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3 de julio de 2026 - 11:24
Salud.

Colesterol "bueno" y "malo": qué dicen los especialistas sobre su verdadero impacto en la salud

Cardiólogos y expertos en medicina preventiva explican que HDL y LDL son transportadores y que el riesgo cardiovascular surge cuando confluyen factores ocultos.

Redacción de TodoJujuy
Por  Redacción de TodoJujuy

El colesterol desempeña roles fundamentales dentro de nuesta salud, ya que interviene en la síntesis de hormonas, en la generación de vitamina D, en la estructura de las membranas celulares y en la producción de sales biliares, indispensables para la digestión de las grasas.

De acuerdo con el especialista en medicina preventiva, longevidad y bienestar integral, Sebastián La Rosa, el propio cuerpo es capaz de producir de forma natural hasta tres gramos de colesterol por día, principalmente a través del hígado. Se trata de una sustancia esencial para el funcionamiento del organismo, por lo que no debe considerarse únicamente como un factor negativo para la salud.

Aunque de manera habitual se distingue entre el colesterol “bueno” (HDL) y el “malo” (LDL), los especialistas señalan que esa clasificación es reducida y no refleja por completo su funcionamiento.

En realidad, ambos cumplen una función similar como vehículos de transporte: circulan por el torrente sanguíneo trasladando colesterol y triglicéridos, sin que ello los convierta en beneficiosos o perjudiciales por sí mismos.

El problema aparece cuando coinciden tres factores al mismo tiempo: un exceso de colesterol en el organismo, la oxidación de los lípidos y la presencia de inflamación o daño en las paredes arteriales. Recién bajo esas condiciones el colesterol puede adherirse a los vasos sanguíneos y transformarse en un riesgo significativo para la salud.

En esa línea, las actualizaciones más recientes de guías internacionales —como las difundidas en 2026 por el American College of Cardiology y la American Heart Association, y revisadas por la doctora Sara Redondo— remarcan que el valor del colesterol total, analizado de forma aislada, no es un indicador suficiente ni exacto para estimar el riesgo cardiovascular.

En su lugar, los especialistas sugieren analizar parámetros más precisos, como el LDL-C, la ApoB y la lipoproteína(a), dado que resulta más determinante el tipo y la cantidad de partículas circulantes que el valor global del colesterol.

Por otra parte, la evidencia científica más actual indica que el colesterol proveniente de la alimentación tiene una influencia limitada en los niveles que se observan en sangre en la mayoría de los individuos, debido a que el hígado regula ese equilibrio reduciendo o aumentando su propia producción interna en función de lo ingerido.

Qué medir hoy: del “colesterol total” a las partículas que marcan el riesgo

El enfoque médico más reciente pone el acento en determinar cuántas partículas con potencial aterogénico circulan en la sangre y bajo qué condiciones metabólicas se encuentran. Por ese motivo, además del LDL-C, se incluyen indicadores como la ApoB y la lipoproteína(a), ya que aportan datos adicionales y más completos acerca de la probabilidad de que se desarrollen acumulaciones en las paredes arteriales.

Bajo esa perspectiva, un valor único de colesterol total puede no ser suficiente si no se lo analiza en conjunto con el resto del perfil lipídico y con otros factores clínicos relevantes, como los niveles de inflamación, los antecedentes familiares y el estado metabólico general del paciente.

En esta línea, la doctora Sara Redondo sostiene que la evaluación se vuelve más precisa cuando se consideran las características de las partículas que circulan en sangre y se comprende al colesterol como un componente dentro de un sistema complejo, regulado por el hígado, la alimentación y los hábitos de vida, y no simplemente como una cifra clasificable en “buena” o “mala” por sí sola.

Cómo regular el colesterol a través de los alimentos y el estilo de vida

La dieta y las rutinas cotidianas ocupan un lugar clave en la regulación del perfil de lípidos en sangre. La evidencia científica más reciente, recogida en las nuevas guías, indica que el consumo de carbohidratos refinados y el exceso de azúcares simples contribuyen a procesos inflamatorios y promueven la aparición de partículas de LDL pequeñas y densas, consideradas las de mayor riesgo cardiovascular.

Asimismo, las grasas trans y los aceites vegetales altamente procesados incrementan el riesgo cardiovascular debido a su facilidad para oxidarse y a su capacidad de desestabilizar el equilibrio normal de los lípidos circulantes en la sangre.

En cambio, las grasas monoinsaturadas y poliinsaturadas, que se encuentran en alimentos como el aceite de oliva, los frutos secos y las semillas, favorecen un perfil lipídico más saludable, ya que ayudan a elevar el HDL y a disminuir el LDL, según señalan las guías mencionadas.

Las grasas saturadas, que se encuentran en alimentos de origen animal y en ciertos aceites como el de coco, pueden elevar tanto el colesterol HDL como el LDL, aunque no implican necesariamente un aumento de las fracciones más perjudiciales del LDL. A su vez, una baja disponibilidad de antioxidantes —como la vitamina E— deja al organismo más vulnerable a la oxidación lipídica, lo que puede incrementar el riesgo de enfermedades cardiovasculares.

Para optimizar el perfil lipídico, la doctora Sara Redondo aconseja optar por una alimentación de bajo índice glucémico, reducir o eliminar el consumo de alimentos ultraprocesados y aumentar la ingesta de fibra prebiótica y probiótica, con el objetivo de favorecer un equilibrio metabólico más saludable.

La actividad física sostenida, en particular el entrenamiento de fuerza y los ejercicios interválicos de alta intensidad (HIIT), contribuye a incrementar el colesterol HDL y a disminuir las fracciones de LDL consideradas más desfavorables.

Por otro lado, la incorporación de suplementos de omega-3 y el apoyo a la función hepática mediante nutrientes como la colina o el cardo mariano pueden favorecer la eliminación del exceso de colesterol en el organismo. Asimismo, de acuerdo con la American Heart Association, el seguimiento de estos parámetros debería iniciarse en etapas tempranas de la vida y sostenerse a través de controles periódicos, ajustados de manera personalizada según el nivel de riesgo de cada persona.

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