Cayetano Grossi terminó fusilado luego de comprobarse que mataba a sus hijos recién nacidos, producto de violaciones a sus hijastras.
La policía ya manejaba varias evidencias tras encontrar en terrenos abandonados restos de cuerpos infantiles, con señales de violencia física y quemaduras. Al ser capturado, fue llevado a juicio y recibió la pena capital. Su esposa y dos de sus hijastras enfrentaron cargos por haber encubierto sus crímenes. El 6 de abril de 1900, fue ejecutado por fusilamiento en la cárcel ubicada sobre la avenida Las Heras. Es reconocido como el primer asesino serial de la historia argentina. Aunque, tristemente, no fue el único ser despiadado.
El petiso orejudo, uno de los asesinos seriales más conocidos
Un solo episodio basta para ilustrar su nivel de perversidad. Un chico jugaba en las inmediaciones del portón donde hoy se encuentra el Hospital Ramos Mejía, cuando el Petiso Orejudo lo empujó dentro de una pileta de agua. Cada vez que el niño intentaba salir, él lo empujaba hacia el fondo con un palo.
Más tarde confesó que le causaba placer observar cómo el niño se desesperaba, soltando burbujas por la nariz y la boca. Cuando apareció la madre, él fingió ser su salvador y gritó: “¡Agarrate nene, te voy a salvar!”. La mujer, convencida de que le había salvado la vida a su hijo, le dio una moneda como agradecimiento, sin saber que se trataba de un asesino de menores con impulsos sádicos.
El Petiso Orejudo se ensañaba con criaturas. Fue muerto en el penal de Ushuaia.
Su nombre era Cayetano Santos Godino, nacido en 1896, y desde su infancia sus padres, inmigrantes calabreses, no podían controlar su comportamiento. En los barrios de Almagro y Parque Patricios lo conocían como “el orejón” o simplemente “el petiso orejudo”. Era delgado, inquieto y desde muy temprana edad sentía un impulso irrefrenable por quitar vidas.
Aquel que se dedicaba a capturar aves y les dañaba los ojos sentía una profunda satisfacción al provocar sufrimiento y presenciar la muerte de sus presas, siempre seleccionadas por él. Sus objetivos eran niños de entre 4 y 6 años, cuya ingenuidad los hacía vulnerables frente a la ilusión de dulces o propuestas de juego.
Con solo siete años, condujo a Miguel Depaola, de apenas dos, hasta un terreno descampado, donde lo arrojó con fuerza sobre unas plantas espinosas tras golpearlo brutalmente. A Ana Neri, de un año y medio, la atacó en otro lote vacío, golpeándole la cabeza con una piedra. En ambos casos, la intervención de un agente de policía logró interrumpir la agresión. También intentó asfixiar a María Rosa Face, de tres años, a quien enterró aún con vida. Cuando tiempo después se volvió al sitio, se encontraron con que allí se había edificado una vivienda. El cuerpo de la niña jamás fue encontrado.
Su propio padre lo entregó a las autoridades, que lo mantuvieron detenido por un tiempo. En 1908, intentó ahogar a Severino González Caló, un niño de dos años, en un estanque, y a Julio Botte, que no había cumplido dos años, le quemó los párpados con la punta de un cigarrillo.
Ahorcó con una cuerda a Arturo Laurora, de 13 años, y a Reina Bonita Vainicoff, quien tenía cinco años, le prendió fuego su vestido blanco y limpio. La niña falleció tras semanas de sufrimiento. Su padre, desesperado por lo ocurrido y tras observar a distancia el incendio que consumía a su hija, cruzó la calle sin precaución y fue atropellado fatalmente. En noviembre, no logró ahorcar a Roberto Russo, de dos años; también salvaron sus vidas Carmen Ghittone, de tres años, y Catalina Naulener, de cinco, a quien un vecino auxilió tras escuchar sus gritos.
El 3 de diciembre de 1912 perpetró su último asesinato. Engañó a Gesualdo Giordano, un niño de tres años, con la promesa de caramelos y lo condujo a un terreno baldío donde solían funcionar los hornos de ladrillos La Americana. A pesar de los dulces, el pequeño comenzó a llorar. Entonces, lo tiró al suelo e intentó ahorcarlo con una cuerda que usaba como cinturón, pero al resistirse, lo ató de pies y manos.
En 1933, en el penal de Ushuaia, Godino conversando con el director del penal. apoyado contra la pared, Juan José de Soiza Reilly, el periodista de Caras y Caretas que lo entrevistó.
Salió en busca de algún objeto para acabar con su vida y se topó con el padre del niño, el sastre del vecindario, quien lo buscaba desesperadamente. De manera cínica, le sugirió que denunciara el hecho a la policía. Más tarde, encontró un clavo y, ayudándose con una piedra, se lo clavó en la sien. Cubrió el cadáver con una chapa y escapó. Las autoridades, que ya lo tenían vigilado, lo arrestaron al día siguiente en su domicilio de la calle Urquiza 1970.
El tribunal lo declaró inimputable, con un diagnóstico de “imbécil incurable”, y fue recluido en el reformatorio de Mercedes bajo estricta vigilancia. Contaba apenas 16 años. Él admitió que asesinaba porque le gustaba, no sentía remordimientos y prefería la prisión antes que el reformatorio, ya que no se consideraba loco.
En 1915 fue trasladado a la cárcel de Las Heras y, ocho años después, en 1923, lo enviaron al presidio de Ushuaia. El 15 de noviembre de 1944 fue encontrado sin vida. Se sospecha que sufrió una golpiza por parte de otros presos después de que él arrojara a un gato, mascota del penal, a la estufa. Su tumba fue profanada y sus restos óseos sustraídos. Únicamente quedó su cráneo, que según relatos, el director del penal utilizaba como pisapapeles.
