La conexión entre la alimentación y la microbiota intestinal se convirtió en uno de los focos que despierta cada vez mayor interés dentro de las investigaciones vinculadas con la nutrición. En ese marco, un estudio llevado a cabo en Japón analizó los efectos de consumir una manzana diaria durante 12 semanas.
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Qué cambios puede generar en el intestino comer una manzana todos los días
Un estudio en Japón siguió durante 12 semanas a adultos de entre 41 y 63 años para analizar cómo la manzana influía en las bacterias intestinales.
Los resultados mostraron que esta práctica no produjo modificaciones en el peso, la glucosa ni los niveles de lípidos en sangre de los participantes en general, aunque en un subgrupo se detectaron cambios a nivel intestinal.
Los resultados no avalan la idea de que un alimento de consumo habitual pueda ofrecer efectos inmediatos o garantizados. En cambio, sugieren que una misma intervención alimentaria puede provocar reacciones diferentes dependiendo de la composición de partida de la microbiota intestinal. Esta diferencia es especialmente relevante a la hora de evaluar hasta qué punto un resultado experimental puede transformarse en una recomendación aplicable a toda la población.
De acuerdo con lo informado por Frontiers in Nutrition, la investigación incluyó a 38 adultos japoneses de entre 41 y 63 años. A lo largo del estudio, todos consumieron diariamente una manzana Fuji fresca. Para evaluar la respuesta del organismo, el equipo científico tomó en cuenta mediciones corporales, parámetros sanguíneos y muestras de materia fecal, con el objetivo de estudiar la actividad de las bacterias presentes en el intestino.
El estudio no contempló entre sus variables de análisis la fatiga, la sensación subjetiva de energía ni el desempeño físico de los participantes. Además, tampoco contó con un grupo de comparación integrado por personas que no consumieran manzanas. En consecuencia, los resultados obtenidos no alcanzan para determinar que esta fruta genere mejoras en esos parámetros ni para sostener que su consumo tenga el mismo efecto metabólico en todos los individuos.
La señal apareció en un grupo con una microbiota determinada
La microbiota intestinal está formada por el conjunto de microorganismos que viven en el tracto intestinal. Antes de comenzar el experimento, los investigadores clasificaron a los participantes en tres categorías, tomando como referencia las familias bacterianas predominantes identificadas en las muestras analizadas.
El primer grupo estuvo compuesto por 14 personas y presentó una mayor proporción de bacterias de la familia Bacteroidaceae. En el segundo, integrado por 18 participantes, predominó la familia Ruminococcaceae, mientras que los 6 restantes conformaron el grupo caracterizado por una mayor presencia de Prevotellaceae.
Las modificaciones detectadas se dieron principalmente en el primer grupo. Luego de completar las 12 semanas en las que consumieron una manzana todos los días, las muestras de materia fecal de sus integrantes mostraron mayores niveles de acetato, propionato y butirato. Se trata de compuestos generados por las bacterias intestinales durante el procesamiento de distintos componentes de la alimentación, entre ellos la fibra. En los otros dos grupos, este incremento no fue observado.
De acuerdo con el trabajo, estas sustancias intervienen en distintos procesos vinculados con el metabolismo. Sin embargo, la investigación no comprobó que su mayor presencia se tradujera en una mejora específica de la salud de las personas que registraron ese aumento.
El análisis tampoco identificó que esta modificación pudiera atribuirse a la presencia de una sola especie bacteriana. Para los investigadores, el fenómeno podría explicarse por la interacción entre diferentes microorganismos que integran la comunidad intestinal.
La variación registrada entre los distintos grupos constituye el hallazgo más relevante del ensayo. Sin embargo, esto no significa que se haya demostrado que quienes poseen determinada composición de microbiota obtengan un beneficio clínico por consumir manzanas. El trabajo encontró una asociación en una muestra pequeña y plantea nuevos interrogantes acerca de las diferencias individuales en la respuesta frente a determinados alimentos.
