Aunque las plumas muestran ciertas características semejantes a las de las aves, el reptil recién descubierto no estaba directamente emparentado con ellas. Stephan Spiekman, investigador del Museo Estatal de Historia Natural de Stuttgart y responsable del reciente estudio, señaló que este hallazgo podría modificar la comprensión científica sobre cómo surgieron las plumas. En las aves, un sistema genético complejo regula el crecimiento de las plumas en la piel, y es probable que una parte de este mecanismo ya existiera en los primeros reptiles, hace más de 300 millones de años.
El fósil de Mirasaura grauvogeli revela un linaje extinto de reptiles con estructuras similares a plumas.
Si esta hipótesis resulta correcta, según Spiekman, podría implicar que otros reptiles prehistóricos también habrían desarrollado extrañas estructuras ornamentales que aún permanecen ocultas para la ciencia. “Espero que esto amplíe nuestra perspectiva”, comentó. “Y entonces, ¿quién sabe lo que encontraremos?”.
Louis Grauvogel, un acaudalado empresario con estudios en biología, dedicaba gran parte de su tiempo libre a explorar canteras en el noreste de Francia en busca de fósiles. Al momento de su fallecimiento en 1987, había reunido una vasta colección privada de restos fósiles de flora y fauna. Su hija, Lea Grauvogel-Stamm, también paleontóloga de renombre, donó ese valioso acervo al Museo de Stuttgart en 2019.
La cresta del Mirasaura presenta melanosomas similares a los de las plumas de las aves.
Cuando Grauvogel halló por primera vez el fósil de Mirasaura en 1939, únicamente pudo observar una cresta sobresaliendo de la roca, lo que lo llevó a pensar que se trataba de la aleta de un pez.
Louis Grauvogel: el pionero detrás del fósil
Pasadas ocho décadas, al comenzar los científicos de Stuttgart a examinar la colección de Grauvogel, notaron que aquello que en su momento se había interpretado como una aleta de pez estaba, en realidad, conectado a un hueso reptiliano en uno de sus extremos. Gran parte del hueso permanecía enterrado dentro de la roca.
Al extraer la piedra, los expertos hallaron el resto del esqueleto del Mirasaura. Un análisis más minucioso del conjunto fósil reunido por Grauvogel permitió identificar otras crestas y descubrir un segundo esqueleto.
El hallazgo genera debate sobre la función de la cresta y el origen de las plumas en la evolución.
Mirasaura y Longisquama: una conexión misteriosa
Al estudiar al Mirasaura, Spiekman rememoró de inmediato uno de los fósiles más enigmáticos de reptiles conocido, una especie de 220 millones de años llamada Longisquama insignis.
El ejemplar fósil de Longisquama, hallado en Asia Central en 1969, mostraba marcas de largas estructuras planas que sobresalían desde su espalda. Los científicos que lo descubrieron sugirieron que estas eran escamas alargadas desplegadas a ambos lados del cuerpo, las cuales, según su hipótesis, el reptil empleaba como una especie de paracaídas para reducir la velocidad al lanzarse desde las ramas.
En el año 2000, un grupo de investigadores estadounidenses presentó una hipótesis novedosa y polémica: esas supuestas escamas paracaídas del Longisquama en realidad serían plumas, lo que implicaría que esta criatura podría estar relacionada evolutivamente con las aves modernas.
El hallazgo de un reptil que vivió hace 247 millones de años reveló secretos sobre la evolución del plumaje.
La evolución de las plumas y su debate científico
Esta hipótesis fue perdiendo fuerza con el tiempo, especialmente después de que los expertos en fósiles hallaran numerosos dinosaurios emplumados que vivieron hace unos 160 millones de años. Algunas de esas estructuras tenían una complejidad comparable a las plumas de las aves actuales, mientras que otras eran más simples, similares a filamentos. Hoy en día se reconoce que las aves son en realidad dinosaurios que todavía existen.
En cuanto al Longisquama, quedó en una especie de incertidumbre científica: no se pudo determinar con claridad a qué grupo de reptiles pertenecía, y el origen y función de sus presuntas plumas seguían siendo un misterio. “El consenso fue: ‘Realmente no sabemos qué es el Longisquama, es un reptil extraño’”, explicó Spiekman.
