El 7 de septiembre de 1996, Gilda todavía estaba lejos de ser la figura que, con el paso de los años, terminaría ocupando un lugar único en la cultura popular argentina. Tenía canciones que empezaban a convertirse en éxitos, una agenda de presentaciones cada vez más exigente y un público que crecía con cada show.
Se cumplen 30 años de la muerte de Gilda: la cantante que llegó a ser mito
El 7 de septiembre de 1996, el micro en el que viajaba con su familia y su banda fue embestido por un camión. Hubo siete muertes, su madre e hija entre ellas.
Esa noche, un viaje que parecía ser apenas uno más dentro de una extensa gira cambiaría para siempre su historia y la de quienes la rodeaban. Treinta años después de aquella tragedia, la figura de Gilda permanece vigente de una manera que excede largamente a sus canciones.
Su voz, sus letras y la historia de Miriam Alejandra Bianchi continúan formando parte del imaginario de varias generaciones, mientras su figura adquirió una dimensión que pocos artistas alcanzan después de su muerte. Para entender cómo aquella cantante que todavía buscaba consolidarse terminó convertida en un mito popular, hay que volver a las horas previas a aquel viaje y recorrer la historia de la mujer que decidió dejar atrás una vida previsible para perseguir su sueño.
La noche del 7 de septiembre de 1996 estaba destinada a quedar marcada para siempre por la muerte de Gilda. Hasta ese momento, la cantante gozaba de una popularidad importante, pero todavía no era una figura capaz de ocupar por sí sola un título en los diarios, ni siquiera de protagonizar una pequeña nota perdida entre las páginas. Sin embargo, todo cambiaría a partir de aquella tragedia: con su muerte comenzaría a nacer la figura de Gilda como mito popular.
El instante fatal
Faltaban pocos minutos para las siete de la tarde y la noche ya había caído sobre la Ruta Nacional 12, una carretera que con el tiempo había quedado marcada por el trágico apodo de “la ruta de la muerte”. En ese camino viajaba el micro de la gira que trasladaba a Gilda, sus hijos, su madre y los integrantes de su banda, hasta que, en cuestión de segundos, el vehículo quedó completamente destruido.
El vehículo avanzaba por el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12 rumbo a Chajarí, Entre Ríos, localidad donde la banda tenía previsto presentarse. En ese tramo, un camión de carga brasileño se desvió hacia la banquina, perdió su trayectoria y terminó invadiendo el carril contrario, hasta chocar de frente contra el micro en el que viajaban los músicos.
El impacto provocó la muerte de Miriam Alejandra Bianchi, quien desde hacía algunos años había adoptado el nombre artístico de Gilda dentro de la música tropical; su madre, Isabel “Tita” Scioli; su hija Mariel; Elvio Mazzucco, conductor del ómnibus; y tres integrantes de la banda: Enrique “Quique” Tolosa, Gustavo Balbini y Raúl Larrosa.
Entre quienes lograron sobrevivir se encontraban su hijo Fabricio, que tenía ocho años, y Juan Carlos “Toti” Giménez, quien había descubierto y producido a Gilda y que en aquel momento también mantenía una relación sentimental con ella.
Las últimas horas: música y familia
Horas antes del accidente, Gilda y su banda habían realizado una presentación en vivo desde los estudios de América, ubicados sobre la calle Humboldt. La conductora destacó el talento de la cantante frente a las cámaras: “Ella es una verdadera diosa, es un talento de la movida tropical”, afirmó, antes de anticipar que la artista tenía actuaciones programadas en Entre Ríos y Corrientes.
Para aquella aparición televisiva, Gilda lució un vestido blanco acompañado por botas del mismo tono. Frente al público, se mostró sonriente, bailó y entonó “Fuiste”, una canción cuya letra las jóvenes presentes en la tribuna conocían por completo. También interpretó “Paisaje”, la reconocida composición del italiano Franco Simone que ella adaptó al público argentino. Después de aquella actuación, volvió a subir al micro con el que recorría distintas ciudades del país durante sus giras.
Antes de emprender el viaje, Gilda le hizo una solicitud inesperada a Elvio Mazzucco, quien estaba al volante del micro: quería desviarse hasta la vivienda familiar de Villa Devoto para recoger a su madre y a sus dos hijos y llevarlos con ella. Mariel y Fabricio se sumaban cada vez que se podía porque a Miriam le importaba compartir todo el tiempo posible con ellos; en cambio, su madre, “Tita”, no solía acompañarla durante las giras. Para ella, aquella sería la primera ocasión.
Más de treinta shows en tres noches
Corazón valiente, el álbum cuya portada quedó asociada para siempre a la icónica imagen de Gilda con una corona de flores, había alcanzado un nivel de popularidad extraordinario. Sin embargo, aquel fenómeno todavía permanecía mayormente circunscripto al universo de la movida tropical, sin que la cantante hubiera conseguido dar aún el gran paso hacia un público mucho más amplio.
