Por Raquel Abraham
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Dicen los psicólogos que una mudanza, una separación o la pérdida de un ser querido, son las situaciones más frecuentes que generan estrés. Creo que no son comparables, y cada una tiene su especificidad, pero sí podemos asegurar que, en distintos grados, cada una es un duelo, una pérdida, y por supuesto, provocan incertidumbre, angustia y ansiedad, todas emociones amigas del estrés.
Anoche no pegué un ojo pensando que mañana comienzo una nueva vida: Sí, me mudo. Y la verdad es que hace más de un año que vengo imaginando cómo será mi nueva casa, sus olores, sus colores, su paisaje. ¿Qué tal serán mis nuevos vecinos? A algunos los conozco de vista, parecen buena gente. Tendré que cambiar el recorrido diario para ir al centro, al trabajo, a la escuela de mi hija… ¡Ya me estresé de solo pensarlo!
Mientras juntaba mis cosas para embalar, me di cuenta de que tenía ropa (mucha), electrodomésticos (algunos), libros (varios), que de verdad no usaba ¡ni sabía que los tenía! Comencé entonces a hacer un viaje a mi pasado para conectarme conmigo misma y evaluar realmente cuáles objetos los quiero preservar de verdad, y de cuáles otros puedo prescindir. Fue realmente liberador comenzar a descartar pantalones que ya ni me entraban, remeras que siempre estaban al fondo de un bulto interminable, uno que otro libro que asumí que jamás leería, y una tostadora que creo que para lo único que sirvió fue para acumular espacio ¡y mugre!
Por otra parte me detuve con otros objetos, chucherías, tal vez sin ningún valor económico, pero que por distintos motivos, me generaban apego. Un rosarito de madera que pertenecía a mi mami, algunas pulseras algo oxidadas, (también de mamá), el primer cuadernito del jardín de 2 de mi hijita, por supuesto las fotos (¡cómo extraño las fotos de papel!). Y entendí que en realidad lo importante que tenemos, lo que verdaderamente tiene valor, es inmaterial. Son nuestros afectos, nuestros recuerdos, aquellas pequeñas cosas que guardamos porque significan algo para nosotros.
Entonces el estrés comenzó a ceder. Me di cuenta de que si bien cambiaba de casa, esta no era más que paredes que albergaron a mi familia. Y que junto a mi esposo y mi hija, podemos continuar con nuestras vidas, con el condimento de la novedad, y lo más importante, con la excitante incertidumbre de que tenemos una nueva casa, con sus paredes, para llenarlas de vida y convertirlas en nuestro hogar.
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