La restauración del Torino ZX que adquirieron en el verano de 1997 fue un proceso que demandó numerosas horas de trabajo manual y paciencia. Lo llevaron a cabo junto a uno de sus hermanos, quien lamentablemente falleció años después.
Actualmente, cuenta con 43 años de edad, es padre de un niño de año y medio, y aún alberga el deseo de restaurar el Torino que perteneció a su progenitor, manteniendo viva esa aspiración.
“Pasaron más de 20 años, y una tarde estaba buscando papeles en la casa de mi mamá para hacer un trámite, y encontré entre las cosas que eran de mi viejo un acta de choque redactada a mano del año 1977, que decía la patente, como en las chapas viejas, que tenían la C de capital y un número, y con ese dato me puse en contacto con un gestor que trabajaba dentro del Registro Provincial para ver si se podía localizar el auto”, explica.
Reencuentro con el Torino y desilusión
El intermediario le comunicó que, desde el fallecimiento de su padre en 1985, el vehículo podría haber pasado por diversos propietarios, haber sido desarmado para vender sus piezas por separado, y que, en caso de que esto último fuera cierto, sería muy improbable hallarlo.
“Un mes después me llamó y me dijo que el auto tenía una patente nueva, que figuraba como dueño una persona que lo compró en 1997 -el mismo año en que él adquirió un Torino junto a sus hermanos-; me dio una dirección y me dijo que rezara para que el tipo lo tuviera hasta ahora”, comenta.
La inquietud era tan intensa que, durante la pausa del almuerzo en su lugar de trabajo, compartió su historia con sus colegas y todos se reunieron alrededor de la computadora para explorar qué revelaba Google Maps al ingresar la dirección.
“No lo podía creer, era la fachada de una casa y cuando hago zoom veo el Torino de mi viejo metido adentro del garaje, bien clarito en el patio de la propiedad”, remata. Al día siguiente fue a tocar el timbre y lo atendió un señor que le dijo que el auto no estaba a la venta. “Una persona grande, muy difícil de encarar, de pocas palabras, y le pedí que me diera un precio, pero no quería saber nada, y después fui de nuevo”, narra sobre lo que se volvió una tradición año tras año.
“Incluso le ofrecí comprarle para él otro Torino, porque pensé que capaz no se quería desprender y quería otro, pero no, me dijo que él ni siquiera maneja, que el auto se lo compró a su papá, que ya falleció, y que por eso no lo quiere vender”, revela.
Se abordan con un toque de humor las coincidencias en el valor simbólico que ambos atribuyen a la situación, lo que quizás explique su desacuerdo en el asunto. No obstante, el protagonista enfatiza su determinación de continuar insistiendo en la búsqueda.
“Me contó que se lo fueron a comprar varias veces, pero que lo querían para desarmarlo, y no no quiere que termine todo desarmado", detalló.
Después, agregó: "traté de explicarle que yo jamás lo vendería en partes, si justamente lo que a mí me importa es que el auto está todo armado, no tiene faltantes, está tal como lo tenía mi viejo, y si bien está arrumbado desde 1999, sin las llantas, y hay que hacerle un montón de trabajo, yo lo volvería hacer, así como hice a los 17″.
En un principio, le proporcionó pruebas de su familiaridad con detalles que confirmaban la relación del vehículo con su padre. Mencionó que previamente contaba con un techo de vinilo y notó modificaciones que le resultaron familiares. “Me decía: ‘¿Y usted cómo sabe todo eso?’, y ahí le conté lo que representa para mí ese Torino, toda mi niñez, y los destellos de recuerdos que tengo con mi papá, cuando me subía al lado de él y jugábamos, cuando me hacía tocar bocina, todos esos momentos”, explica. Aún así, el hombre no accedió a la venta.
En una de las ocasiones más recientes, lo acompañó un colega con experiencia en la restauración de vehículos y llevó consigo los documentos originales del automóvil.
“Le mostré cuando mi papá lo sacó de fábrica, donde figura el nombre de mi padre, Antonio, como primer dueño, y el año que lo vendió en un histórico de dominio, dos meses antes que él falleciera, porque se enfermó de cáncer y para no dejarle pendiente el trámite a mi mamá, se ocupó de venderlo estando en sus últimas”, rememora.
Su padre se dedicó a la albañilería durante toda su vida, mientras que su madre ejercía como docente de historia. Establecieron su hogar en Lomas de Zamora, ubicada en la Provincia de Buenos Aires. “Él era fanático de la Fórmula 1, de Ferrari y de las carreras, y creo que a mí eso me marcó mucho, porque lo tuve presente toda la vida”, confiesa.
La repentina pérdida de su padre dejó una profunda huella en su madre, quien se encontró de golpe en la necesidad de comenzar de nuevo, con la responsabilidad de cuidar a sus tres pequeños hijos de 4, 5 y 6 años de edad. “No solo pasó por eso, sino que hace 10 años perdimos a mi hermano, que murió muy joven, y eso la derrumbó”, manifiesta con tristeza.
Aunque no compartió todos esos detalles con el propietario actual del Torino, intentó expresar en cada ocasión cuánto anhela recuperar ese automóvil.
“Hace casi un año que no voy, y una vez me dijo: ‘Tranquilo que cuando yo me decida a venderlo, te voy a llamar a vos’, pero nunca pasó, y lastimosamente sé que no me lo quiere vender porque le recuerda a su papá, exactamente igual que a mí”, se lamenta.
Mientras tanto, halla consuelo en el automóvil que restauró hace 26 años, el cual, aunque no rememora los recuerdos de su infancia que prefiere atesorar, también representa una parte significativa de su historia.
“Mi Torino también tiene mucho valor para mí, primero porque lo armé con mi hermano que ya no está, y también porque conozco a mi señora desde que tenemos 16 años, y con este auto hicimos nuestras primeras salidas como novios, y nos acompañó hasta el día que nos casamos”, apunta.
No obstante, a raíz de sus vivencias personales, comprende que no son elementos sustituibles, sobre todo cuando se trata de anhelos que brotan del corazón.
“Tengo recuerdos incluso desde lo olfativo, el olor del momento en que entraba a ese auto con mi viejo, es muy loco como me quedaron grabados todos los detalles, y me encantaría tener la oportunidad de recuperarlo y restaurarlo con mi hijo, que ahora tiene un año y medio, pero sería su primer contacto con el rubro, y así de paso vemos si a él también le gusta”, proyecta.
Más de una vez le han dicho que se trata de un “cacharro viejo”, pero para él representa mucho más, y no solamente por ser el auto de su padre.
“Tiene mucha historia a nivel nacional para los ingenieros mecánicos y porque en su momento fue utilizado para Turismo Carretera, Fórmula 1 y Mecánica Nacional; cuando salió tenía un montón de cosas modernas en cuanto a diseño y mecánica, e incluso el interior de los primeros Torinos era igual a una Ferrari”, destaca.
Y se remonta a sus tiempos de estudiante en un colegio de automotores, y luego como ingeniero mecánico, por las posibilidades que tuvo de cruzarse con personas que admira mucho.
“Hace más de 12 años trabajo en el INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) en el Centro de Investigación en mecánica, y tuve la oportunidad de trabajar con el ingeniero Gustavo Durán, que trabajó en las pruebas de la coupé Torino cuando las hicieron, entonces como ingeniero siento que el auto en sí mismo es un hito en la historia automotriz”, indica.
Y concluye: “No me voy a dar por vencido, porque era realmente una aguja en un pajar, y ahora que lo encontré, no voy a bajar los brazos”.
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