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3 de septiembre de 2025 - 10:36
Sociedad.

Un hombre quedó ciego y sin habla por comer camarones envenenados

Marcelo Sández celebró el Mundial ’78 en Mar del Plata y una intoxicación cambió su vida: quedó ciego, sin habla y en silla de ruedas. Conoce su historia.

Redacción de TodoJujuy
Por  Redacción de TodoJujuy

Pasó poco tiempo desde que Argentina fue campeona del mundo en 1978. En ese contexto, Marcelo Sández, con 22 años, empleo de mecánico y dueño de un buggie recién comprado, salió el 25 de junio a recorrer Boedo, su barrio de toda la vida, para celebrar el triunfo de la Selección. Con esa energía aún presente, en octubre viajó a Mar del Plata con amigos.

El propósito era disfrutar unos días en “La Feliz” y prolongar la alegría del título. Los tres jóvenes, aún con el recuerdo fresco de las hazañas de Kempes, Passarella y Fillol, se habían jurado no dejar que la rutina borrara tan pronto la emoción mundialista. Sin embargo, aquella escapada terminaría marcando un antes y un después en sus vidas.

Marcelo caminando por las calles de Floresta, barrio en el que vive actualmente, junto a su cuidadora, Gladys Quispe.

El día en Mar del Plata que cambió para siempre su vida

Al día siguiente de instalarse en la ciudad, decidieron darse un gusto con mariscos. Para ahorrar dinero —rememora hoy Marcelo— evitaron los restaurantes y terminaron en un sitio “clandestino”. Allí ordenaron camarones, sin sospechar que habían sido recogidos durante la “Marea Roja” y contenían veneno. “Ahí comenzó el drama”, resume.

Unas horas más tarde, el organismo de Marcelo comenzó a dar señales de alarma. “Sentía las piernas cansadas y los pies se me inflamaron tanto que los zapatos no me cerraban”, relata.

El cuadro empeoró con una velocidad inesperada y lo obligó a regresar de urgencia a Buenos Aires. Lo que parecía un simple caso de intoxicación derivó en una larga estadía en terapia intensiva y en consecuencias que lo marcaron para siempre: pérdida de la visión y una ataxia cerebelosa que comprometió su equilibrio, lo mantuvo meses en una silla de ruedas y le arrebató temporalmente la voz. “Poco tiempo después, mis dos amigos murieron”, añade con pesar.

Un artículo del 5 de diciembre de 1980 informaba acerca de la Marea Roja.

Dejar de ver, de hablar y de caminar

Marcelo arribó a Buenos Aires en un estado crítico y debió ser internado de urgencia en el hospital Ramos Mejía. Más tarde lo trasladaron al Posadas, donde pasó más de noventa días en terapia intensiva. El envenenamiento no solo le quitó la capacidad de ver: también lo dejó mudo y postrado en una silla de ruedas.

La ceguera creo que fue progresiva: no fue que dejé de ver de un día para el otro”, recuerda. “Con el habla fue parecido. Al principio yo me escuchaba, pero los demás no. Después, era como que mis palabras no tenían sonido. Además, perdí el movimiento de la cintura para abajo. Quedé inválido”, relata.

La rehabilitación avanzó despacio y estuvo plagada de dudas. Volver a sentarse se transformó en un reto mayúsculo: “Como no tenía fuerza, lo que hacía era sujetarme de una soga para incorporarme en la cama”, explica. Con el paso de los meses, la voz comenzó a regresar: primero como un susurro, luego con mayor firmeza. También logró recuperar algo de movimiento en las piernas, aunque la vista jamás volvió.

El fenómeno de la Marea Roja sucede cuando hay una proliferación de microalgas en el mar, que colorean el agua de tonos rojizos o pardos y que pueden ser nocivas.

En medio de aquella etapa tan oscura, Marcelo encontró un sostén fundamental en su madre, Marisa. “Estuvo conmigo todo el tiempo. Aunque yo era grande, no se despegó nunca de mi lado. Su apoyo fue más que importante. Yo quería ponerme bien para devolverle algo de todo lo que ella había hecho por mí. Ese fue mi motor para salir adelante”, confiesa conmovido.

