En Argentina, cada 3 de junio no es un día cualquiera, es un día de reivindicación de los derechos de las mujeres. En 2015, bajo el lema “Ni una menos” se condujo la primera marcha multitudinaria contra la violencia que viven las mujeres, un movimiento social y político que logró expandirse en países de Latinoamérica y Europa. Este movimiento se expresó como respuesta a la situación de injusticias y violencias constantes que se visibilizaron fuertemente como el asesinato de la adolescente embarazada de 14 años por parte de su novio de 16 años.
Pero en las adolescencias, ¿qué pasa en las relaciones de noviazgo o pareja de los adolescentes y las adolescentes? Somos conscientes que la violencia de género no surge en la adultez donde se dan los mayores casos de femicidios, la situación de desigualdad se vive desde que nacemos y a partir de las infancias que vivimos. Sin dudas, la adolescencia es una etapa que nos demanda atención porque es cuando se comienza a vivir las primeras relaciones de pareja, a partir de las cuales se pueden construir una relación violenta o una relación basada en el reconocimiento del otro con respeto y empatía.
Las niñas y adolescentes quienes están en crecimiento y en desarrollo, son las más vulnerables y esto queda en evidencia a partir de los datos que nos brinda por un lado la Oficina de las Mujeres de la Corte Suprema de Justicia, la cual determinó que de las 251 víctimas directas de femicidios cometidos entre enero y diciembre de 2020, 24 eran niñas y adolescentes. Las adolescentes están siendo asesinadas principalmente por parte de sus parejas, ex parejas o amigos que tienen algún vínculo con ellas, donde su agresor en muchos casos es otro adolescente.
Otro dato alarmante que involucra a las adolescentes y que se refiere a la relación de pareja es el que comunicó recientemente la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer (FEIM) respecto al matrimonio infantil a través del Proyecto Matrimonios y Uniones Convivenciales en la Argentina que se está desarrollando desde octubre de 2019, donde se llegó a la conclusión que en nuestro país hay 231 mil niñas y adolescentes menores de 18 años que están casadas o en convivencia con hombres en su mayoría entre 10 y 15 años mayores que ellas.
En esta investigación se determinó también que las regiones NEA y NOA tienen los más altos porcentajes de matrimonios infantiles. En las provincias del norte argentino, las familias aún aceptamos y sobre todo “valoramos” que la pareja de las mujeres sea un varón siempre mayor que ellas y no tanto cuando es viceversa. Sin embargo, si pensamos que una adolescente tiene una pareja mucho mayor que ella, necesitamos advertir que no estamos frente a una pareja o matrimonio, en realidad estamos frente a una situación de violencia, abuso y constante sometimiento que atropellan su integridad sexual y vulneran sus derechos. Las niñas y adolescentes son sometidas y difícilmente continúan su escolaridad, son madres en temprana edad y viven otras formas de violencias que se acentúan por depender económicamente de su pareja. Lo óptimo sería que los y las adolescentes comiencen a vivir sus primeras relaciones de pareja entre ellos en edades iguales o similares, donde no haya parejas con gran diferencia de edad, y paralelamente que puedan contar con la orientación y acompañamiento de los padres y también de profesionales idóneos en sexualidad integral.
Por su parte, la pandemia nos empujó más a convivir en la cultura digital de la conectividad y visibilidad permanente, las redes sociales tienen un rol preponderante en la construcción y mantenimiento de las relaciones socio afectivas. Los adolescentes se conectan y comunican entre ellos con naturalidad, siendo las redes los espacios de encuentro donde comparten con sus parejas y amigos, y también donde la sobreexposición de su esfera íntima y privada se expresa públicamente.
En esta cultura digital se impone el fenómeno de la ciberviolencia de género por la expresión y los ataques persistentes y violentos que se llevan a cabo por razones de género focalizándose principal y fuertemente en las mujeres y la comunidad de la diversidad sexual. De esta forma, la violencia de género digital se expresa a través de actos violentos que son cometidos, instigados o agravados en parte o totalmente por el uso de las tecnologías de la información y comunicación. Esta violencia genera, al mismo tiempo, violencia psicológica por las graves consecuencias que genera en la salud mental de las mujeres y violencia simbólica debido a la repetición y perpetuación de mensajes, patrones y valores estereotipados que reproducen dominación y la desigualdad.
Un tipo de violencia digital es el cibercontrol donde se usa principalmente el celular. Es importante reconocer que no es exclusivo de los y las adolescentes, también lo viven los jóvenes y adultos, pero es evidente que les afecta más a ellos por estar empezando a construir relaciones socio-afectivas de parejas y sumado a la desigualdad de género que se expresa, si bien lo pueden llevar a cabo las mujeres contra los varones, se expresa con mayor intensidad desde los varones contra ellas.
