La bomba nuclear lanzada por Estados Unidos sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 provocó miles de muertos en un solo instante.
El bombardero pilotado por Tibbets había despegado desde la base aérea de North Field, en la isla de Tinian, tras lo cual realizó un vuelo de seis horas hasta alcanzar su blanco. A bordo, bajo su comando, iban el teniente primero Jacob Beser, el teniente segundo Norris R. Jeppson, el capitán Theodore J. Van Kirk, el mayor Thomas W. Ferebee, el capitán William S. Parsons, el copiloto Robert A. Lewis, los sargentos Robert R. Shumard, Joe A. Stiborn, Wyatt E. Duzenbury y George R. Caron, además del soldado Richard H. Nelson.
La bomba, hecha de uranio 235, llevaba el nombre de Little Boy, aunque ese pequeño nombre contrastaba con sus dimensiones: pesaba 4.400 kilogramos, medía tres metros de longitud por 75 centímetros de diámetro y tenía una fuerza explosiva de 16 kilotones, equivalente a 1.600 toneladas de dinamita. Detonó a 600 metros sobre Hiroshima, provocando la muerte inmediata de aproximadamente 70.000 personas —un tercio de los habitantes— y sentenciando a muchas otras a fallecer lentamente debido a la radiación.
Hombres japoneses llevan a una víctima de la bomba atómica lejos de las ruinas humeantes en Hiroshima.
Relatos del horror
Mientras estaba en el avión Enola Gay, George Caron, quien cumplía funciones como artillero trasero y fotógrafo, fue testigo con gran conmoción de las consecuencias iniciales de la detonación. “Una columna de humo asciende rápidamente. En el centro hay un terrible color rojo. Es una masa burbujeante gris violácea, con núcleo rojo. Todo es turbulencia. Los incendios se extienden por todos lados como llamas que brotan de un enorme lecho de brasas", describió.
"Empiezo a contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... catorce, quince... imposible. Son demasiados. Aquí aparece la forma de hongo de la que habló el capitán Parsons. Viene hacia aquí. Es como melaza burbujeante. El hongo se expande. Puede tener mil quinientos o tres mil metros de ancho y unos ochocientos de alto", continuó.
"Crece cada vez más. Está casi a nuestra altura y sigue subiendo. Es muy negro, pero con un raro tinte violáceo. La base del hongo parece niebla densa atravesada por un lanzallamas. La ciudad debe estar debajo. Las llamas y el humo se hinchan y se arremolinan en las estribaciones. Las colinas desaparecen bajo el humo”, relató.
La mañana que el sol cayó sobre Hiroshima.
El área de destrucción total alcanzó un radio de 1,6 kilómetros, generando incendios en una extensión de 11,4 km². Según las autoridades japonesas, el 69 % de las construcciones en Hiroshima quedaron arrasadas y otro 10 % resultó afectado. Aproximadamente media hora después, una peculiar “lluvia negra” descendió al noroeste de la ciudad, compuesta por suciedad, polvo, hollín y partículas altamente radiactivas, provocando contaminación incluso en lugares alejados. Miles de cuerpos yacían en la ciudad, y los primeros informes de Radio Tokio indicaban: “Prácticamente todas las cosas vivas, humanos y animales, se quemaron hasta la muerte”.
“Con esta bomba hemos añadido un nuevo y revolucionario poder destructivo al arsenal de nuestras fuerzas armadas. Estas bombas ya se están produciendo, y otras aún más potentes están en desarrollo. (…) Ahora podemos arrasar rápida y completamente toda la capacidad productiva japonesa en cualquier ciudad. Vamos a destruir sus muelles, fábricas y comunicaciones. No nos engañemos: vamos a eliminar totalmente el poder de Japón para hacer la guerra. (...) Si no aceptan nuestras condiciones, pueden esperar una lluvia de destrucción desde el aire como nunca antes se vio en esta tierra”, declaró.
Estados Unidos dedicó años de investigación al desarrollo de la bomba dentro del estrictamente confidencial Proyecto Manhattan, liderado por el físico Robert Oppenheimer. Para ello, se levantaron instalaciones secretas en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, Nuevo México, donde se creó material fisionable para desencadenar reacciones nucleares y se diseñó el dispositivo.
El edificio conocido como Cúpula Genbaku o Cúpula de la Bomba Atómica, es ahora llamado Monumento de la Paz de Hiroshima y constituye un símbolo y un recordatorio de la devastación.
A comienzos de julio de 1945, se finalizó Gadget (Artilugio), el primer prototipo operativo de bomba atómica, y se programó su prueba para el lunes 16, bajo el código Trinity (Trinidad). El artefacto de implosión basado en plutonio fue colocado sobre una torre metálica de 30 metros, denominada “zona cero”.
Una gran cesta de acero, conocida como Jumbo, estaba preparada para recuperar el plutonio si la prueba fallaba. A cierta distancia se instalaron equipos de medición y puntos de vigilancia. El refugio más próximo quedaba a nueve kilómetros del lugar.
