Japón ya sanciona el "acoso olfativo" y un sociólogo jujeño analiza qué dice de nuestra cultura
Japón ya sanciona el “acoso olfativo” y un sociólogo desde Jujuy explica cómo el olor regula vínculos, jerarquías y normas de convivencia en las ciudades.
En Japón, el olor corporal no es un detalle menor, puede convertirse en motivo de sanción en el ámbito laboral. La figura del “acoso olfativo” abrió un debate que mezcla higiene, memoria sensorial, trabajo y desigualdad. Desde Jujuy, el sociólogo Juan Guzmán analizó el fenómeno y su trasfondo cultural.
Japón es considerado una de las sociedades más desodorizadas del mundo. La limpieza corporal extrema, los desodorantes de alto rendimiento y la cultura del “no molestar al otro” forman parte de una norma social casi tácita. En ese contexto, el regreso a las oficinas luego de la pandemia activó un nuevo conflicto en torno al olor.
Quienes volvían del almuerzo con aroma a comida, quienes transpiraban con facilidad o simplemente no cumplían con estándares estrictos de higiene corporal comenzaron a ser señalados. El resultado fue la creación de lineamientos laborales y la posibilidad de sancionar lo que denominaron “acoso olfativo”. No se trata solamente de incomodidad, sino de una noción de convivencia en la que el cuerpo también está regulado.
acoso olfativo (1)
Japón, un país que regula el olor - Acoso olfativo
Cuando el olor se vuelve social
Para Guzmán, el fenómeno abre puertas mucho más amplias que las laborales. En diálogo con TodoJujuy, sostuvo que el olfato “es uno de los sentidos más olvidados” y al mismo tiempo uno de los que más estructura nuestra vida social.
Según explicó, en la modernidad los sentidos dominantes fueron la vista y el oído, asociados a la lectura, la razón y la educación formal. El olfato quedó relegado al ámbito de lo intuitivo, lo instintivo y lo emocional. Pero su impacto cultural persiste. “Los olores nos ayudan a ubicar a las personas. A partir del olfato adjudicamos sentido estético: quién huele bien, quién huele mal, quién es agradable, quién es desagradable”, señaló el sociólogo.
Ese mismo mecanismo también opera como marcador de clase. “Históricamente el olor a choripán fue un marcador de clase en la Argentina”, ejemplificó.
Memoria, emociones y biología
El olfato no solo ordena jerarquías sociales, también construye recuerdos. Guzmán citó lo que en neurociencia se conoce como efecto Proust, donde un olor “secuestra” al sujeto y lo transporta a un recuerdo sin aviso previo.
“Uno está en la oficina o caminando por la calle y el olor lo lleva a un momento de la infancia, a una cocina o a un reencuentro. No lo decidimos: es el olor el que nos elige”, señaló. Eso ocurre porque el olfato está conectado directamente con el sistema límbico, encargado de procesar emociones. Por eso una fragancia puede activar sensaciones de placer, nostalgia, rechazo o seguridad en cuestión de segundos.
Entre lo biológico y lo normativo
El caso japonés expone el conflicto entre la huella biológica —los olores que produce el cuerpo— y las normas de convivencia. Las sociedades occidentales tienden a tapar esa huella con perfumes, antitranspirantes y neutralizantes. Japón va un paso más allá e institucionaliza esa expectativa. “Hay culturas que no dejan nada librado a la subjetividad. En Japón, el olor a transpiración puede ser motivo de sanción laboral”, explicó Guzmán. La pregunta que inaugura el fenómeno no es menor: ¿hasta dónde llega la cortesía y dónde empieza el disciplinamiento del cuerpo?
El sociólogo sostiene que el auge del perfume, las fragancias árabes, los productos para el hogar y el furor por los “perfumes de nicho” muestran que el olfato está viviendo un regreso cultural, aunque de manera filtrada por el consumo.