Transcribimos la reflexión elaborada por la periodista Virginia Gawel, sobre la "verdad" desnuda, sin anestesia. Si bien puede liberar al emisor del mensaje por sacarse de encima sus sentimientos, puede provocar marcas y daños en su interlocutor, muchas veces, irreversibles.
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¿Está bueno decir las cosas "sin filtro"?
“Yo te lo digo como lo siento, porque yo no tengo filtros”, se ufana alguien en la TV (algún jurado de esos concursos que brindan clases de bullying a domicilio, y en los que alguien “calificado” defenestra alegremente a otro que baila, o los jurados se defenestran entre sí, para luego salir en las revistas y en otros programas como “personas frontales y auténticas”).
Por ende —habida cuenta de la función didáctica que los medios ejercen en la población—, se replica en la calle: “Porque yo no tengo filtros” (tan ufanamente como el modelo propalado).
Pero… ¿qué es “no tener filtros”? ¿Qué es “decirte las cosas, así, como las siento”?
La Naturaleza demoró millones de años hasta que apareció sobre la faz de la tierra esa obra maestra de la creación: el cerebro humano. Si lo plancháramos como una tela abarcaría 2 metros cuadrados. Así, replegadito, está guardado en nuestro cráneo. Su funcionamiento es tan increíble que las Neurociencias aún están comenzando a comprender cómo funciona.
Una de las áreas que distingue al cerebro humano respecto del cerebro de los demás animales no-humanos es la zona prefrontal: desde allí se puede regular el comportamiento para que las conductas o emociones primitivas se modulen a medida que vamos madurando.
Cuando somos niños pequeñitos sí obramos como sentimos: si nos enojamos golpeamos, si no nos gusta rompemos, si nos da vergüenza nos escondemos, si deseamos que alguien no nos toque le pegamos, lloramos cuando no nos dan lo que queremos y tomamos rudamente lo que nos gusta sin considerar si otro tiene igual derecho o si tan siquiera eso que tomamos no es nuestro. Y cuando comenzamos a hablar, si los adultos no nos ponen límites gritamos, exigimos, y sin empacho alguno, proferimos insultos o enunciamos a voz en cuello: “¡Malo! ¡Malo! ¡¡¡Eso no me gusta!!!”.
Y el mayor favor que se le puede hacer a un niño en su crianza es que los adultos le ayuden a activar su lóbulo prefrontal, acompañándolo a que pueda modular sus emociones, administrarlas. A veces, por desconocimiento, hay padres que rechazan la idea de “reprimir” a su niño, sin comprender que la represión es necesaria: “represión” no significa agredir, lastimar, sofocar lo más bello de esa criatura (tal como usamos el término “represión” cuando vemos que la policía o los militares arrasan con la expresión pacífica de la gente). ¿Qué significa, entonces?
Podríamos tomar el concepto de “represión”, en el sentido en el que lo estoy mencionando, como elige conceptualizarlo el Taoísmo: necesitamos domesticar nuestros impulsos primitivos, como se domestica un perro o un gato para que podamos convivir armónicamente. En nuestro idioma, por añadidura, la palabra proviene del latín domine, que significa “dueño”, “amo”. Y en ese sentido quizás yerre para referirse a los animales, pues no son objetos y por ende no tienen dueños; pero sí aplicaría para referirnos a nuestro lóbulo prefrontal: autodomesticar lo más primitivo de sí mismo es volverse “dueño de sí”. Y si no somos dueños de nosotros mismos, nuestras emociones más básicas de apoderan de nuestra vida, siendo ellas las que mandan, y no lo más evolucionado de nuestra identidad.
La persona que no tiene filtro puede obrar como el perro de la casa que muerde a la visita, o el gato que le araña las pantorrillas. Aviso que voy a decir una metáfora fea, pero ya la he evaluado con mi lóbulo prefrontal, y hemos consensuado en que es antiestética pero quizás muy eficaz para graficar este tema: relacionarse con otros sin los filtros necesarios puede convertir el estilo comunicacional en una serie de vómitos emocionales y eructos mentales (la metáfora podría escalar hacia cosas mucho más feas, pero me quedo aquí, y pido disculpas). En nombre de la “sinceridad” la palabra tajea al otro, le hace una incisión a veces no pasible de cicatriz alguna. En aras de “ser auténtico” se ejerce el vandalismo afectivo, destruyendo de una patada lo que quizás al otro le tomó mucho tiempo construir.
Con demasiada frecuencia, desde esa actitud, aniquilamos con el filo de la lengua relaciones que hubieran merecido ser conservadas, pero que, —encima estando orgullosos de “no tener filtros”—, las cercenamos de cuajo a punta de palabra. La persona se vuelve una sincericida serial, tan “seguro de sí” como esos siniestros personajes de la TV que intoxica millones de familias cada día, cada noche.
Ejercer el don de la palabra exacta para decir lo que es doloroso, o incómodo, o difícil, pero necesario, requiere de la misma habilidad que la que se manifiesta en el bisturí de un eximio cirujano.
El increíble Gandhi, como abogado y como individuo, tenía una capacidad de ser incisivo que él muy bien conocía. Una parte de su epopeya desde la No-Violencia implicó domesticar a su propia lengua, y dijo alguna vez respecto de su trabajo sobre sí: “He cargado sobre mis espaldas el monopolio de cambiar solamente a una persona, y esa persona soy yo mismo; y sé cuán difícil es conseguirlo”. Ejercer la No-Violencia en los vínculos cotidianos es un requisito indispensable para una vida afectivamente sana. Y en ese plano la sinceridad se deberá manifestar administrando las emociones: esto es, autorreprimiéndolas desde nuestra inteligencia emocional.
Gandhi llamó Sathyagraha a esa contundencia que algunos temas necesitan para que la palabra o el acto sean tenidos en cuenta; el significado de esa palabra es “la fuerza de la Verdad”. Expresar la Verdad con ética sensible es la tarea que nuestro tiempo nos exige: trabajar sobre sí, tomar sobre nuestras espaldas ese maravilloso monopolio. No desde hoy: desde ayer. (Y apagar la TV, o cambiar de canal, casa tras casa: todos).