Basada en la novela homónima del financista Jordan Belfort, “El lobo de Wall Street” llegará el jueves a los cines locales con una poderosa reflexión sobre la engañosa fantasía del famoso “sueño americano”, que parece no ser tal, ya que sólo es accesible -tal como queda claro en este filme- para algunos pocos ambiciosos tramposos y desvergonzados.
"El lobo de Wall Street", una aguda radiografía de la ambición
La película es una nueva confirmación de la fructífera colaboración entre Scorsese y DiCaprio, su nuevo actor fetiche que -tal como pasó con Robert De Niro en filmes como “Taxi Driver”, “Toro salvaje” o “Casino”- posee una relación fluida y casi simbiótica con el director que le otorga fuerza y verosimilitud dramática a cada historia.
En tono de comedia desenfrenada, narrada en primera persona por el personaje interpretado por DiCaprio, la película sigue los pasos de Belfort desde su llegada a Nueva York, cuando aún era un joven provinciano ilusionado por insertarse en Wall Street, hasta que se convierte en un magnate de las finanzas, tan exitoso como corrupto y codicioso.
En base a una historia de tinte autobiográfica, Scorsese construye con destreza una comedia dinámica, de estructura clásica y humor delirante, cuya efectividad se basa en los excesos a los que Belfort y sus secuaces -una banda de charlatanes y buscavidas que lo siguen como a un profeta- se entregan gracias a las cuantiosas cantidades de dólares que ganan en sus operaciones.