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1 de julio de 2014 - 15:45

El pulso de las peleas

La calidad de la relación de pareja parece tener efectos en la salud de sus miembros; una interacción armoniosa tiene un valor protector y, por el contrario, una dinámica conflictiva, con pocos intercambios gratificantes da pie al malestar y reduce el atractivo que sentimos hacia el otro.

A su vez, las riñas pueden derivar en patologías: trastornos de ansiedad, depresiones, adicciones. Resolver los problemas de manera eficaz dependerá de la actitud, del tono que se utilice en las discusiones y de que las soluciones sean razonables para los dos.

John M. Gottman, profesor emérito de psicología y sus colaboradores de la Universidad de Washington, llevaron a cabo investigaciones basadas en estudios de laboratorio. Se analizaron discusiones de pareja mientras se controlaban parámetros como el ritmo cardíaco, la sudoración, la emisión de hormonas, la presión y la respiración. Los mensajes hostiles acompañados de gestos y lenguaje no verbal, y las frases pronunciadas en un tono normal de voz pero que encierran viejas tensiones, llevan a una fluctuación vertiginosa del trazado electro cardiográfico de ambos, elevan el nivel de sudoración y adrenalina. El corazón pasa de 70 a 100 pulsaciones por minuto, la presión se eleva, el estómago se contrae, los movimientos se tornan nerviosos, el cuerpo se paraliza y la mente se nubla. Cuando esto sucede se llega a un punto muerto, crece la tensión y ya no se captan los mensajes del otro ni se entienden sus razones. Lo que pueden ser síntomas de ansiedad acompañados de cambios de humor, pueden derivar en trastornos psicosomáticos que descompensan la fisiología del organismo y pueden desencadenar enfermedades incluso de carácter grave e irreversible. Es lo que se define como un aluvión emotivo, una reacción psicológica que inunda el organismo y hace imposible la comunicación.

Existen diferencias en cuanto a la reactividad psicofisiológica: en ellos, los cambios en el sistema nervioso autónomo se dan con mayor facilidad y tardan más en recuperarse. Por eso, tratan de escapar del problema o renuncian a seguir dándole vueltas, algo que resulta muy frustrante para las mujeres. Ellas, por el contrario, suelen quejarse y protestar más para cambiar algo en la relación y es menos probable que se retiren pues por su naturaleza están mejor dotadas para sobrevivir en tales situaciones.

Las emociones no suelen ser simétricas; el enfado y la hostilidad en ellas provoca enfado y hostilidad en ellos, pero el enfado en ellos deriva en miedo en ellas. El miedo en ellas genera más hostilidad y enfado en ellos.

La cuestión es si esta dinámica puede llegar a afectar a la salud, algo que empezó a estudiarse a mediados del siglo XIX con resultados sorprendentes. El primer sistema de estadísticas vitales del mundo surgió en Inglaterra, casi por casualidad, cuando el Parlamento creó la Oficina de Registro General en 1836 para contabilizar y archivar el número de nacimientos y muertes que se producían en el país. El primer compilador de esta oficina fue el médico William Farr, quien investigó las tasas de mortalidad de distintos oficios y profesiones, el modo óptimo de clasificar las enfermedades (su sistema se sigue empleando hoy en día) y los índices de mortalidad en los manicomios. Pero descubrió que las personas casadas vivían más tiempo que las solteras y las viudas. Esto contradecía las teorías sobre el tema, iniciadas en 1749 por el matemático francés Antoine Deparcieus, dedicado a investigar la longevidad de monjas y monjes. Tanto el matemático como otros estudiosos de la época creían que el celibato era signo de longevidad. Pero algunos investigadores ya habían insinuado que la supresión de una función fisiológica era perjudicial para la salud, y Farr estaba convencido de que había dado con la demostración de ese hecho tras sus estudios en Francia.

En su artículo de 1858, titulado Influencia del matrimonio en la mortalidad del pueblo francés, que definió como la condición conyugal, analizó los datos de 25 millones de adultos franceses. Dividió la población en tres categorías: casados, solteros y viudos. Los resultados mostraron que los solteros morían, proporcionalmente y de forma significativa, más que los casados y menos que los viudos. Fue uno de los primero estudios que sugirieron que existe una protección de la salud dentro del matrimonio y que la pérdida marital es un factor de riesgo para la enfermedad.

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