La prueba secreta
El sitio parecía perfecto para garantizar el secreto y proteger vidas: un desierto considerado deshabitado en un amplio radio. No obstante, a unos veinte kilómetros residían rancheros con su ganado y a menos de cien, pequeñas comunidades como la cuenca de Tularosa, con miles de habitantes. Nadie fue avisado sobre la detonación del Gadget programada para las 5:30 am del 16 de julio de 1945. Tina Córdoba, líder local, relató a PBS que “algunos pobladores fueron despertados por la explosión y vieron una luz nunca antes vista, porque produjo más luz y calor que el Sol”.
La mañana que el sol cayó sobre Hiroshima.
Después de la prueba, la Base Aérea de Alamogordo difundió un comunicado afirmando que “explotó un cargador de municiones en un lugar remoto con explosivos potentes, sin pérdidas humanas”. También mencionó que condiciones climáticas podrían obligar a evacuar temporalmente a civiles. Sin embargo, nadie fue desalojado ni informado sobre la radiación peligrosa. El secreto se mantuvo hasta tras el lanzamiento de Little Boy sobre Hiroshima el 6 de agosto. Tres días más tarde, el 9, EE.UU. lanzó la segunda bomba atómica, Fat Man, sobre Nagasaki.
Al enorme número de víctimas mortales inmediatas causadas por la bomba en Hiroshima, con el tiempo se sumaron las defunciones prolongadas y dolorosas provocadas por la radiación. En medio de estas historias, la vida de la niña Sadako Sasaki se transformó en un emblema y un llamado a la paz, además de una protesta contra el uso bélico de la energía nuclear.
Sadako Sasaki tenía poco más de dos años y apenas empezaba a caminar cuando el presidente estadounidense Harry S. Truman dio la orden de arrojar las bombas atómicas sobre Japón. Residente en Hiroshima junto a su familia, era una de las 255.000 personas que vivían en la ciudad el 6 de agosto de 1945, cuando la muerte cayó desde el cielo. Tan liviana era la niña que la onda expansiva la lanzó por una ventana y la hizo caer en el patio de su hogar, o lo que quedaba de él.
La mañana del 6 de agosto de 1945 un avión de la Fuerza Aérea estadounidense lanzó un arma hasta entonces desconocida sobre una ciudad densamente poblada de Japón.
Su madre corrió para levantarla, creyéndola muerta, pero Sadako estaba viva e intacta. Mientras la madre huía con ella en brazos, comenzó a caer una lluvia negra y pegajosa que se adhería a sus cuerpos.
Sadako y su madre no fallecieron por la explosión ni por heridas inmediatas. Aunque la ciudad estaba casi arrasada, la madre creyó que la niña estaba protegida. Sin embargo, esa lluvia negra que las envolvió había impuesto una sentencia silenciosa: una muerte con un plazo determinado.
Durante nueve años, Sadako creció, asistió a la escuela, jugó con amigos y sobresalió en deportes. Parecía que la tragedia había quedado atrás, hasta que en noviembre de 1954, con once años, comenzó a notar hinchazón en el cuello y luego inflamación detrás de las orejas. En enero de 1955, le diagnosticaron leucemia aguda maligna y le dieron, como máximo, un año de vida. Su madre explicaba la enfermedad con palabras simples y desgarradoras: “Tiene la enfermedad de la bomba atómica”.
La bomba nuclear lanzada por Estados Unidos sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 provocó miles de muertos en un solo instante.
Las mil grullas de papel
En el hospital, al lado de la cama de Sadako, había otra afectada por la lluvia negra: una niña mayor llamada Chizuko, también diagnosticada con leucemia. Fue ella quien le compartió la leyenda de Senbazuru, que promete que quien logre hacer mil grullas de papel y las ate con un hilo verá cumplido un deseo. Por eso, Sadako empezó a fabricar grullas con cualquier papel que tenía a mano.
Dentro de la tradición japonesa, la grulla representa buena suerte, longevidad, fidelidad, protección, armonía y alegría. Según la leyenda, quien construya mil grullas usando origami —el arte de doblar papel sin recortar ni pegar— y las una con un hilo, verá realizado su deseo más profundo. Después, se colocan en un templo o al aire libre, confiando en que el deseo se hará realidad mientras las grullas se descomponen en contacto con la naturaleza.
La bomba nuclear lanzada por Estados Unidos sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 provocó miles de muertos en un solo instante.
Impulsada por el deseo de vivir, Sadako concentró toda su fuerza en fabricar grullas de papel. Sus manos adquirieron gran habilidad para hacer los pliegues, utilizando cualquier tipo de papel, incluso prospectos de medicinas. Según su padre, Shigeo Sasaki, además anhelaba la paz mundial. Se cuenta que entre agosto y el 25 de octubre de 1955, fecha de su fallecimiento sin ver cumplido su deseo, Sadako creó 644 grullas, y sus compañeros de escuela completaron las mil.
La historia de Sadako ganó fama gracias al libro Luz en las ruinas, escrito por el periodista austríaco Robert Jungk, quien sobrevivió al Holocausto. Desde 1958, en el Parque de la Paz de Hiroshima, una estatua en su honor lleva grabada la frase: “Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria: paz en el mundo”.
Copyright © Todo Jujuy Por favor no corte ni pegue en la web nuestras notas, tiene la posibilidad de redistribuirlas usando nuestras herramientas. Derechos de autor reservados.