El llamado “Último Primer Día”, conocido por sus siglas UPD, se instaló como una de las tradiciones estudiantiles más visibles del inicio del ciclo lectivo en Argentina. La práctica reúne a alumnos del último año del secundario durante la noche previa al regreso a clases, con el objetivo de celebrar juntos la llegada de su etapa final en la escuela.
La dinámica incluye encuentros nocturnos, escaso descanso y una entrada grupal al establecimiento educativo en la mañana siguiente. En muchos casos, los jóvenes asisten con ropa intervenida con pintadas, bombos, batucadas y elementos festivos que marcan el tono de la jornada.
Con el paso del tiempo, la propuesta adquirió mayor dimensión y comenzó a replicarse en distintos puntos del país. Esa expansión abrió un debate que cada año vuelve a escena en torno a los límites, la seguridad y el rol de los adultos.
Una tradición que crece
El UPD surgió hace aproximadamente una década y se difundió de manera progresiva entre promociones de distintas instituciones. Lo que comenzó como una reunión informal entre compañeros tomó forma de evento organizado, con planificación previa y coordinación por redes sociales.
En algunos colegios, la celebración incluyó bengalas de humo y pirotecnia, lo que generó preocupación en autoridades escolares y familias. También se registró una especie de competencia entre promociones para lograr la puesta en escena más llamativa.
Ese contexto llevó a que el Último Primer Día se compare con otros hitos del último año, como el viaje de egresados o la fiesta de despedida. La visibilidad que adquiere en redes amplifica su impacto y alimenta la discusión pública.
Las recomendaciones apuntan a brindar información clara y basada en evidencia científica sobre los efectos del alcohol en adolescentes. También promueven el diálogo entre adultos y jóvenes como herramienta de prevención.
En distintos distritos, agencias provinciales y municipales articulan protocolos de actuación ante situaciones de intoxicación. Entre las medidas sugeridas se incluye la comunicación con servicios de emergencia y el contacto con responsables adultos.
El rol de las escuelas y las familias
Frente a cada inicio de clases, directivos y docentes definen pautas para el ingreso al establecimiento durante el UPD. Algunas instituciones fijan horarios específicos, limitan el uso de elementos pirotécnicos y coordinan con fuerzas de seguridad para ordenar la jornada.
Las familias, por su parte, participan en reuniones informativas donde se abordan posibles escenarios de riesgo. El intercambio busca anticipar situaciones vinculadas al descanso insuficiente o a conductas que afecten la integridad de los estudiantes.
Así, el UPD se convierte en un fenómeno social que trasciende el ámbito escolar y abre un debate más amplio sobre adolescencia, celebración y límites.