Los especialistas ya le habían advertido que la pérdida de visión no tenía marcha atrás y que solo un milagro podría revertirla. Sin embargo, él eligió enfocarse en otro objetivo: volver a ponerse de pie. “Con eso ya era más que suficiente”, asegura. Y, pese a las limitaciones permanentes, lo consiguió: hoy logra desplazarse con la ayuda de un bastón blanco.

La incógnita de la marea roja

Marcelo siempre relacionó su pérdida de visión y la ataxia cerebelosa con aquellos camarones ingeridos en un sitio sin condiciones sanitarias adecuadas. “El doctor que me atendió me dijo que, muy probablemente, los habían levantado durante la Marea Roja. También me explicó que, como los moluscos se alimentan de lo que hay en el agua, podían haber acumulado las toxinas de microalgas tóxicas y, al consumirlos, nos envenenamos”, recuerda.

Marcelo (a la izquierda) y Sonia (de musculosa negra y vincha) fueron pareja durante más de dos décadas.

No obstante, una revisión de los archivos del diario La Capital de Mar del Plata —fundado en 1905— no muestra reportes de dicho fenómeno en 1978. Según consta, las primeras menciones a “moluscos tóxicos” y a la necesidad de una “veda de pesca” aparecieron recién en 1980, tal como refleja un recorte de aquella época.

De todas maneras, sí existen antecedentes en la región: ese mismo año ocurrió un episodio en la playa Hermenegildo, en el Estado brasileño de Rio Grande do Sul, a escasos 25 o 30 kilómetros de la frontera con Uruguay (Chuy). A partir de esa referencia, colegas de Infobae recurrieron al INIDEP, el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero, con sede en Mar del Plata desde 1976.

Desde el organismo recordaron que en Argentina la primera intoxicación comprobada vinculada a la Marea Roja se registró en 1980. En esa ocasión, dos marineros del pesquero Constanza, que operaba frente a la Península de Valdés, fallecieron tras ingerir mejillones contaminados. A raíz de ese episodio, el INIDEP puso en marcha una campaña de estudios que permitió identificar al dinoflagelado Alexandrium catenella, responsable de producir las llamadas toxinas paralizantes de moluscos.

Marcelo junto a su acompañante gerontológica Gladys Quispe, quien lo visita de lunes a viernes.

Un artículo de la investigadora Nora Montoya, difundido en la revista científica Marine & Fishery Sciences, detalla que dichas sustancias interrumpen la transmisión de impulsos en nervios y fibras musculares. En personas, los primeros signos incluyen cosquilleo, adormecimiento y sensaciones anormales; en situaciones graves, pueden derivar en parálisis respiratoria e incluso en la muerte.

“Si hubo una conexión entre la Marea Roja de Brasil y Uruguay de 1978 y los camarones que comió Marcelo ese mismo año, es imposible demostrarlo. En aquella época, en Argentina no existían los planes de monitoreo y control sanitario de Marea Roja. Actualmente, este trabajo lo coordina el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) con los gobiernos de cada provincia”, explicó a este medio la bióloga Guillermina Ruiz, jefa del programa Química Marina y Marea Roja del INIDEP.

Redescubrir los sentidos

Tras aquella experiencia, Marcelo nunca volvió a ser igual. Sin embargo, se propuso no quedar atrapado en la autocompasión. “Toda la vida tuve la esperanza y las ganas de poder hacer lo que hacían los demás. Nunca me quedé pensando en lo que pasó. Decidí mirar para adelante y no quedarme en el pasado”, relata.

Marea roja.

La tragedia también alcanzó a quienes lo acompañaban en Mar del Plata. “Según me dijeron, murieron al poco tiempo, a los meses. No me acuerdo ni los nombres…”, recuerda. Con el resto del grupo el vínculo se cortó: “Cuando pasan cosas así, lamentablemente, las amistades se alejan. Cada uno tomó un rumbo distinto, qué sé yo”.

Al recibir el alta y volver a su hogar, buscó maneras de afrontar la nueva etapa: se inscribió en una institución para personas no videntes, donde aprendió a manejar el braille. “Al principio me parecía imposible porque eran todos puntitos. Además, yo tengo las manos bastante grandes… Cada vez que tocaba una hoja, pensaba: ‘Esto es un rallador. Jamás voy a poder’. Pero al final pude”, comenta con orgullo.

