció con una pistola Bersa calibre 22 que le había obsequiado un amigo. “No pasa nada, está trabada, no dispara”, comentó con tono de broma. Primero, sin colocar el cargador, apoyaba el arma en la sien de sus músicos y disparaba en vacío: “Perdiste, dame la plata”, repetía entre risas. Luego repetía la acción sobre sí mismo, como si practicara un juego de ruleta rusa.
Al insertar el cargador, la situación cambió por completo. Sus compañeros de banda se miraban con alarma. “El arma trabó y siguió como si nada. Hasta que se apuntó nuevamente a la sien… y sonó el disparo”, relató Gabriel Passaro, hermano de Vanesa, ante los investigadores. El sonido fue seco y definitivo. Walter apenas alcanzó a exhalar un último suspiro antes de desplomarse sobre la cama. Eran las 00:10 del 8 de septiembre.
El caos
La habitación se convirtió en un caos de gritos, carreras y pánico. Cuando la policía llegó, los músicos aún no podían asumir la tragedia. El juez Bergés dispuso las pericias correspondientes, cuyos resultados fueron claros: el cuerpo no mostraba marcas de violencia ni indicios de pelea. Todo señalaba un accidente, aunque el magistrado ordenó indagar posibles vínculos con el consumo de estupefacientes y las redes de narcotráfico presentes en la movida tropical.
La llegada de Vanesa al hotel desató momentos de tensión extrema. Algunas fanáticas del cantante la confrontaron, responsabilizándola por lo ocurrido. La custodia policial debió intervenir para retirarla entre empujones. La mujer sufrió un colapso nervioso que requirió internación en la Clínica Mansilla. Más tarde, ante el juez, explicó que su intención era ayudar a Walter a abandonar las drogas, reforzando así la investigación sobre el entorno del cantante.
Mientras tanto, en Catamarca, la familia recibió la noticia de la manera más devastadora. En la vivienda de los Olmos, los hermanos estaban viendo una película cuando sonó el teléfono. Noemí respondió y escuchó lo que ningún progenitor está preparado para oír. Los más pequeños, por su parte, se enteraban por Crónica TV, que interrumpía la programación con llamativos letreros rojos de “Último Momento”.
La gobernación de Catamarca envió un avión especial para trasladar a Noemí hasta Buenos Aires. Al enfrentarse al cuerpo en la morgue judicial, casi se desvaneció: “Me lo quise llevar conmigo, quiero encontrarme con él. Estoy destruida”, relató con el rostro lleno de desolación.
El adiós y la herida abierta
El funeral de Walter Olmos reunió a una multitud y se volvió un verdadero caos. El cortejo avanzó lentamente por la Avenida General Paz, rodeado de seguidores que entonaban sus canciones y ondeaban banderas con su imagen. Previamente, la despedida se había realizado en Ingeniero Budge, en la bailanta Mundo Bailable de Puente La Noria. La escena conmovió a todos: miles de personas lloraban, cantaban sus temas y no podían comprender cómo un joven con tanto por delante había perdido la vida de forma tan absurda.
En medio de la conmoción, Vanesa volvió a quedar desplazada. La familia le impidió acercarse al féretro. Noemí lo explicó sin filtros: “Nunca me gustó para él, no lo cuidaba”. Además, entre los seguidores también surgió rechazo y hostilidad hacia ella.
La madre de Walter, aferrada al ataúd, le murmuraba al oído palabras apenas audibles para quienes la rodeaban. Más tarde, al abandonar el lugar, confesó: “Él me decía que tenía miedo de no llegar a viejo. Y su duda se terminó haciendo realidad”.
Un legado inconcluso
A 23 años de aquella madrugada fatídica, la figura de Walter Olmos sigue generando emociones intensas. Para muchos, representó al sucesor natural de Rodrigo, un joven cuya voz y carisma prometían inaugurar una nueva etapa en la música tropical. Para otros, se transformó en un símbolo de cómo el éxito, las presiones del negocio y la juventud pueden truncar sueños demasiado pronto.
El año 2002 también dejó su huella en su vida y en su legado. En plena recuperación de la crisis económica del año previo, Argentina mostraba una sociedad golpeada, ávida de figuras populares que trajeran un respiro.
La música tropical se convirtió en un refugio de alegría y evasión frente a la dureza cotidiana. En ese contexto, la muerte de Walter Olmos trascendió la pérdida de un cantante: se convirtió en un golpe de realidad para un país dividido entre la fiesta de las bailantas y la crudeza de la marginalidad.
El eco de sus canciones todavía se percibe en algunas reuniones, peñas, bares y en viejos CDs que circulan como reliquias. Cada aniversario de su fallecimiento sirve como recordatorio de lo que fue y de lo que pudo haber sido: un talento joven, intenso y prometedor que nunca llegó a completar la historia que parecía destinada a protagonizar.