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22 de enero de 2020 - 17:57
Soledad Iglesias

¿Por qué pensar demasiado no sirve de nada?

¿Te ha pasado que cuando estás preocupado comienzas a darle vueltas al tema en cuestión una y otra vez, entrando en un diálogo interno de preguntas y respuestas, de análisis y cuestionamientos, sin llegar a nada?

En dichas ocasiones lo más probable es que llegues al menos a dos resultados: frustración y saturación mental.

Incorporemos la idea de que nuestra naturaleza humana está maravillosamente diseñada para sobrevivir, esto quiere decir que de manera automática y espontánea tendemos a reaccionar frente a peligros físicos o psicológicos. Un peligro físico sería, por ejemplo, que al caminar por una calle me puedan golpear, y un peligro psicológico podría ser la idea o el pensamiento de "no poder o no ser capaz de afrontar x situación".

Desde dicha necesidad de supervivencia, entonces, nuestra mente y nuestro cerebro, tendrán una inercia a estar permanentemente atentos a posibles peligros. Tanto es así, que gracias a la evolución de nuestra especie, hemos logrado anticiparnos a los potenciales sucesos negativos que podrían llegar a amenazarnos.

Pensar en la ducha
Pensar en la ducha

La palabra clave es la preocupación.

Se trata de la presencia de un pensamiento negativo o varios que determinan lo que podría ocurrir en un futuro, es decir, en un tiempo que no existe. Se acompaña de un tono emocional displacentero, generalmente miedo. E intenta lidiar con la incertidumbre, que muchas veces no podemos tolerarla. Y ¿porqué no podemos lidiar con la incertidumbre? Porque lo desconocido puede resultar una amenaza. Entonces ocurre la anticipación y la intención de adivinar el futuro, para poder ganarle a lo desconocido. Con esto no quiero decirte que este mal anticiparte. La mayoría de las veces es un buen recurso para afrontar los obstáculos que nos interpelan mientras avanzamos hacia nuestras metas. Me refiero a aquella forma de preocuparnos que nos mantiene en alerta constantemente, que al final del día nos dejó el gustito de que no hicimos nada pero que, sin embargo, estamos agotados. Hablo de esas veces en que tus seres queridos te dicen que estuviste muy pesimista, quejoso, exagerado o tremendista. De la desconexión al presente, por estar divagando en un futuro que ¡quién sabe si sucede! Bien. Son esos casos en donde pensar no sirve de nada.

Cuando la preocupación nos lleva a un laberinto sin salida y la angustia crece progresivamente, seguir pensando ya no sirve de, absolutamente, nada. En Psicología a este mecanismo del pensar, le llamamos rumia.

Rumiar en este ámbito tiene que ver con la sensación de no poder para de pensar y...¡ojalá se tratará de pensar en cosas bonitas y agradables! No, la rumia se activa a partir de la preocupación, que por el afán de querer resolverla nos mantenemos en ella, sin darnos cuenta que así no se está llegando a buen puerto.

Primera acción. Para cortar con este tipo de circuitos es necesario que lo identifiques. Vale decir, que seas consciente y asumas que estás en este lío de pensamientos y que tienes que traccionarlos hacia otra dirección.

En segundo lugar, no te asustes con el malestar emocional que se activa tras la preocupación. Es normal sentirse mal cuando se está preocupado. No intentes cambiarlo. Verás que cuando hayas manejado los pensamientos, el displacer disminuye.

Tercer punto. Intencionalmente haz una pausa, tómate un recreo de tu mente, algo así como "voy a dar una vuelta a la manzana o a llamar a tal amigo, y luego sigo dándole rosca a esto que me preocupa".

En este momento quizás notes, que al llevar tu atención a otra cosa externa (caminar o hablar con alguien) tu malestar se reduce. Esto es que has conseguido salirte del circuito de la rumia, por lo menos es esta ocasión. Si quieres retomar el foco de preocupación, toma lápiz y papel y lleva tus pensamientos a esa hoja para que los "mires desde afuera".

Mi cuarta sugerencia es que evalúes dos cuestiones: si realmente tiene sentido dedicar tanto tiempo e invertir tan alto costo emocional en el presente, a algo que aún no controlamos (el futuro). Y que observes, de qué cosas de tu presente te estás alejando por estar tan pendiente de lo que puede pasar.

Y por último, un pequeño secreto. Ten en cuenta que la mente divaga más, al pasado y futuro, cuando no estás haciendo algo que te guste, que te motive, que le dé un sentido al esfuerzo que dedicas a diario. El carrusel de preocupaciones puede aparecer a la noche cuando terminaste con tus responsabilidades o bien los fines de semana cuando el plan era descansar o disfrutar.

Por todo esto te invito a que le propongas a tu mente no sólo pensar, sino hacer. Invita a tu instinto no solo a sobrevivir y defenderse de amenazas, sino a transcender. Motiva a tu mente a que se conecte con lo que es real, actual, presente y con lo que realmente importa. Conviértete en guía y maestro de tus propios pensamientos. Ellos solo quieren lo mejor para vos pero necesitan de tu dirección.

*Lic. Soledad Iglesias

Psicóloga MP 372

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