Boca cayó 1 a 0 frente a Vasco da Gama en condición de local por el partido de ida de la semifinal de la Copa Sudamericana. Una de las pocas certezas que todavía alimentan la ilusión del equipo argentino de alcanzar la final del torneo es que, de los 180 minutos previstos frente a Vasco da Gama, todavía resta disputar la mitad.
Ese margen de 90 minutos, alguna intervención providencial para evitar otro gol rival ante los intentos por arriba y poco más —si se toma como referencia el 1-0 en contra— son los escasos aspectos que se pueden rescatar de una noche en la que la Bombonera volvió a ser escenario de una caída determinante. Además, el conjunto dirigido por Arruabarrena perdió después de 17 encuentros sin derrotas, en lo que significó la primera caída desde que comenzó su ciclo como entrenador.
El otro punto central de la noche fue una baja que ya se veía venir: la de Leandro Paredes, cuya ausencia terminó por modificar el eje de análisis de este tramo crucial de la temporada para Boca.
Un buen comienzo de Boca
El equipo arrancó con determinación, hay que reconocerlo. También mostró entusiasmo a través de Enner Valencia, cuya inclusión desde el inicio resultó inesperada y que, al imponerse en el primer duelo aéreo, pareció respaldar la decisión del técnico de ubicarlo en lugar de Merentiel.
A esa modificación se sumaron los cambios forzados de Alarcón por Paredes y de Palacios por el jugador que se considere dentro de la formación ideal. Fueron ajustes puntuales, pensados para alterar lo menos posible la estructura del equipo, pero terminaron exponiendo una diferencia enorme respecto del rendimiento que Boca venía sosteniendo habitualmente, en una jornada en la que le resultó difícil ocultar tantas ausencias.
En cuanto a la disposición sobre el campo, es cierto que Boca mantuvo un esquema similar al que había utilizado durante sus últimas actuaciones destacadas. Sin embargo, a medida que avanzó el partido y el balón empezó a circular, quedó expuesta la distancia entre los jugadores disponibles y los habituales titulares.
Boca sintió la ausencia de Paredes
Al equipo le faltó un referente capaz de ordenar el mediocampo, aportar claridad para distribuir el juego y sostener la estructura táctica. Se trató de la combinación de cualidades que suele ofrecer el capitán, junto con su capacidad técnica para potenciar a sus compañeros. Ante esa ausencia, Milton Delgado debió hacerse cargo de buena parte de esas funciones.
Si bien no hay motivos para cuestionar su desempeño, asumir tantas tareas terminó afectando su rol más natural dentro del equipo: ser el jugador que aparece para cubrir espacios y auxiliar a sus compañeros cuando lo necesitan.
El conjunto brasileño no necesitó demasiado tiempo para adueñarse del desarrollo del encuentro. Con una propuesta tan sencilla como efectiva, basada en la calidad de sus futbolistas y en el buen trato de la pelota, Vasco comenzó a imponer condiciones.
Aunque pueda parecer una fórmula elemental, el control del balón no tardó en convertirse en situaciones de riesgo y, cuando transcurría la mitad del primer tiempo, esa superioridad encontró su recompensa. El colombiano Andrés Gómez, veloz como una flecha, envió un centro preciso para Adson, que se anticipó a Jagger Herrera y definió hacia el poste contrario, lejos del alcance de Montero, para sellar una ventaja merecida.
Los minutos que quedaron antes del descanso dejaron la sensación de estar observando a un Boca irreconocible, muy distante de la versión que había mostrado al llegar al encuentro.
Las individualidades del partido
Santiago Sosa y Alan Lescano parecían tan capacitados para ordenar a sus compañeros en portugués como para encontrar las palabras y los recursos futbolísticos necesarios para imponerse en una Bombonera que empezaba a digerir la frustración de asistir a una historia demasiado conocida en los últimos tiempos.
El desconcierto nacía de la impotencia colectiva, pero también de actuaciones individuales que estaban muy por debajo de lo esperado. El caso de Flores resultaba ilustrativo: ni siquiera necesitaba tener un marcador encima para perder el control de la pelota, una muestra evidente de futbolistas que no conseguían acercarse a su mejor versión.
Boca logró salir de aquel desconcierto inicial a partir de una mayor organización colectiva, favorecido también por el desgaste físico de su adversario y por la pérdida de intensidad que este empezó a evidenciar. En los primeros minutos del segundo tiempo, el conjunto local encontró mejores caminos para avanzar, generó aproximaciones interesantes y lanzó centros bien dirigidos que no conseguían traducirse en goles.
Hasta que Lautaro Blanco ejecutó uno de esos envíos cargados de peligro, cuya trayectoria se fue cerrando hacia el arco y terminó estrellándose contra el travesaño, que le negó el empate.
A partir de esa jugada, Boca comenzó a convencerse de que la igualdad estaba al alcance y pasó a buscarla con mayor decisión. Un cabezazo de Di Lollo, otro intento aéreo de Herrera y el ingreso de Villa por Alarcón —una modificación que había generado dudas durante la semana— alimentaron la reacción xeneize.
Sin embargo, el episodio que terminó alterando por completo el desarrollo del encuentro fue la tarjeta roja para Gómez, quien recibió dos amonestaciones durante una misma acción y dejó a su equipo con un hombre menos.
¿Qué ocurrió a partir de ese momento? El principal cambio estuvo en el comportamiento de Vasco, que abandonó incluso la postura cautelosa que venía sosteniendo para replegarse por completo cerca de su arco y concentrar sus esfuerzos en aguantar los ataques de un Boca que no encontraba demasiadas respuestas futbolísticas.
Frente a ese panorama, Arruabarrena recurrió a una medida tan previsible como desesperada: acumuló hombres de características ofensivas sobre el terreno de juego, con la intención de agotar todas las posibilidades de alcanzar la igualdad. Sin embargo, a esa altura del partido, la remontada ya parecía una misión prácticamente imposible, más cercana a una hazaña milagrosa que a una posibilidad concreta.
Aunque Boca nunca logró transmitir una sensación de confianza ni contagiar entusiasmo con su juego, las oportunidades para igualar el marcador comenzaron a aparecer una tras otra. El empate, que por lo sucedido en el tramo final parecía merecido, finalmente no llegó.
Tampoco se vio a aquel equipo que había mostrado un rendimiento sólido durante los últimos meses, una versión que tuvo en Paredes a uno de sus principales referentes y que se había destacado por algo más que su presencia.
Quizás sea precisamente ese componente adicional el que Boca necesite recuperar o modificar antes del encuentro de vuelta, si pretende mantener vivo el sueño de conseguir el pasaje a la final.
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