En tiempos vertiginosos como el nuestro resulta esencial volver a la historia y custodiar las raíces ya que el primer paso para liquidar a un pueblo es borrar su memoria. No somos sólo puro presente, no todo es aquí y ahora, individualista y desencarnado. También somos una familia con historia, un pueblo con raíces, una tradición viva forjada por santos y héroes que nos legaron nuestra tierra y libertad, nuestra fe y cultura. El precioso misterio de la identidad jujeña que contemplamos hoy es la herencia de los que ayer, con arrojo y sacrificio, lo entregaron todo.
Uno de los grandes protagonistas de esta historia es el beato jujeño Don Pedro Ortiz de Zarate, al que hoy quisiéramos rescatar del olvido. Llama la atención el enorme desconocimiento que tiene el único beato jujeño quién recibió la corona del martirio un 27 de octubre de 1683, entregando libremente su vida por la evangelización pacífica de los aborígenes a los que protegió y amó. Si uno le pregunta a la IA un listado de 100 jujeños ilustres lamentablemente no encontraremos el nombre de este hidalgo criollo que tuvo una vida de novela y enriqueció con su sangre nuestro patrimonio espiritual. Como un gesto de memoria y gratitud, de pietas romana y comunión de los santos, vayan unas líneas para mantener vivo su legado.
Nacido en San Salvador de Jujuy en 1622, su vida estará destinada desde niño a ser holocausto por la paz. Su abuelo fue protagonista en la primera y segunda fundación de Jujuy, en 1561 y 1575 respectivamente, pero esas fundaciones fracasaron por la hostilidad de los nativos. Finalmente, el 19 de abril de 1593, lunes de Pascua de Resurrección, Francisco de Argañaraz y Murguía funda esta bendecida ciudad. Desde entonces, los Argañaraz y los Ortiz de Zárate serán familias enemistadas que rivalizaban por el liderazgo dividiendo la ciudad y postergando su crecimiento. Quiso la Providencia que el joven Don Pedro se enamorara de Doña Petronila, nieta del fundador de la Ciudad, y su valiente casamiento trajo la reconciliación y la paz a la penosa pelea de los Capuletos y Montescos criollos.
Formado desde niño en la piedad y el amor a la Virgen por su madre Bartolina y los padres jesuitas, pero también cultivado en las letras y leyes como hidalgo hijo de encomendero, Don Pedro Ortiz de Zárate comienza desde joven una notable vida de servicio por su tierra. Asume el cargo de Alférez Real y tres veces es elegido Alcalde de primer voto en Jujuy. Nobleza obliga, Don Pedro se desgasta a caballo en sus obligaciones públicas y patrimoniales, recorriendo desde Humahuaca a Palpalá la nueva ciudad que se levanta. Pero quizás lo más destacado en su figura sea su especial cuidado y respeto por los indios que le encomendaban. En tiempos dónde no faltaban excesos y abusos, Don Pedro Ortiz de Zárate se levantó con coherencia como su defensor y evangelizador.
Modelo de esposo y gobernante, la aceptación cristiana de la cruz será una constante en la vida de Don Pedro. Apenas con diez años de casados y dos hijos, una fatal desgracia termina con la vida de Petronila al derrumbarse el techo de su casa. La precoz viudez resulta un tiempo de abandono en Dios donde va madurando la vocación sacerdotal que siempre merodeó el corazón de Pedro, inspirado por sus maestros y parientes. Finalmente, dejando sus hijos bien cuidados por su suegra, se rinde ante el llamado y comienza con humildad y generosidad su camino al Altar que culminará con su ordenación en Santiago del Estero, siendo el primer sacerdote jujeño.
Su primer destino apostólico será en Humahuaca y al poco tiempo será nombrado párroco de San Salvador, el tercero en la historia de la Iglesia matriz de Jujuy. Incansable predicador del Evangelio, Don Pedro se entrega con radicalidad a levantar capillas; visitar enfermos y pobres; sostener el culto solemne y la penitencia austera por los pecadores. Hombre de misión, durante más de 20 años se hizo esclavo de todos para ganar a todos para Dios, ganando además con su fervorosa caridad el cariño de todo el pueblo.
