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17 de septiembre de 2026 - 10:39
Podcast.

¿Qué buscamos a la hora de leer un libro?

Leer puede ser mucho más que escapar de la realidad: también puede convertirse en una forma íntima de comprenderla y comprendernos.

Maria Eugenia Burgos
Por  Maria Eugenia Burgos

CAROLINA GONZALEZ - PODCAST

El podcast de hoy te invita a la reflexión sobre lo que significa leer en nuestras vidas. Hay momentos en los que uno no abre un libro para conocer una historia. Tampoco para aprender una fecha, descubrir un personaje o viajar hacia un mundo imaginario. Hay momentos en los que uno abre un libro porque necesita encontrarse.

Quizás esa sea una de las transformaciones más interesantes que atraviesa hoy la lectura. Durante mucho tiempo, leer estuvo asociado principalmente a la escuela, al estudio o al placer de sumergirse en una novela y escapar durante algunas horas de la realidad. Hoy, para muchas personas, ocurre casi lo contrario: se acercan a los libros para poder mirar de frente esa realidad que cuesta habitar.

Problemas económicos, vínculos que se rompen, ansiedad por el futuro, dificultades para relacionarnos con otros y con nosotros mismos. Las preguntas no son nuevas. El ser humano siempre tuvo conflictos existenciales. Lo que cambia con cada época es la manera de nombrarlos, mostrarlos y tratar de resolverlos.

Y ahí aparece el libro. Y ahí aparece el libro.

Un encuentro en silencio con nosotros mismos

Hay algo profundamente íntimo en la lectura. Podemos conversar con amigos, pedir consejos, escuchar experiencias ajenas y compartir nuestras preocupaciones. Pero sentarse a leer tiene otra lógica.

Es ese momento en el que quedan solamente el libro y uno mismo.

No hay necesidad de responder inmediatamente. Nadie nos observa. Podemos detenernos en una frase, volver atrás, cerrar el libro durante unos minutos y preguntarnos por qué determinadas palabras nos incomodaron, nos emocionaron o parecieron describir exactamente aquello que no sabíamos cómo explicar.

Carolina González lo plantea desde un lugar especialmente humano: muchas veces el libro funciona como una herramienta para atravesar el día a día. No necesariamente porque tenga una respuesta definitiva, sino porque puede ayudarnos a ordenar preguntas que ya estaban dentro nuestro.

Tal vez por eso confiamos tanto en ciertas lecturas. Existe la percepción de que un libro posee una palabra autorizada, una experiencia o un conocimiento capaz de orientarnos. Y cuando miles de personas encontraron algo valioso en esas páginas, esa confianza puede crecer todavía más.

Ya no leemos solamente para escapar

El auge de los libros vinculados con la autoayuda, las emociones, las finanzas personales o los vínculos dice algo sobre nuestra época.

No necesariamente habla de una sociedad que tiene más problemas que antes. Quizás habla de una sociedad que los reconoce, los expone y busca caminos para atravesarlos.

Antes podíamos tomar una novela para alejarnos un rato del mundo. Ahora también buscamos libros que nos permitan regresar a él con algunas herramientas nuevas.

La diferencia parece pequeña, pero es profunda.

Leer puede convertirse entonces en una forma de resistencia. Una pausa frente a una vida cotidiana marcada por la velocidad, las obligaciones y esa sensación permanente de que siempre deberíamos estar llegando a algún otro lugar.

A veces el verdadero desafío consiste simplemente en permanecer...En aceptar el día que tenemos delante...En aprender a estar en el presente sin correr permanentemente hacia mañana.

Las preguntas existenciales siempre estuvieron ahí

Hay algo importante que recordar: las crisis existenciales no nacieron con las redes sociales.

Las personas siempre tuvieron miedo, incertidumbre, problemas afectivos, dificultades económicas y preguntas acerca de la felicidad, el amor, el sentido de la vida y el futuro.

Lo distinto es la manera en que hoy esas experiencias circulan.

Las redes permiten descubrir rápidamente que aquello que nos sucede también lo atraviesan cientos o miles de personas. Eso puede ser reconfortante: sentir que no estamos solos tiene un enorme valor. Pero también puede tener el efecto contrario.

Cuando una preocupación se repite constantemente, cuando determinados malestares aparecen una y otra vez en nuestra pantalla, existe el riesgo de convertirlos en algo natural, cotidiano e inevitable. Que algo ocurra con frecuencia no significa necesariamente que debamos acostumbrarnos a ello.

Como plantea Carolina, allí aparece una de las contradicciones de nuestro tiempo: visibilizar un problema puede ayudarnos a reconocerlo, pero también puede llevarnos a normalizarlo.

Un libro no tiene que tener todas las respuestas

También sería injusto pedirle demasiado a la lectura. Un libro no reemplaza necesariamente una conversación, un vínculo cercano ni la intervención de un profesional cuando una situación lo requiere. Pero puede ser un primer movimiento. Una puerta. Una pregunta que antes no habíamos podido formular.

Y eso ya es mucho. Porque tal vez no todos los libros tengan la capacidad de cambiarnos la vida, pero algunos llegan exactamente cuando los necesitamos.

A veces una frase alcanza para detener una carrera que llevábamos demasiado tiempo corriendo. A veces una página nos obliga a observar una parte nuestra que habíamos preferido evitar. Y otras veces simplemente nos acompaña.

Leer para volver a nosotros

Quizás el verdadero valor de este fenómeno no esté solamente en qué libros compramos, sino en qué estamos buscando cuando los abrimos.

Tal vez buscamos respuestas. Tal vez buscamos compañía. Tal vez necesitamos que alguien ponga palabras donde nosotros solamente encontramos confusión.

Pero detrás de todas esas posibilidades aparece una misma necesidad: comprender un poco mejor cómo estamos habitando nuestra propia vida.

Y entonces leer deja de ser solamente un entretenimiento.

Se transforma en un espacio silencioso en medio del ruido.

Un pequeño refugio.

Un encuentro con uno mismo.

Y quizá, entre tantas respuestas que buscamos desesperadamente afuera, alguna página consiga recordarnos que ciertas preguntas también necesitan tiempo, silencio y paciencia.

Porque aprender a vivir no siempre significa encontrar inmediatamente una solución. A veces significa detenernos lo suficiente como para escuchar lo que nos está pasando.

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