Desde hace ocho años, cada 17 de abril se celebra el día mundial del Malbec, variedad bandera de la Argentina. Esta uva tinta encontró su lugar en el mundo en nuestro suelo, pero es de origen francés, más precisamente del sur de la tierra gala, en la zona de Cahors, donde se la conocía como Côt y presentaba un estilo tánico, duro y oscuro.

Cuenta la historia que el momento de mayor auge del Malbec fue entre los siglos XII y XIV cuando los reyes y papas lo preferían y su exportación representaba el 50% de los vinos que salían del puerto de Burdeos.

Luego de este apartado histórico, es momento de hablar de lo que nos interesa: las calorías del vino.

Vincaloríaso

En el mundo hay todo un debate acerca de si las bebidas alcohólicas deberían venir o no etiquetadas con información nutricional. Tanto en Estados Unidos, donde ya es opcional, como en Inglaterra, el asunto está en la agenda pública. Aquí aún no. Y razones para que siga así no faltan.

Bien mirado, el vino en particular no es un portador de excesivas calorías. Y nuevamente bien mirado, hay vinos y vinos.

- Un espumoso seco, del tipo Nature o Brut Nature, por ejemplo, aporta unas 70 calorías por cada copa (100ml). Algo parecido a un alfajor de arroz o a un durazno y medio.

- Un vino dulce, tipo cosecha tardía o dulce natural, con unos 50 o más gramos de azúcar por litro, puede trepar hasta unas 300 calorías y más. Algo así como tres bananas o un alfajor triple por copa.

¿Y el Malbec? Si es seco y ronda los 14,5 de alcohol (digamos, el estándar) se acerca a las 120 calorías. Nada grave.

El asunto claramente está en beber no más de dos copas y siempre de vinos secos. Mientras que el alcohol es el responsable de las calorías (y el azúcar multiplica el factor), en el caso del vino no parece preocupante. Pero esconde un truco, que es justamente la parte difícil: el vino es más rico con las comidas y en compañía. Ahí es cuando el silbato del profe de gimnasia suena en tu cabeza en el bar, el restaurante, o en casa a la hora de la cena.

Compensar, la clave

Los cuenta calorías saben que cada cosa que ingieren requiere ajustar la próxima. Así, por ejemplo, es fácil medir las copas en distancia: por cada copa de vino tinto de más hay que contemplar una caminata de media hora o bien un trote de doce minutos. O, en tal caso, saltearse la picada. Pero ponerse a hacer contabilidad en kilómetros o gramos de comida parece algo torturante: ahí no hay placer alguno.

Ahora bien, si un Torrontés floral lo acompañamos con unas empanaditas; si un Sauvignon Blanc filoso lo maridamos con un tapeo de mar; o un Malbec frutado y ligero lo servimos con un chorizo de campo y unas tostadas untadas con oliva y quesos duros, la parte del vino es la menos importante a la hora de ajustar.

En todo caso, deberíamos mirar los platos con más celo. Pero si la felicidad se aproxima en algún punto a la indulgencia, al menos en materia de comidas y bebidas lo mejor será ajustar la cantidad de veces que de acá a diciembre nos sentaremos a una mesa servida en abundancia, que contar las calorías de cada bocado. Así cada gusto será exactamente eso, un gusto, y no una declaración jurada. Total, para policía contable ya está la balanza.

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