En 2001, cuando tenía 30 años, María Gutierrez se enfermó de un día para el otro. Recorrió varios médicos pero no conseguían un diagnóstico claro. Hasta que, luego de varias vueltas, le detectaron un quiste óseo y un problema glandular en la tiroides, que le ocasionó una calcificación en los riñones. En ese momento, comenzó a dializarse y entró en la lista de espera del Incucai (Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante). No imaginó que le tocaría seguir así por los siguientes diez años.

María es de San Pedro y, en ese trágico 2001 – que fue aún más trágico para ella – tenía un hijo de ocho años, Gonzalo. Los comienzos de diálisis en su ciudad natal los recuerda como algo difícil, duro de comprender y de acostumbrarse. “No entendía nada, no me había acostumbrado a eso, y cuando menos lo entendía, me quedé embarazada”. La sorpresa no solo fue grande sino que la situación era delicada. Su vida estaba en riesgo y los médicos le dijeron que existía la posibilidad de realizarle un aborto porque su organismo estaba sumamente deteriorado y el embarazo lo complicaría más. María y Luis, su marido, lo pensaron mucho; Gonzalo siempre les había pedido un hermanito y decidieron tener el bebé.

A causa del embarazo María pasó de dializarse tres veces por semana a hacerlo todos los días “para que la sangre esté limpia de toxinas y el bebé pueda crecer bien”, explica. Federico nació en San Salvador, en 2002, a los siete meses y con bajo peso, pero estuvo en la incubadora y se recuperó.

María continuó haciéndose diálisis los siguientes nueve años. “Esperé con mucha esperanza y mucha fe, pero se sufre mucho. Estaba tan débil que casi no podía caminar. El último tiempo pensé que el riñón no iba a llegar nunca”.

Pero llegó. Mientras se dializaba un día en Ledesma, el médico que la atendía le dijo que había un posible donante en Tucumán. “Nunca te olvidas de lo que sentís en ese momento. Es una alegría inmensa, tenía ganas de irme corriendo. ‘Es mi riñón, es mi riñón’, pensaba todo el tiempo”.

CucaiJuy es un lugar especial para María. Recuerda y habla con cariño de las personas que la atendieron y atienden allí. Desde ahí se tomó el taxi que fue el primer paso para llegar a Tucumán. Se internó a las tres de la tarde en el Sanatorio Parque y recién entró a cirugía a las once de la noche. “Yo sentía que era mi riñón. Después de la operación, que fue larguísima, me desperté con ganas de saber qué me pasaba. Sentía que era una nueva vida para mí, y no me equivoqué”.

Después de la cirugía María necesitó un tratamiento especial para que el riñón se adaptara. Con una alimentación sana y controles médicos mensuales, hoy tiene una vida normal y se dedica a su familia. Ha participado varias veces de los Juegos para Trasplantados en caminatas, atletismo, lanzamiento de bala, disco y jabalina. Ella, la misma que casi no podía caminar antes del trasplante. Nunca tuvo complicaciones.

María agradece a su familia, a sus amigos, a su esposo que le tuvo toda la paciencia, a sus hijos que sufrieron con ella.

De su donante solo sabe que era un chico de 37 años de Buenos Aires. Pero habla de él emocionada y no deja un segundo de agradecerle: “Donar es un acto de lo más profundo del corazón, porque es ayudar a otro, es darle una nueva vida a una persona que sufre”.

En agosto de 2018, el Congreso de la Nación aprobó la ley 27.447, laLey Justina”. Se llama así en recuerdo de Justina Lo Cane, una nena de 12 años que murió esperando un transplante de corazón, después de estar cuatro meses internada en la Fundación Favaloro. El órgano para ella no llegó, pero sus padres movilizaron la creación de la ley que convierte en donantes de órganos a todas las personas mayores de edad, salvo que hubieran expresado su voluntad contraria. Hoy once mil personas están en lista de espera para recibir un trasplante en Argentina.

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