No hubo cambios generales en los indicadores evaluados
Para evaluar posibles modificaciones en el organismo, los investigadores registraron el peso corporal, el índice de masa corporal, la circunferencia de la cintura y los niveles de grasa visceral. Además, realizaron controles de glucemia en ayunas y examinaron distintos parámetros del perfil lipídico, entre ellos el colesterol total, el LDL, el HDL y los triglicéridos.
De acuerdo con lo publicado en el artículo, ninguno de estos indicadores presentó variaciones significativas al analizar al grupo completo de 38 participantes.
El efecto identificado se manifestó en el ámbito intestinal y estuvo restringido a un grupo específico de participantes, por lo que no puede interpretarse como una modificación comprobada en los niveles de colesterol, glucosa o en la composición corporal. La diferencia resulta significativa debido a que el ensayo reunió a personas con distintas características de su microbiota y los resultados no se presentaron de forma homogénea entre todos los participantes.
Durante la investigación, cada participante recibió una manzana Fuji de 300 gramos, a la que previamente se le retiraron la cáscara y el corazón. A lo largo del estudio, los voluntarios conservaron sus rutinas habituales de alimentación y ejercicio físico. El consumo promedio fue de 288,3 gramos por día, mientras que el nivel de adherencia a la intervención llegó al 98 por ciento.
La ingesta diaria de la fruta representó un aporte de 152,8 kilocalorías, junto con 44,7 gramos de carbohidratos, 4 gramos de fibra y 240,6 miligramos de polifenoles.
Los polifenoles son sustancias de origen natural que se encuentran en distintos alimentos de origen vegetal. En el ensayo se contempló tanto la presencia de estos compuestos como la fibra contenida en la manzana, aunque los investigadores no lograron determinar cuál de los dos componentes estuvo asociado con las modificaciones registradas. Además, al utilizarse la fruta sin cáscara, resulta limitado extrapolar estos resultados a otras maneras de consumirla.
El diseño obliga a interpretar el resultado con cautela
La investigación se realizó con 38 participantes, distribuidos en grupos de distinta cantidad de integrantes, y tuvo una duración de 12 semanas. Durante todo el período de intervención, la totalidad de los voluntarios incorporó manzanas a su alimentación.
En consecuencia, el estudio no contó con un grupo de control que permitiera comparar los resultados obtenidos con los de personas que no consumieran la fruta. Esta característica del diseño impide determinar que las modificaciones observadas en el intestino sean atribuibles exclusivamente a la ingesta de manzanas.
La microbiota intestinal puede experimentar modificaciones con el transcurso del tiempo, así como por la influencia de diversos factores. En el estudio, además, no se estableció un régimen específico para controlar los hábitos alimentarios previos de los voluntarios, quienes describieron su dieta mediante cuestionarios.
Aunque se les solicitó que no comenzaran tratamientos con antibióticos, ni incorporaran probióticos o suplementos durante el ensayo, los investigadores admitieron que la alimentación que cada participante mantenía habitualmente pudo haber tenido incidencia en los resultados obtenidos.
La investigación estuvo encabezada por Toshihiko Shoji, integrante del Instituto de Investigación de Alimentos perteneciente a la Organización Nacional de Investigación Agrícola y Alimentaria de Japón. El trabajo recibió apoyo económico de Aomori Apple Council Incorporated Association, además de una subvención otorgada con fines de investigación.
El ensayo identificó una respuesta localizada en el intestino entre los participantes que presentaban una determinada composición de microbiota. No obstante, al considerar al conjunto de los voluntarios, no se observaron modificaciones comprobadas en los marcadores de salud evaluados.
Los investigadores señalaron que para profundizar en estos resultados será necesario realizar investigaciones de mayor alcance, que contemplen un control más estricto de la alimentación y la incorporación de grupos con los que sea posible establecer comparaciones. El objetivo será establecer si la respuesta intestinal identificada en este ensayo puede llegar a traducirse en efectos clínicos específicos y comprobables.