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2 de abril de 2026 - 14:59
Sociedad.

La historia de Mortero, el perro que fue a Malvinas y volvió como prisionero de guerra

La historia de Mortero emociona hasta hoy; el perro que viajó a Malvinas en medio del frío, las trincheras y el miedo convirtiéndose en compañía.

Maria Eugenia Burgos
Por  Maria Eugenia Burgos

Hay historias de Malvinas que no entran en los partes militares, pero igual quedaron grabadas para siempre. No hablan de estrategia ni de mapas. Hablan de compañía, de afecto y de pequeños gestos que, en medio del horror, ayudaron a sostener el alma. Una de esas historias es la de Mortero, un perro mestizo que se coló en un traslado militar, llegó a las islas con los soldados argentinos y terminó convertido en uno más dentro del frente de batalla.

No tenía un pasado conocido ni una historia especial antes de la guerra. Era un perro grande, de pelaje marrón amarillento, que había encontrado su lugar en el Regimiento de Infantería 8 de Comodoro Rivadavia. Allí lo adoptó el cabo primero Víctor Alberto Funes, y con el tiempo Mortero se volvió parte de la rutina diaria: seguía a los soldados, acompañaba recorridas y parecía saber, sin que nadie se lo explicara, que ese era su sitio en el mundo.

Cuando el 2 de abril de 1982 la unidad fue convocada para viajar a las Islas Malvinas, Mortero también partió. Nadie lo llevó de manera formal. Nadie lo subió. Se metió solo en un camión, y ese camión terminó siendo cargado en un avión. Recién cuando ya estaban en vuelo advirtieron que el perro estaba ahí. Para entonces ya no había forma de bajarlo. Sin saberlo, había comenzado su propia travesía. Y también había empezado a ganarse un apodo que terminaría por volverlo inolvidable: “Mortero”.

Perro malvinas
Mortero acompañó a los soldados en exploraciones, cruzó campos minados y durmió en pozos. (Foto: Zona Militar)

Mortero acompañó a los soldados en exploraciones, cruzó campos minados y durmió en pozos. (Foto: Zona Militar)

Un compañero más en medio del frente de batalla en Malvinas

En Malvinas, Mortero hizo lo que ya sabía hacer: quedarse cerca de los suyos. Viajó en barco, helicóptero y camión, caminó junto a los soldados, durmió con ellos en los pozos para compartir calor en medio del frío extremo y acompañó patrullas que podían durar muchos días. En ese paisaje de viento, barro, humedad y miedo, su sola presencia era un pequeño alivio.

Pero no fue solo compañía. Los combatientes recuerdan que muchas veces también se convirtió en una especie de señal de alerta. Cuando se aproximaban ataques aéreos o movimientos extraños, Mortero se paraba sobre una piedra y aullaba. En otras ocasiones, levantaba la vista al cielo como si advirtiera antes que nadie la llegada de helicópteros o el ruido de un avance. También cruzaba con la tropa los campos minados y los acompañaba hasta un punto determinado, desde donde se quedaba mirándolos hasta perderlos de vista.

Y cuando volvían, ahí estaba otra vez. Cruzando de nuevo, moviendo la cola, esperando reencontrarse con ellos en medio del cansancio y la tensión de la guerra. Con el paso de los días, dejó de ser “el perro del regimiento” para convertirse en algo mucho más profundo: uno más de la unidad.

Perro malvinas
Al finalizar la guerra, Mortero fue capturado junto al resto de soldados argentinos. (Foto: Zona Militar)

Al finalizar la guerra, Mortero fue capturado junto al resto de soldados argentinos. (Foto: Zona Militar)

La guerra terminó, pero Mortero siguió con ellos

Durante 74 días, Mortero compartió la vida en el frente. Y cuando la guerra terminó, también compartió el mismo destino de los soldados argentinos: fue tomado como prisionero de guerra. En el buque británico Norland, incluso protagonizó una escena que terminó quedando en la memoria con un dejo de ternura. El perro orinó una alfombra y, por ese motivo, los ingleses quisieron dejarlo. Pero los soldados argentinos no lo permitieron. La respuesta fue tan directa como conmovedora: “Tiren a un soldado, pero no a Mortero”. Finalmente, lo dejaron seguir viaje con la condición de que no causara problemas.

Así volvió al continente. Vivo. Con ellos. Como si hubiera atravesado la guerra entendiendo algo esencial, aunque no pudiera nombrarlo: que a veces la lealtad también pelea su propia batalla.

Después del conflicto, regresó al regimiento y más adelante fue adoptado por la familia de un oficial. Murió de viejo, en Comodoro Rivadavia, lejos del ruido de las bombas y acompañado por el cariño de una familia que lo quiso.

Hoy su historia sigue viva. Tiene un lugar en la sala histórica del regimiento, fue inmortalizado en una estatua y su nombre quedó guardado entre esos recuerdos que no se borran. Porque Mortero no entendía de política ni de disputas territoriales. Pero sí entendía algo mucho más simple y profundo: no dejar solos a los suyos.

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