La celebración anual de la Pascua conmemorando la muerte y resurrección de Jesús nos devuelve cada año el sentido de nuestra esperanza. Así comprendemos mejor el enorme valor que tiene la vida de cada ser humano a los ojos de Dios. Comprendemos hasta qué punto El se jugó por nosotros para que pudiéramos vivir como hijos de Dios y aspirar a compartir la gloria para siempre con Él.
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“Ha resucitado, Cristo, nuestra esperanza, aleluya”
Con motivo de la Pascua quiero enviar mi saludo fraterno a cada uno de ustedes, hermanos y hermanas. Desde el lugar que ocupa cada uno de nosotros, cada día vamos animándonos en el desafío de salir adelante en la vida, de dar educación a los hijos, de hacer lo que se puede por llevar el pan a la mesa y de construir la amistad social que nos permita sacar a nuestro pueblo adelante con los recursos y capacidades que cada uno tiene y puede aportar.
Desde hace mucho tiempo que enfrentamos dificultades muy profundas que pasan por la falta de un trabajo genuino, la posibilidad real de acceder a la casa propia, el contar con la adecuada atención de la salud y mejorar la educación que reciben los hijos, entre otras cosas…
Y en el fondo de nuestro propio corazón nos empobrece cuando no pensamos más que en nosotros mismos, olvidándonos del otro; cuando intereses sectoriales no se armonizan con el bien común; cuando queremos salvarnos solos sin tender la mano al que está a nuestro lado; cuando la acción política o social no se engrandecen con la responsabilidad, generosidad y honestidad de quienes la ejecutan y queda limitada al beneficio de algunos.
Estos males no son nuevos: son de ayer, de hoy y de siempre. Pero los creyentes sabemos que los hombres no estamos condenados al fracaso y a la frustración permanente. Sabemos de nuestras enormes posibilidades por revertir la historia y llevarla al destino feliz que Dios quiere para todos sus hijos. Tenemos cada día una nueva oportunidad: “podemos aprovecharla privilegiando la construcción del bien común, o malgastarla con nuestros intereses egoístas y posturas intransigentes que nos fragmentan y dividen” (cf. Conferencia Episcopal Argentina, “Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad”n.12).-
Renovados con la esperanza que brota de la Pascua, pidamos al Señor que, todos juntos, podamos hacer de esta bendita tierra una gran Nación justa y solidaria, abierta al Continente e integrada en el mundo.
Como pedimos tantas veces en la Oración por la Patria digamos nuevamente: “Queremos ser nación, una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común. Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios para amar a todos sin excluir a nadie, privilegiando a los pobres y perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y construyendo la paz. Concédenos la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda”.
Son mis mejores deseos para todos ustedes. Muy feliz Pascua.