Nonogasta es uno de esos destinos que, sin buscar protagonismo, impacta a todos los que lo eligen para sus escapadas. Ubicado entre la serenidad del mundo rural y una fuerte carga histórica, este pueblo de La Rioja transmite la sensación de estar suspendido en otra época, rodeado de sierras y envuelto en el aroma de antiguos viñedos.
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Nonogasta, el pueblo de La Rioja donde conviven historia, viñedos y naturaleza
Calles de piedra, una iglesia colonial y una reserva natural enmarcan a este pueblo del norte, rodeado de sierras, viñedos y huellas de su pasado minero.
El entorno no funciona solo como un telón de fondo atractivo, sino que forma parte activa de la vida diaria. Las viñas no están allí con un fin decorativo, sino que crecen con una intensidad que refleja el trabajo de muchas generaciones dedicadas a la tierra. En sus calles apacibles, bajo un sol constante, se entrelazan el aroma del vino en formación con los rastros de antiguas actividades mineras.
Recorrer Nonogasta no implica apresurarse ni ir de un punto a otro sin pausa. Más bien se trata de detenerse, observar y tomar aire. Es dejarse llevar por un tempo distinto, donde el tiempo parece extenderse y las montañas parecen guardar aún más relatos de los que muestran a simple vista.
Dónde queda Nonogasta
Nonogasta se encuentra en la provincia de La Rioja, en el noroeste de la Argentina, y pertenece al departamento de Chilecito. Se trata de una localidad pequeña, aunque con una identidad muy definida, ubicada en un entorno donde conviven la aridez del clima con la riqueza de sus valles. En esa región prosperan viñedos reconocidos y se mantienen vivas costumbres de larga data.
Quienes se acercan a este lugar encuentran un entorno sereno, rodeado de montañas y atravesado por una historia agrícola e industrial que aún se percibe en el aire. Es habitual toparse con fincas donde crecen olivos, árboles frutales de carozo o viñedos con muchos años de producción, así como también con construcciones que remiten al pasado minero de gran actividad. Todo esto se concentra en distancias cortas, bajo un cielo amplio y dominante.
Qué puedo hacer en Nonogasta
Las propuestas en Nonogasta están marcadas por la identidad local y un ritmo tranquilo. Como punto de partida, el recorrido vitivinícola resulta prácticamente imprescindible. Las bodegas de la región brindan catas de distintas variedades, entre ellas Torrontés Riojano, Merlot y Bonarda, cultivadas en zonas de altura y con rasgos particulares que las distinguen.
La experiencia va más allá de la degustación: implica adentrarse en el proceso de elaboración, recorrer los viñedos y conversar con productores que han dedicado gran parte de su vida a este oficio.
Sin embargo, la oferta no se limita al mundo del vino. El turismo vinculado a la minería también ocupa un lugar destacado, con visitas a antiguos hornos de fundición y a estaciones del histórico Cable Carril de la Mina La Mejicana. Esta obra de ingeniería, que conectaba la sierra del Famatina con Chilecito, recorre paisajes imponentes y conserva vestigios de una de las actividades económicas más relevantes que tuvo la región.
Por otra parte, para quienes prefieren el contacto con la naturaleza, existen senderos serranos, miradores naturales y espacios donde el silencio se vuelve protagonista. No cuesta encontrar un sitio para detenerse, respirar profundamente y desconectarse por completo. Nonogasta no se caracteriza por el bullicio, sino por una profunda tranquilidad.
Cómo llegar a Nonogasta
El propio recorrido hacia Nonogasta ya forma parte de la experiencia. La alternativa más habitual es tomar un vuelo hasta la ciudad de La Rioja y, desde allí, continuar por vía terrestre en ómnibus o vehículo particular. El trayecto demanda algo más de una hora y permite ir ingresando gradualmente en el paisaje del oeste riojano, donde empiezan a aparecer las sierras y el clima adquiere un carácter más árido.
Una alternativa adicional es arribar en auto desde la Ciudad de Buenos Aires, ideal para quienes eligen un viaje por carretera como parte de la experiencia.
El trayecto demanda alrededor de 12 horas, atravesando distintas provincias y permitiendo apreciar la transformación progresiva del entorno. Aunque pueda resultar extenso, quienes lo realizan suelen coincidir en que la experiencia lo compensa: cada detención en el camino puede transformarse en un momento más del recorrido y del descubrimiento.