El actor, director y astro cinematográfico de Hollywood, Clint Eastwood, con una trayectoria indiscutida en la pantalla grande, se hizo famoso a través de los “spaghetti western”, fue Harry el Sucio en varias películas y personificó al galán maduro de “Los puentes de Madison”.
Cumple 90 años Clint Eastwood, un héroe y controversial
Personaje admirado por su labor artística y cuestionado por algunos sectores en función de su pensamiento conservador –que suele colarse en los filmes que escribe y dirige-, goza de una indulgencia, aun en sectores opuestos a sus posturas, que es fruto de un innegable carisma y de la importancia de su obra, en varias ocasiones premiada con el Oscar.
Eastwood tuvo comienzos bastante humildes en títulos de 1955 como “El regreso del monstruo” y “Tarántula”, de Jack Arnold, y “Francisquito en la armada”, de Arthur Lubin, secundando de muy lejos a Donald O’Connor; y probó suerte en la TV en las series “La llamada del Oeste” y “West Point”, donde los productores apreciaban sobre todo su rostro inconfundiblemente varonil y su 1,93 de altura.
El actor tuvo que viajar a Europa, donde el italiano Sergio Leone estaba inventando el “spaghetti western”, que se rodaba entre escenarios españoles de Andalucía y estudios romanos, para llamar la atención de la industria a través de “Por un puñado de dólares” (1964), “Por unos dólares más” (1965) y “Lo bueno, lo malo y lo feo” (1967).
En esas películas, rodadas en inglés, participaban actores como Gian Maria Volontè, Klaus Kinski y Eli Wallach, que tenían su prestigio ganado aunque sin haber llegado a roles titulares, pero la crítica europeizante de la época las veía más como espectáculos de matinée pese a que la respuesta de boletería fuera excelente.
En ese ámbito plebeyo, Eastwood impuso su figura innegablemente atractiva, de pocas palabras, con sesgos heroicos aunque misteriosos como para dejar al público siempre en la duda.
Aquella “trilogía del dólar” le sirvió a Eastwood, ya en Estados Unidos, para elevar su imagen como actor y su cachet, sobre todo cuando se asoció al director Don Siegel en películas como “Mi nombre es violencia” (1968), “Los buitres tienen hambre” (1969), “El engaño” y “Harry el Sucio” (1971), que tuvo cuatro secuelas dirigidas por otros.
Pese a su identificación con su personaje Harry “el Sucio” y su figura pública cercana al Partido Republicano y al menor Partido Libertario que lo habían transformado en una figura poco simpática ante la progresía, estuvo contra la guerra de Vietnam y el Watergate y apoyó la legalización del aborto en su país.
El gran salto de su imagen se produjo a partir de “Los imperdonables” (1982), dirigida y protagonizada por él mismo, que se largó a desmontar el machismo, la amoralidad y el falso individualismo del western y sus mitos, y encima lo gratificó con cuatro premios Oscar: película, director, actor secundario (Gene Hackman) y montaje.
Luego llegó el exitazo de “Los puentes de Madison” (1995), en la que además de dirigir se enamoró en el verano de 1965 de Meryl Streep, casada con otro, en un papel poco habitual en él y que en épocas en que la gente iba normalmente al cine recaudó 183 millones de dólares en su lanzamiento mundial.
Además de ganar otros cuatro premios Oscar –película, dirección, actriz (Hilary Swank) y actor de reparto (Morgan Freeman)- por “Million Dollar Baby” (2004), también dirigió películas no protagonizadas por él, como “Río místico” (2003), con Sean Penn y Tim Robbins -Oscar a protagonista y acompañante, respectivamente- y la espléndida “Cartas desde Iwo Jima” (2006), su inesperado manifiesto pacifista.
En ese camino estuvo al mando de “El sustituto” (2008), con Angelina Jolie; “Invictus” (2009), con Freeman; “Más allá de la vida” (2010), con Matt Damon; “J. Edgar”, con Leonardo DiCaprio; y “Sully: hazaña en el Hudson” (2016), con Tom Hanks, entre otros títulos menores.
Admirado por la crítica europea y latinoamericana más que por la de su país, Eastwood mostró su calidad creativa e interpretativa en “Gran Torino” (2008), en la que había tufillos xenófobos, lo mismo que en “La mula” (2018), donde a los 88 años demostró que podía ponerse en pie y enfrentar un personaje para nada lineal.