El repertorio incluía varios temas que con el tiempo pasarían a formar parte de la memoria musical de los argentinos, especialmente entre quienes disfrutan bailar, entonar canciones en un karaoke o alentar desde una tribuna. Allí estaban “Fuiste”, “Ámame suavecito”, “Paisaje” y “Corazón valiente”, la canción que bautizó al disco, entre otros éxitos que se convertirían en clásicos.
A partir de ese momento, Gilda y su banda comenzaron a sostener un ritmo de presentaciones inédito para ellos. La agenda llegó a incluir hasta quince bailes en una misma semana y, en una de las etapas más intensas, alcanzaron la cifra de 34 shows concentrados en apenas tres noches. El esfuerzo era enorme y todo hacía pensar que una oportunidad de semejante magnitud podía no repetirse.
Sin importar las dimensiones del lugar ni la cantidad de personas frente al escenario, Gilda siempre se entregaba por completo a su público. Después de cada actuación permanecía allí hasta atender y firmar el último autógrafo; y cuando la convocatoria era escasa, actuaba con la misma energía y entusiasmo que si tuviera delante un estadio completamente colmado.
Gilda tenía un trato muy cercano con quienes se acercaban a ella: permitía que le tocaran el rostro cuando se lo pedían y respondía con un beso ante quienes se lo solicitaban. Sin embargo, frente a esas demostraciones de afecto, se ocupaba de aclararles a todos que no contaba con ningún “poder de curandera”.
En contra de todos y a favor de su deseo
Antes de convertirse en Gilda, hubo una mujer cuya historia comenzaba lejos de los escenarios: Miriam Alejandra Bianchi. Había nacido en 1961, en Villa Devoto, y su vínculo con la música tenía un origen familiar: su madre, “Tita”, era profesora de piano.
Sin embargo, cuando Miriam manifestó su intención de dedicarse de lleno a ese arte, la decisión no fue recibida con entusiasmo por su familia, que se mostró completamente en contra de que eligiera la música como camino de vida.
A los 16 años, la vida de Miriam cambió de manera abrupta y pasó a asumir buena parte de las responsabilidades económicas de su familia.
Su padre había sufrido dos ACV, por lo que ella consiguió un puesto administrativo en la Dirección General de Rentas y comenzó a aportar un ingreso para sostener el hogar. En ese contexto, sus proyectos personales tuvieron que quedar en segundo plano: se alejaron sus posibilidades de continuar con sus estudios y, todavía más, la posibilidad de convertir a la música en su profesión.
Con la situación económica de los Bianchi algo más encaminada, Miriam pudo retomar parte de sus proyectos personales y se formó como maestra jardinera. Luego comenzó a trabajar en un jardín de infantes junto a “Tita”. A los 23 años contrajo matrimonio con Raúl Cagnin, quien había sido su pareja durante varios años, y con él tuvo a sus dos hijos, Mariel y Fabricio.
Después del casamiento, Miriam había construido una existencia serena y relativamente previsible, propia de una familia de clase media que comenzaba a transitar una nueva etapa. Sin embargo, aquella rutina terminó alterándose de manera inesperada a partir de un aviso clasificado publicado en un diario.
El aviso buscaba mujeres que quisieran convertirse en vocalistas de una banda de música tropical. Miriam llevaba años conviviendo con una familia que había intentado apartarla de aquella vocación y, además, estaba casada con un hombre muy celoso. A pesar de esos obstáculos, decidió presentarse de todos modos al casting.
Corría 1990 y la persona encargada de seleccionar a la cantante era Juan Carlos “Toti” Giménez. Al escucharla y verla desenvolverse, quedó impactado por la combinación de voz y carisma de Miriam y no tardó en convencerse de que ella era la elegida. Miriam aceptó la propuesta.
Aquella determinación terminaría teniendo consecuencias cuatro años más tarde, cuando se divorció del padre de sus hijos, quien no soportaba que Miriam, ya convertida en Gilda, saliera por las noches para cantar.
La relación madre e hijo: el amor de Fabricio por su mamá
Más allá de la dimensión masiva del fenómeno, la presencia de la artista permanece viva en el ámbito íntimo y familiar, especialmente a través de los valores y aprendizajes que transmitió a quienes estuvieron cerca de ella. Chio, nombre con el que desarrolla su proyecto musical, conserva especialmente algunas de las frases que su madre le repetía en distintas ocasiones: "Si hay una sola vida, vivila. Con pasión, alegría y amor. Nunca te traiciones, y aunque las puertas se cierren, volá alto".
Aunque su presencia física ya no sea posible, afirmó que sigue sintiendo un vínculo cotidiano con ella: "Extraño todo, pero aprendí a encontrarla desde otro lugar y te aseguro que cada día estamos más conectados".