Mateo Banks
Mateo Banks, con su uniforme de presidiario. Mató a toda su familia para quedarse con sus campos.
Hay casos de asesinatos motivados por avaricia y necesidad, y uno de los más notorios es el de Mateo Banks. En una sola noche acabó con la vida de tres de sus hermanos, dos sobrinas, una cuñada y dos peones. Arruinado por su adicción al juego, su ambición era convertirse en el único heredero de las tierras familiares en Azul.
Los hechos sucedieron el 18 de abril de 1922. Primero asesinó a su hermano Dionisio y a su hija; luego mató a un peón. En otro campo, acabó con la vida de otro trabajador.
Después se dirigió a la vivienda de sus hermanos. Engañó a una hermana para que lo acompañara y la asesinó en el camino. De regreso, pidió a su cuñada que le preparara un té y la mató, junto a su sobrina de 15 años y otro de sus hermanos. A las sobrinas más pequeñas las encerró.
Se dirigió al pueblo y afirmó que dos trabajadores rurales habían asesinado a su familia, y que él solo se defendió. Las pesquisas demostraron su responsabilidad en los crímenes. Aunque la primera sentencia fue anulada, un segundo juicio ratificó la condena a prisión perpetua. En 1924 lo trasladaron a la cárcel de Ushuaia, donde los reclusos lo apodaron “mateocho”. Fue liberado en 1949. Se instaló en una habitación del barrio de Flores y falleció ese mismo día tras resbalarse en la bañera.
Francisco Laureana era un padre ejemplar. La familia supo de su cara oculta cuando murió en un tiroteo con la policía.
“Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”, amenazó ante el tribunal que lo condenó a prisión perpetua. Se trataba de Carlos Eduardo Robledo Puch, quien, con apenas 20 años, dejó un rastro de asesinatos, robos y violaciones.
Descendiente de la familia de la esposa de Martín Miguel de Güemes, su ola criminal comenzó en 1970 con el atraco a una joyería y a un taller mecánico. Junto a Miguel Ibáñez, en 1971 asesinó a un encargado y a un guardia de seguridad en un salón de fiestas. En otros dos robos, mataron a dos hombres más. Entre esos hechos, violaron y mataron a dos mujeres.
Tras la misteriosa muerte de su cómplice —que se presume fue a manos de Puch— se unió a Héctor Somoza, con quien asesinó a dos personas adicionales. En 1972, luego de matar a un ferretero, Puch también eliminó a Somoza. Curiosamente, la policía halló el documento de identidad del segundo cómplice en el bolsillo de su cadáver. Finalmente, el 3 de febrero de 1972 fue arrestado.
Robledo Puch tenía apenas 20 años cuando comenzó su raid delictivo.
Sentenciado a prisión perpetua, todos sus intentos de obtener libertad condicional fueron negados con el paso de los años. Recientemente volvió a ser noticia cuando, desde su celda en la Unidad Penitenciaria 26, solicitó ser ejecutado mediante inyección letal, consciente de que jamás sería liberado. Es el reo con la permanencia más prolongada en nuestro país.
Argentina también tuvo otros asesinos seriales. En 1963, “el loco del martillo” actuó en las zonas de Lomas del Mirador y San Justo. Su método consistía en sorprender a mujeres dormidas, a quienes golpeaba en la cabeza con un martillo antes de robarlas. Atacó a cerca de diez mujeres, algunas lograron sobrevivir y relatar lo sucedido. Al ser capturado, la policía encontró el martillo ensangrentado en su domicilio.
Aunque proclamó su inocencia, fue condenado a cadena perpetua. Fue liberado en 2006 y falleció al año siguiente. Cuando Francisco Laureana fue abatido por la policía en 1975, ya había quitado la vida a quince mujeres y violado a una decena. Su familia se sorprendió al descubrir estos crímenes tras su muerte, pues le costaba aceptar que aquel esposo amoroso y padre modelo fuera responsable de tales atrocidades.
Como artesano en madera, Laureana solía quedarse con objetos pertenecientes a sus víctimas tras cometer sus crímenes en un periodo de seis meses. A finales de enero de 1975, tras asesinar a dos niñas, un jardinero colaboró con la policía para crear un identikit. Finalmente, en un enfrentamiento armado en la vía pública, fue abatido en febrero de ese mismo año.
Robledo Puch tenía apenas 20 años cuando comenzó su raid delictivo.
Por otro lado, Celso Arrastía también tenía como objetivo a mujeres. Se estima que entre 1987 y 1988 asesinó a cinco de ellas en Mar del Plata después de violarlas. Para asfixiarlas, usaba su propia ropa interior. Fue su pareja, víctima de maltrato, quien lo entregó a la justicia tras amenazarla con el mismo destino que sus anteriores víctimas.
Existen casos en los que los homicidas no podían justificar sus crímenes. Un ejemplo es Luis Melogno, quien abordaba taxis y asesinaba a los choferes con un disparo en la cabeza. No se llevaba objetos de valor, pero sí los documentos de las víctimas, lo que finalmente facilitó su captura.
Por otro lado, hubo delincuentes que actuaban sin la necesidad de robar. Guillermo Álvarez, líder de la banda conocida como “los chicos bien”, protagonizó en 1996 una ola de robos y homicidios junto a jóvenes que reclutaba en La Cava. Proveniente de una familia acomodada y residiendo en un barrio de Acassuso, Álvarez confesó tras su detención que robaba simplemente porque le placía, una de las tantas explicaciones dadas por quienes tristemente quedaron marcados por sus crímenes y vida delictiva.
Copyright © Todo Jujuy Por favor no corte ni pegue en la web nuestras notas, tiene la posibilidad de redistribuirlas usando nuestras herramientas. Derechos de autor reservados.