Situada en las montañas a 530 kilómetros al suroeste de Tokio, el pueblo de Kamikatsu tiene como objetivo reciclar todo sin enviar nada a los incineradores hacia 2020.

Las categorías abarcan desde almohadas hasta cepillos de dientes, botellas (dependiendo del tipo de vidrio), diferentes envases, objetos metálicos, etc...

“Si es complicado, pero desde que me mudé aquí presto mucho más atención al medio ambiente y sus cuidados” dice Naoko Yokoyama una vecina de 39 años que admite el impacto positivo que tuvieron las medidas en la población.

El pueblo está cerca de su objetivo, con una tasa de reciclaje del 80% de sus 286 toneladas de residuos producidos en 2017, muy por encima de la media nacional de sólo el 20%. En este país montañoso, poco apto para vertederos, el resto se quema por el momento.

Kazuyuki Kiyohara, de 38 años, gestor del vertedero, señala que este material es el que más llega al vertedero, y que su consumo ha disminuido poco.

Las cajas de plástico para comidas que se usan masivamente, el envoltorio plástico de plátanos o tomates, las bolsas, las cucharas o pajitas distribuidas por doquier... Japón está lejos de romper con este material.

En 2018, sin embargo, el gobierno anunció el objetivo de reducir para 2030 en un cuarto su producción anual de residuos plásticos, que era de 9,4 millones de toneladas.

Las empresas privadas toman iniciativas, pero de acuerdo con un calendario que parece estar muy por detrás de las disposiciones ya adoptadas en otros países, para no entorpecer de manera abrupta a proveedores y clientes.

"No debemos centrarnos sólo en los residuos", dice Suga: "Necesitamos políticas que limiten su producción”.

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