El celular ocupa un lugar central porque lo usamos como una extensión de nuestro propio cuerpo, lo utilizamos para ejercer el control sobre nuestras parejas o con quienes tenemos alguna relación en cualquier lugar y momento. Se desarrolla con intensidad en el tiempo, con conductas que tienen la intención de controlar, amenazar, vigilar, acosar e invadir la privacidad de la vida digital y personal de las mujeres. Se justifica y se encubre el control con las excusas de sentir celos y amor o con la intención de proteger a la pareja.
El cibercontrol se lleva a cabo a través de las siguientes acciones:
- Controlar los horarios de conexión y actividad en línea
- Vigilar sus relaciones sociales, conversaciones y opiniones en línea e interferir en las mismas
- Vigilar qué publica, quiénes son sus amistades
- Censurar fotos que publica y comparte en redes sociales
- Controlar lo que hace en las redes sociales criticando las actividades y publicaciones
- Exigir que demuestre donde está con su geo localización
- Demandar que envíen fotos con las personas que están en ese momento
- Obligar a que envié imágenes o vídeos íntimos
- Demandar que le comunique sus contraseñas
- Comunicarse con un lenguaje agresivo
Prestemos atención a la identidad digital de nuestros contactos porque parte de esa identidad que nos muestran a través de sus mensajes y perfiles están comunicándonos quienes son, sus creencias, sentimientos y por ende sus conductas.
Entre estas conductas que ejercen cibercontrol podemos reconocer las siguientes:
- Se vigila las reacciones como dar likes, quiénes les dan los likes o a quiénes siguen
- ¿Por qué publicaste una foto en tu Instagram sin mandármela antes a mí?
- Mándame una foto, quiero ver con quién estás
- Dónde estás? ¡Envíame tu ubicación!
- ¡Te veo en línea! ¿Por qué estás en línea y no me escribís?
- ”No pongas fotos en IG con esa ropa, parecés una puta”. ¡Baja ésa foto, no me gusta!
- ¡Pásame tu contraseña!
El celular y cada perfil de la red es personal y privado, si alguien no confía en nuestra palabra y exige pruebas para creernos es una señal de que la relación no es confiable ni saludable. El cibercontrol es un indicador clave para darnos cuenta que no estamos con una persona que nos trate como personas iguales a ellos “como pares-pareja”, al contrario, el trato se aproxima más a ser un objeto que no piensa, no siente ni decide por sí mismo.
Frente a esta realidad, no se trata de señalar quién es el más violento de la relación porque la violencia no está aislada ni depositada, se trata de reconocer que construimos relaciones violentas y que también podemos aprender a construir vínculos sanos entre amigos y parejas.
¿Cómo frenamos el cibercontrol? No podemos creer que con prohibir el uso del celular o prohibir una relación se solucionen los problemas y menos aún si nos referimos a los y las adolescentes, quienes ya experimentan cierta independencia. Las conductas violentas no están en el aparato celular o en una persona determinada, la violencia está en la relación que se construyó basada en creencias y experiencias de lo que sería una relación y sus roles. Sobre estas creencias vivimos nuestras relaciones, por ejemplo, una adolescente puede creer que para salir con sus amigas necesita del permiso de su novio y este puede creer que si es necesario que le pida permiso cuando sabemos que una relación tiene que expresarse la libertad, el diálogo, la empatía, el respeto y la confianza y no en el control y el sometimiento.
El cibercontrol no se presenta de forma aislada, esto significa que también están presentes otras violencias como la violencia psicológica, simbólica, verbal y física, en la mayoría de los casos. Esta forma de violencia digital puede generar diversas consecuencias como la normalización de la violencia en las parejas que genera un precedente para futuras relaciones. Consecuencias psicológicas como la depresión, ansiedad, baja autoestima y miedos de relacionarse con los otros, y en casos extremos agravar la violencia con casos de lesiones y femicidios.
Es urgente poder educar a los niños, niñas y adolescentes desde una educación sexual integral que les brinde herramientas sobre el cuidado del cuerpo, el valor de la afectividad, el respeto por los otros, el autoconocimiento y autoestima, los derechos sexuales y reproductivos, entre otros. Y con respecto a la convivencia en la cultura digital, tenemos que orientar y acompañar a los adolescentes para el ejercicio de una ciudadanía digital más consciente donde puedan identificar las acciones violentas y los peligros y, al mismo tiempo, puedan comunicarse desde el respeto, responsabilidad y la empatía sin violencias.
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