La definición del impacto de estos olores es más difusa. Ante la consulta sobre riesgos, la respuesta de Chingolani fue categórica: “no hay un riesgo asociado con enfermedades o alergias”.
Sin embargo, el propio funcionario reconoce que se trata de emisiones:
“el olor está asociado a la generación de un gas, que genera olor”.
Ahí aparece una contradicción evidente. Se admite la existencia de gases, se reconoce una afectación percibida por la población… pero no se define ese fenómeno como contaminación ambiental.
Según trascendió en distintos relevamientos y comentarios de la zona, podrían existir al menos 14 posibles focos de generación de olores, vinculados a diferentes criaderos y actividades pecuarias dispersas en el sector. Esta situación complejiza el análisis del problema, ya que no se trataría de una única fuente puntual, sino de múltiples puntos de emisión que aún no han sido identificados ni delimitados con precisión de manera pública, lo que dificulta establecer responsabilidades claras y avanzar en soluciones concretas.
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Mientras tanto, el problema no es teórico. Es físico. Se respira.
Los vecinos lo describen con claridad: durante la noche, el olor invade el ambiente, genera malestar y se a algunas veces se vuelve más intenso. No se trata de una percepción aislada, sino de una experiencia reiterada que condiciona la vida cotidiana.
“Hay que encerrarse, es insoportable el olor. En horas de la noche se siente un olor fuerte, como caca de chancho, que viene del río, es muy fuerte,” dijo resignado un vecino de Barrio Norte y sostuvo que tuvo que cambiar parte de su rutina diaria “es insoportable el olor, tenemos que cerrar la ventanas o encerrarnos en la casa”.
“Esto lo vivimos hace mucho tiempo, hace años” sostuvo el vecino que además le preocupa la posibilidad de que las emisiones de olores puedan atentar contra su salud, “nos genera temor que sea algo que nos haga mal, también contaminan el río y es peligroso”.
Y esa realidad choca con otro planteo oficial. Por un lado, se asegura que las medidas de mitigación están en marcha y que “deberían mermar la generación de olores”. Por otro, se reconoce que el problema persiste: “hay días que entendemos que el olor aumenta”, dijo Chingolani.
Si las medidas funcionan, ¿Por qué el olor sigue siendo una constante?
Otro punto que genera interrogantes es el rol de las denuncias. El funcionario sostuvo que “no ha llegado una denuncia formal en el último tiempo”, pero al mismo tiempo afirmó que el organismo intervino “de oficio”. En paralelo, es conocido que vecinos han realizado múltiples presentaciones y reclamos en distintos organismos a lo largo de los años, lo que vuelve a poner en discusión qué nivel de acción institucional se considera suficiente.
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Centro Vecinal: “Son más de tres mil personas las afectadas”
Desde el Centro Vecinal de Barrio Norte recordaron que se hicieron presentaciones en el Ministerio de Ambiente y, hasta el momento, no tuvieron una respuesta satisfactoria.
“Se presentaron notas en Ambiente y supuestamente ellos hicieron una multa e iban a hacer otro tratamiento a los desechos de los chanchos”, afirmó Néstor Paredes, presidente del Centro Vecinal de Barrio Norte.
Sobre los sectores que se ven afectados por los olores, dijo Paredes que son “los que viven frente a Juan Galán, El Cortijo y Barrio Norte. Es una reclamo generalizado, el olor es muy fuerte, como de desecho de criaderos de chanchos”.
“Son más de tres mil o cuatro mil personas las que están afectadas por el olor, tenemos, entre otros sectores, vecinos del barrio Bellavista, el Cortijo y Quebrada de los pájaros”, aseguró Paredes.
“Hace más de tres años que se viene peleando y se sigue, año tras años seguimos con eso”, dijo resignado el presidente del Centro Vecinal.
La entrevista al funcionario también deja sin respuesta un aspecto sensible. Se mencionan controles sobre lagunas de tratamiento y manejo de efluentes, pero no se aclara el destino final de esos desechos ni si existe algún riesgo de escurrimiento hacia el Río Xibi Xibi. Esa omisión abre otra línea de preocupación que no fue abordada.
En paralelo, el enfoque oficial pone el acento en el ordenamiento territorial. Se plantea que la zona pasó de ser rural a residencial y que hoy deben convivir distintas actividades. Incluso se menciona un posible traslado de la producción a otra zona en un plazo estimado de hasta dos años.
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Pero esa solución es a mediano plazo.
Sobre las medidas de mitigación Chingolani detalló “puntualmente se ha pedido, una medida de mitigación específica con respecto a las lagunas, así que constataremos que esa medida se lleve a cabo y después estamos trabajando también en la evaluación del estudio de impacto ambiental para trasladar la gran parte de la producción a otro departamento, a una zona netamente rural en Rodeito, lo cual también es a mediano plazo. Estimamos unos 2 años como máximo para el traslado de la actividad”. El funcionario no aclara a que lagunas hace referencias.
Mientras tanto, el impacto es inmediato. Chingolani lo reconoce “el clima infiere mucho, impacta ya que cuando tenemos más ventilación, cuando hay tanto calor beneficia los olores.”
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“No se puede convivir con ese olor” relata un vecino de la zona.
“El olor se siente sobre todo a la noche y viene desde arriba”, agregó otro vecino de la zona mientras esperaba el colectivo. “es un olor a osamenta, como perro muerto”.
“El olor se siente hace bastante tiempo”, coincidió el vecino y dijo que el momento más fuerte es a la noche, lo que le genera inconvenientes para descansar “llegas de trabajar y al otro día te tenes que levantar temprano, es horrible, no se puede convivir con ese olor”.
“Es como que algo hacen de noche, como si mataran gallinas o algo así”.
“A todos nos preocupa que sea tóxico, pero hacemos escándalo y no pasa nada, de nada sirve hacerse el exquisito”, y recordó que esto “viene de hace rato, sería una suerte que tomen medidas del caso” relatan los habitantes de la zona.
“Es un olor a podrido, como a cloaca, como cuando matan pollos o chanchos”, dijo otra vecina del sector norte de la ciudad y sostuvo que “si haces una denuncia no te dan pelota porque como ellos no viven por acá no te queda otra que encerrarte y poner flores con aroma en la casa, no hay solución”.
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La evidencia científica indica que la exposición reiterada a este tipo de olores puede provocar dolores de cabeza, náuseas, irritación, estrés o alteraciones del sueño. Más allá de la discusión técnica sobre toxicidad, hay un hecho concreto: respirar todas las noches un olor intenso afecta el bienestar.
Y ahí aparece el fondo del debate.
Porque entre afirmar que “no genera enfermedades” y reconocer que existe una afectación sostenida hay una diferencia importante.
Al respecto Chingolani comentó “el olor está asociado a la generación de un gas que genera olor. Todos sabemos que los gases generan olores, pero no hay un riesgo asociado con enfermedades o alergias u otro tipo de cuestiones, es lo que afirma el funcionario. El olor depende mucho del clima, de la corriente del viento, de la inversión térmica”
Y en esa diferencia se define cómo se interpreta el problema.
Por ahora, el problema del olor sigue en el aire y se sigue respirando.
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