Con la aparición del Mirasaura, el Longisquama obtiene un pariente cercano. Aunque Mirasaura vivió casi 30 millones de años antes que Longisquama, sus restos fósiles se conservan mucho mejor. Esto permitió a Spiekman y su equipo examinar con gran detalle su cresta, incluso a nivel microscópico, y analizar un cráneo que se mantuvo en condiciones excepcionales.
El estudio indica que tanto el Mirasaura como el Longisquama pertenecían a un grupo extinto de reptiles especializados en una vida arborícola. Este linaje tiene una relación muy lejana con las aves y los dinosaurios, ya que su separación ocurrió hace más de 300 millones de años.
Paleontólogos alemanes han descubierto un fósil de un reptil de 247 millones de años con una extraña hilera de plumas que le brotan de la espalda.
A partir de este descubrimiento, los investigadores plantean que las estructuras plumosas del Mirasaura y el Longisquama surgieron directamente de la piel típica de los reptiles. En cambio, los dinosaurios con apariencia similar a las aves desarrollaron sus plumas de manera independiente.
Un examen detallado de la cresta del Mirasaura reforzó esta hipótesis, al identificar diferencias esenciales en comparación con las plumas tradicionales. Mientras que las plumas están compuestas por fibras ramificadas, el Mirasaura exhibía placas rígidas que emergían de una cresta central.
Melanosomas y la estructura de la cresta: semejanzas y diferencias
No obstante, Spiekman y su equipo llegaron a la conclusión de que la cresta del Mirasaura compartía ciertas características relevantes con las plumas. Las plumas obtienen su coloración en parte gracias a unos diminutos sacos de pigmento denominados melanosomas. En la cresta del Mirasaura también se identificaron melanosomas, que presentan una forma idéntica a la que poseen los melanosomas encontrados en las plumas.
Además, la estructura de las plumas del Mirasaura llevó a Spiekman a pensar que estas se originaban de un modo semejante al plumaje, desarrollándose a partir de un anillo de células que emergían de la piel antes de abrirse en forma de abanico.
Si las hipótesis de los científicos resultan correctas, entonces el antepasado común entre el Mirasaura y las aves ya poseía ciertas instrucciones genéticas necesarias para producir estructuras similares a plumas. Sin embargo, solo un grupo limitado de reptiles aprovechó ese código genético para desarrollar dichas formaciones.
Stephan Spiekman, paleontólogo del Museo Estatal de Historia Natural de Stuttgart en Alemania.
Respecto al posible uso que el Mirasaura le daba a su cresta, Spiekman descarta la teoría de que la utilizara como un paracaídas para deslizarse desde los árboles. Los fósiles recién hallados demuestran con claridad que la cresta se levantaba a lo largo de la espalda del animal, una ubicación que no es adecuada para frenar una caída.
“Y eso, para nosotros, solo nos deja como única opción posible algún tipo de exhibición”, afirmó Spiekman. Una hipótesis es que el Mirasaura empleara su cresta como una forma de lucirse, parecido a cómo los lagartos anolis machos seducen a sus parejas desplegando una membrana colorida bajo la mandíbula.
Estas teorías probablemente provoquen una nueva oleada de discusiones. Richard Prum, un experto en aves de la Universidad de Yale que no formó parte del estudio reciente, manifestó dudas sobre que la cresta del Mirasaura compartiera tantas características con las plumas. “Creo es un grave error”, declaró.
El Museo Estatal de Historia Natural de Stuttgart en Alemania.
Controversias y nuevas teorías sobre la función de la cresta
Además, sugirió que la cresta podría no estar compuesta por células muertas, sino tal vez por tejido vivo con circulación sanguínea. “La regulación térmica se convierte en una posibilidad: absorber el sol para obtener mucha energía y correr más rápido”, conjeturó Prum.
Independientemente de la inusual estructura del Mirasaura, Prum coincidió en que este descubrimiento evidencia la sorprendente capacidad de adaptación de la piel de los reptiles. “Es algo fascinante”, concluyó.
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