La salud cardiovascular femenina enfrenta un desafío silencioso que va más allá de los factores tradicionales como el colesterol o la hipertensión. Según explicó el psicólogo Rodrigo Aladzeme (MP 284), la ansiedad y la depresión se convirtieron en factores de riesgo reales y frecuentes en casos de infarto en mujeres.
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Infarto en mujeres: los principales factores de riesgo son la ansiedad y la depresión
El riesgo de infarto en las mujeres creció en este último tiempo. Entre los principales factores de riesgo están la ansiedad y la depresión.
De acuerdo a datos recientes, estos cuadros emocionales aparecen en el 42,6% de los casos, lo que enciende una señal de alerta sobre la estrecha relación entre salud mental y salud física.
Ansiedad crónica y estado de alerta permanente
Aladzeme advirtió que el estrés sostenido en el tiempo es uno de los factores más comunes. “Estar bajo una ansiedad crónica, en un estado de alerta permanente y con la idea constante de que algo malo puede pasar, deteriora la calidad de vida y termina repercutiendo en el cuerpo”, explicó.
La sobrecarga emocional no se limita al plano psicológico. El organismo responde a ese estado continuo de tensión con alteraciones fisiológicas que, mantenidas en el tiempo, pueden favorecer la aparición de enfermedades cardiovasculares.
La naturalización del malestar
Uno de los puntos centrales señalados por el especialista es la tendencia social a naturalizar síntomas como el insomnio, el cansancio constante o la irritabilidad. “Sobreaprendimos la sobreadaptación”, sostuvo, en referencia a la capacidad de las personas de acostumbrarse a condiciones de malestar.
Dormir mal o vivir con tensión permanente muchas veces se vuelve “normal”, y esa normalización contribuye a que el cuadro se vuelva crónico, incrementando el riesgo para la salud integral.
Mandatos culturales y sobrecarga femenina
El profesional también hizo hincapié en el peso de los mandatos culturales. Históricamente, la mujer estuvo ligada al ámbito doméstico, pero en la actualidad comparte responsabilidades laborales en igualdad con el hombre, sin haber dejado de asumir gran parte de las tareas del hogar.
“No se puede sostener el viejo sistema y el nuevo al mismo tiempo”, señaló. Esa doble exigencia, trabajo remunerado y tareas domésticas, puede generar una sobrecarga física y emocional significativa.
A esto se suman los cambios biológicos propios de cada etapa, como la menopausia en la mujer o la andropausia en el varón, procesos que también influyen en el bienestar general y pueden acentuar síntomas emocionales.
De la preocupación a la acción
Para Aladzeme, el mensaje central no es alarmarse sino actuar a tiempo. “Lo importante no es preocuparse, sino ocuparse”, afirmó.
Buscar ayuda profesional ante síntomas persistentes de ansiedad o depresión, generar espacios de descanso y replantear patrones culturales que fomentan el “te la tenés que bancar” son pasos fundamentales para prevenir consecuencias mayores.
La evidencia demuestra que la salud mental y la salud cardiovascular están profundamente conectadas, y que atender el bienestar emocional es también una forma de cuidar el corazón.