La historia colonial de Jujuy no quedó encerrada en libros ni pertenece solamente a un pasado lejano. Basta caminar por el centro de San Salvador, detenerse frente a la plaza, mirar el Cabildo y la Catedral o viajar hacia las antiguas capillas de la Quebrada y la Puna para encontrar rastros de una sociedad que, aunque profundamente diferente de la actual, dejó huellas que todavía forman parte de la identidad jujeña.
Para viajar hacia ese pasado, Canal 4 dialogó con Gabriela Sica, doctora en Historia, investigadora y especialista en historia colonial de Jujuy, quien propuso derribar primero una idea bastante extendida: que entre la conquista y la Independencia hubo un largo período en el que prácticamente nada sucedió.
“Es una sociedad muy compleja, muy rica y con muchísimos elementos que todavía perduran hasta la actualidad”, explicó la historiadora.
Y aquel Jujuy era muy diferente al que conocemos hoy. Se trataba de una sociedad fuertemente jerarquizada, con derechos y obligaciones diferenciados y escasa movilidad social. Pero también era una ciudad pequeña y, al mismo tiempo, sorprendentemente dinámica.
Una pequeña ciudad por donde pasaba un mundo de mercancías
Una de las imágenes más interesantes que dejó Sica permite dimensionar aquel paisaje: hacia finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, San Salvador de Jujuy tenía alrededor de 4.000 habitantes.
Era pequeña en población, pero no estaba aislada. Todo lo contrario.
“Era una ciudad muy pequeña, pero una ciudad con mucho tránsito de personas” “Era una ciudad muy pequeña, pero una ciudad con mucho tránsito de personas”
Por Jujuy llegaban carretas cargadas con mercancías provenientes de distintas regiones. Desde aquí comenzaba otra parte del viaje: debido a las características del camino hacia el norte, las cargas debían ser trasladadas a mulas para continuar rumbo al Alto Perú y, especialmente, a Potosí. Texto pegado
Potosí era entonces un gigantesco centro económico alrededor de la explotación de la plata. Según explicó Sica, en su época de auge llegó a reunir aproximadamente 200.000 habitantes, una dimensión extraordinaria para aquel tiempo. Esa enorme población demandaba alimentos, ropa, animales, insumos para la minería y numerosos servicios, y Jujuy ocupaba una posición estratégica dentro de ese circuito.
De hecho, durante buena parte de aquel período Jujuy estuvo económicamente mucho más orientada hacia el Alto Perú —actual Bolivia— que hacia Buenos Aires.
Caminar por el centro también es caminar por aquel Jujuy
Tal vez lo más atractivo sea preguntarse qué puede encontrar hoy una persona que quiera buscar aquel pasado.
Y la primera respuesta está delante de nuestros ojos.
El propio diseño del centro de San Salvador de Jujuy conserva aquella lógica colonial. Al fundarse una ciudad se marcaba una plaza central y frente a ella se ubicaban las instituciones fundamentales: la Iglesia y el Cabildo. Después, las calles se organizaban mediante una cuadrícula o damero.
Siglos después, esa estructura todavía puede reconocerse: Plaza Belgrano continúa siendo el corazón de la ciudad, con la Catedral y el Cabildo formando parte de ese mismo espacio central. Texto pegado
Pero las huellas coloniales no terminan en San Salvador.
En las capillas de Casabindo, Cochinoca, Yavi y Humahuaca, entre otros lugares, permanece un importante patrimonio artístico y religioso del barroco. Allí aparecen los conocidos ángeles arcabuceros, retablos y obras que llegaban desde centros artísticos del Alto Perú y Cusco.
Sica propone incluso imaginar cómo era entrar a aquellos templos siglos atrás. Las construcciones podían parecer sencillas desde afuera, pero su interior buscaba provocar una experiencia completamente distinta: retablos dorados, imágenes vestidas, luz cuidadosamente aprovechada, flores, perfumes, música y hasta fuegos artificiales formaban parte de una religiosidad que apelaba intensamente a los sentidos.
“La religiosidad se sintiese más que se pensara”, resumió la historiadora al describir el espíritu del barroco.
Jujuy - calle de Humahuaca en el siglo XIX
Un pasado que también vive en las costumbres
Las marcas más profundas, sin embargo, quizás no sean las que permanecen en los edificios.
La fuerte religiosidad, las fiestas, las formas de veneración y el encuentro entre tradiciones católicas y elementos propios de las comunidades originarias continúan teniendo una presencia especialmente visible en la Quebrada y la Puna.
Con el paso de los siglos, esas expresiones fueron transformándose y resignificándose. La veneración de santos convive con otras entidades sagradas profundamente arraigadas en la cultura local, como la Pachamama y los cerros. Para Sica, son huellas que se modificaron con el tiempo pero que mantienen “absoluta vigencia”.
La especialista también planteó una dimensión menos amable de esa herencia: algunas formas de diferenciación y discriminación social pueden encontrar raíces en aquella sociedad colonial profundamente jerarquizada.
Mirar el Jujuy colonial, entonces, no significa solamente recordar fechas o contemplar edificios antiguos. Es descubrir que debajo de la ciudad moderna existe otra ciudad; que algunas calles mantienen una organización pensada hace siglos y que muchas celebraciones, imágenes, creencias y costumbres fueron atravesando generaciones hasta llegar al presente.
Como mostró la charla con Gabriela Sica, conocer aquel Jujuy también ayuda a entender por qué el Jujuy de hoy es como es.
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