Al mismo tiempo, se inscribió en una capacitación de orientación y desplazamiento para aprender a utilizar el bastón sin depender de otros. “Empecé a prestar más atención a los sonidos. Hasta cuando paso por un garaje siento el vacío que se genera”, cuenta.

Marcelo Sández tiene 69 años. Perdió la vista a los 22, luego de un viaje a Mar del Plata para celebrar con amigos el triunfo de Argentina en el Mundial 1978.

También se formó en técnicas de encuadernación y, como forma de despejar la mente, se inclinó hacia la actividad física. Probó con el lanzamiento de disco y de bala, además de nadar en el Parque Chacabuco. Su vínculo con el agua fue creciendo y lo llevó a experimentar la navegación a vela en el río Luján. Ese camino lo condujo, en 1999, a representar al país en el Campeonato Mundial de Vela para personas ciegas, realizado en Miami.

Según afirma, la diferencia estuvo en inspirarse en quienes habían nacido sin vista: “En vez de enfocarme en que no iba a volver a ver, me fue mucho más fácil concentrarme en las personas que, aun con esa dificultad, habían conseguido cosas de una forma admirable. Ellos fueron espejo”.

En el año 2001, en el marco de un encuentro destinado a personas ciegas en el Parque Avellaneda, Marcelo conoció a Sonia. “Al principio nos reuníamos para hacer caminatas grupales. Después hicimos un viaje a Chapadmalal, donde tuve la oportunidad de charlar un poco más con ella y ahí nos enamoramos. Estuvimos 22 años juntos: un día más lindo que otro”, recuerda.

Viajó a Mar del Plata con amigos, comió camarones levantados en marea roja y la intoxicación lo dejó ciego y en silla de ruedas.

Sonia había perdido la visión a los 28 años y falleció en 2022. Aunque ya pasaron tres años desde su ausencia, Marcelo la evoca con afecto y agradecimiento: “Lo que viví con ella fue hermoso. Jamás discutimos, siempre nos quisimos hacer sentir bien mutuamente. Nos vinculábamos de una forma tan fantástica que disfrutábamos de todo lo que hacíamos”, relata.

“Nunca me reproché haber comido esos camarones”

Actualmente, Marcelo tiene 69 años y reside solo en el barrio de Floresta. Se conserva en buen estado y procura mantenerse activo, aunque admite que ciertas tareas cotidianas ya no puede resolver sin apoyo. Este mismo año atravesó un episodio delicado: sufrió un desmayo al ingresar a su vivienda y permaneció inconsciente durante varias horas, hasta que finalmente lo hallaron.

Tras aquel episodio, un equipo multidisciplinario de la Comuna 10 en la Ciudad decidió que Marcelo recibiera asistencia diaria, y así llegó Gladys Quispe, una acompañante gerontológica que lo visita cada mañana de lunes a viernes. “Ella maneja mis medicamentos, me lleva al médico, me saca turnos. Me facilita un montón las cosas”, sintetiza Marcelo.

A pesar de los desafíos, él se esfuerza por mantener su autonomía. En el barrio es un rostro familiar: desde hace 16 años recorre sus calles, hace las compras y charla con los vecinos. “Eso es muy positivo para mí —dice—, porque me hace sentir acompañado. Salgo, me cruzo con gente que me ayuda, nos quedamos charlando”.

Una impresionante marea roja tomó a las playas de la Costa Atlántica en febrero de 2025.

Hincha de Boca, no se pierde ningún partido por radio. Para mantenerse activo, utiliza una bicicleta fija y hasta reorganiza los muebles del comedor para ejercitarse en el suelo. “Si me detengo en lo que tendría que haber sido y no fue, me afecta. Tengo que estar bien de la cabeza”, afirma.

Ese enfoque lo guía desde 1978. “Nunca me reproché haber comido esos camarones. Es algo que me pasó y tengo que dar gracias a Dios porque pude superarlo y porque voy a seguir superándolo. Mientras haya vida y esperanza, siempre se puede avanzar. Esa es mi premisa”, concluye.

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