Un pilar fundamental del padre será su relación con la Virgen. Su familia es la que trae a Jujuy la veneración de la Virgen del Rosario y dentro de sus tierras, en Río Blanco, se levantará la capilla en su honor, que será reconstruida por Don Pedro luego de un incendio. En tiempos de violentos ataques de tribus belicosas, la Virgen será siempre la protección de los Paypaya y de todos los jujeños y comenzará a aparecerse sobre un pacará vestida de rosa con un manto celeste. El padre Ortiz de Zárate, decidido defensor de los Paypaya, institucionalizará su fiesta en octubre rezando por primera vez su novena. Hoy, muchos años después, seguimos peregrinando y rezando: “Madre del Rosario, Virgen madre de Jesús: a tu sombra nació la fe del pueblo jujeño. Eres parte de nuestra vida y de nuestra cultura. Hace ya siglos que caminas junto a nosotros…”.
Pero como en toda historia épica, lo decisivo llegó al final. Jesús dijo en la última cena que “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” y el corazón misionero de Don Pedro ardía por entregarse hasta el fin. Desde chico había escuchado como en su casa se organizaban las misiones a los indios que terminaron con los martirios del p. Juan Lozano, mercedario, y del p. Gaspar Osorio, jesuita y maestro de Don Pedro. Contaba con la ventaja, por su experiencia de encomendero, de conocer el lenguaje de los indios, sobre todo el cacán, y el territorio geográfico para llegar a estas tierras sedientas de gracia. Es así que, luego de insistir incluso hasta al Rey de España, a sus casi 60 años comienza a organizar una expedición misionera para llevar pacíficamente la cruz a las tribus del Chaco. Para esta peligrosa misión recibe la ayuda de dos sacerdotes jesuitas, el p. Juan Antonio Solinas y el p. Diego Ruiz, quiénes con experiencia y virtudes en misiones guaraníes, anhelaban también ofrecer sus vidas como ofrenda a Dios.
En la Fiesta de la Cruz, el 3 de mayo de 1683, se encuentran en Uquía para emprender camino por el abra del Zenta, a 4.500 metros de altura. Una comunidad de 80 personas, la mitad de ellos indios amigos, avanzan entre cerros empinados, ríos crecidos y nubes de mosquitos para tomar contacto con diferentes tribus. Fundan primero la Reducción y Capilla de San Rafael, y luego la capilla de Santa María, dónde se congregan más de 400 familias de aborígenes que aprenden a rezar, a vivir en comunidad y trabajar. Pero un día se encuentran con una multitud de unos 500 tobas y mocovíes, pintados por completo y simulando amistad, que los terminan traicionando el 27 de octubre, a la salida de Misa. Junto a los padres Ortiz de Zárate y Solinas, mueren dos españoles, un negro, un mulato, dos niñas, una india y once indios. Y el p. Ruiz se salva de milagro, pues había ido a buscar provisiones. Los desnudan, les cortan la cabeza y clavan un dardo a cada cadáver, para luego emborracharse bebiendo chicha desde sus cráneos.
Pero el odio no tiene nunca la última palabra: ¡el amor vence siempre! repetía san Juan Pablo II. La muerte ofrecida por amor lejos de ser el final es la corona y puerta a la Vida. Y la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. Hoy Pedro Ortiz de Zárate contempla en la gloria a su Creador mientras intercede por nosotros, sus herederos. Los que transitamos sus caminos, por el cabildo que presidió y la catedral dónde predicó, los que peregrinamos a Rio Blanco y disfrutamos la paz en nuestra ciudad. Los que también somos llamados a entregar la vida cotidianamente por amor, ser instrumentos de paz y reconciliación, proteger a los más débiles y ser misioneros de la Verdad que nos hace libres. Que su testimonio siga vivo en el pueblo, nos llene de orgullo y renueve el fervor por la misión: ¡tenemos un mártir jujeño en el Cielo!
Padre Matías Poccioni.
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