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18 de febrero de 2013 - 08:59

El presidente Correa obtuvo su reelección con un contundente triunfo

El presidente de Ecuador volverá a gobernar el país durante cuatro años más a partir de mayo, período luego del cual se retirará de la vida pública. Correa le dedicó su triunfo a Chávez.

Una victoria anunciada: el triunfo de Rafael Correa se evocó de muchas maneras y sin que tuvieran que mediar las encuestas, cuyo protagonismo bajó en esta elección. En esa reiteración, en esa apatía de una mayoría de la población, con una decisión tomada, se leyeron las ventajas –unas objetivas; otras trabajadas por él y su equipo– que tenía el candidato-presidente frente a cualquier contendor. La bonanza petrolera que le ha permitido desarrollar obra pública y políticas sociales, jugó sin duda como su mejor aliada.

En este plano, el líder de Alianza País se favorece de una ecuación que en política raras veces falla: mientras no haya marasmos económicos y mientras haya estabilidad y orden, los electores no buscan alternativa al equipo que está en la cancha.

La otra ventaja, inmanejable para cualquier contendor, se deriva de la primera: Rafael Correa ha tenido seis años para crear, gracias a subsidios y ayudas, una base social inmensa que ve en él un dispensador de favores. Es una ventaja todavía inigualable para cualquier aspirante a Carondelet. Se debe entender, cuando se mira la realidad cotidiana de la mayoría de ciudadanos, que el apoyo que recibe sigue siendo parte de la voluminosa factura que pagan sus contendores por lo que hicieron o dejaron de hacer los partidos que el oficialismo conecta con el pasado.

Lo cierto es que la vieja desidia se trocó en beneficios para una masa grande de ciudadanos que ve un Estado más presente, activo y benefactor. Los temas de libertad, concentración de poder, sostenibilidad del modelo económico y discrecionalidad de la autoridad, entre otros, no hacen parte de sus prioridades. Hundidos en sus dificultades, la mayoría de ciudadanos no tiene tiempo para los pliegues más sofisticados de la democracia.

La elección de este domingo no medía, entonces, la capacidad de Rafael Correa para sostenerse en el poder pues, hasta electoralmente, tenía un sinnúmero de ventajas. La más decisiva está en la Constitución de la República en el artículo 143: tener al menos el cuarenta por ciento de votos válidos y una diferencia mayor al 10% sobre la votación del segundo binomio.

Rafael Correa nunca, en sus seis años, ha estado por debajo del 40% en las consideraciones positivas de sus conciudadanos. Labor, confianza y simpatía han sumado siempre más. Y que se sepa, ningún aspirante a reemplazarlo aparecía con 30% de expectativas de votación en sondeo alguno.

Esta elección medía, entonces, la capacidad de la oposición para responder ante un candidato que ha sumado esas ventajas y que ha sabido crear otras. La más importante es el manejo de su imagen y la estrategia de comunicación para convertirlo en el alfa y el omega de la dinámica política en el país.

Erigirse en alternativa suponía, en ese contexto para la oposición, una obra colosal. Pautar una estrategia que implicaba en los hechos renovarse y recrearse ante los ojos de unos electores que ahora encuentran en un Estado benefactor todas las ofertas que antes hacían los candidatos.

Volver al statu quo se antojaba sencillamente suicida. Repetirse delataba la imposibilidad de asumir lo que ha pasado en seis años en el país. El espacio también lucía infranqueable para aquellos que pretendieran presentarse bajo el sello de la novedad. Con seis años de presencia de un Estado benefactor era imposible pensar que los electores no apostaran a lo que conocían y pusieran sus esperanzas en principiantes sin experiencia alguna en la administración pública: ese fue el caso de Mauricio Rodas.

El reto de la oposición consistía en leer perfectamente el escenario de ventajas que tenía el presidente y, a la vez, propiciar nuevos imaginarios capaces de competir con una maquinaria que tiene dos productos estrella: un Estado benefactor y con voluminosa chequera y una marca poderosa en el mercado de ganar elecciones: Rafael Correa.

El mayor interrogante de la oposición no consistía en saber si ganaría la elección: todos los candidatos sabían, en su fuero interno, que no lograrían que Correa bajara del 40% y que uno de ellos llegara al 30%.

Su reto era medir cuán cerca están de poder volver con posibilidades reales de aspirar a dirigir el país. Encontrar una estrategia de recambio suponía haber de-construido el fenómeno de Correa y, a pesar de sus enormes y en casos escandalosas ventajas, poderlo superar. La elección de ayer prueba que la travesía que iniciaron los políticos que no están con el correísmo puede ser tan significativa como la que enfrenta la oposición a Hugo Chávez en Venezuela. Al fin y al cabo, los dos líderes, aunque con matices fundamentales, se beneficiaron de la misma desidia y desprestigio de viejas dirigencias y la misma bonanza petrolera.

Los primeros resultados de los exit poll muestran que la oposición, en su conjunto, tiene un largo trabajo por delante. Y que, lejos de una estrategia más o menos concertada en cada tendencia, cada partido o movimiento prefirió jugar su propio partido. Dicho de otra manera, la elección de ayer diseñó mapas nuevos en la oposición.

Guillermo Lasso es, a su manera, un ganador. Es puntero en su primera participación en una elección y, como tal, queda posicionado para insistir en su intento para el 2017. Lasso sale de esta elección con partido propio y asambleístas elegidos.

Su posicionamiento en la tendencia de centro derecha, pudiera implicar para un candidato como Álvaro Noboa la jubilación política segura, tras cinco intentos por llegar a Carondelet. Noboa es el político que menos ha sistematizado su propia experiencia electoral. Nunca procesó sus errores y no perdió la oportunidad de repetirlos. Esta campaña, en que se mostró cargando enseres y regalando uno que otro colchón, puso en evidencia el grado cero de la política en esa franja tan conocida del populismo.

Correa dijo desear, durante la campaña, su desaparición de la esfera política: habló con respeto de Lasso y muy despectivamente de Noboa y de Lucio Gutiérrez. Ese escenario casi se cumple a la perfección. El excoronel no aceptó los primeros resultados y, por ende, haber sufrido una amarga derrota que, de ser cierta, hipotecaría la posibilidad de volver a terciar en una campaña presidencial. Su estrategia consistió en retrotraer a los electores a viejos tiempos -los de su gobierno- en los cuales se vivió mejor. Devolver la película y no proyectarla no parece haberle dado resultado. Y ahora Gutiérrez se ve ante una realidad que, de paso, trató de evitar durante la campaña, pues no cesó de enviar puyas contra Lasso: perder el liderazgo en la oposición. Ahora, si se confirman las cifras del exit poll, esa es una realidad consumada. Correa reiteró ayer, desde Carondelet, que prefiere esa derecha, decente e ideológica, representada por Lasso, incluso a la izquierda liderada por Alberto Acosta.

Así, si se confirman los datos del exit poll, el mapa político se estrechó: el oficialismo, con un resultado arrollador de un lado; y una oposición que encontró en Lasso su figura prominente. Por supuesto entre las dos fuerzas quedan en una relación asimétrica considerable.

El presidente hasta el 2017 tiene por delante algunos retos esenciales. Uno en particular: administrar democráticamente, y con tolerancia, la ventaja electoral que ayer obtuvo en las urnas.

www.hoy.com.ec

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