¿El varón ama más y mejor?

"Para que nos amen, debemos hacer lo que ellas quieren", asegura Pablo Novak, autor de esta columna. Desmiente que las mujeres se enamoren más que el hombre y que amen sin condiciones, y afirma que la lista de prioridades femeninas no tiene al varón ni a la pareja en primer lugar. Los hijos, los deseos personales y las ganas de seguir apostando al amor, aún con la estadística en contra.

Hay mucha bibliografía y hasta una antigua tendencia a creer que la mujer ama más que el varón, o que la calidad de su amor es superior. Y no es así.

El amor de pareja, claramente, se construye; y es probable que ella lo construya más rápido. Pero una vez que él se entrega, su amor será más difícil de derribar. El de la mujer, creo, se yergue con materiales algo más endebles.

Por ejemplo, ¿cuántas veces escuchaste que "lo dejó porque él no quería tener hijos"? Muchas, ¿verdad? Para dar un caso: están de novios; se aman; pasan miles de cosas juntos, años; conviven y todo; se llevan bárbaro y son el uno para la otra; hay mucho amor, pero él no quiere tener hijos aún... Supongamos que tienen 33 años; lógicamente, ella está más apurada y lo abandona. Lo ama, pero su necesidad de ser madre la hace tomar la decisión de dejarlo. El no puede creer que le quite la prioridad, no da el brazo a torcer y termina torciendo su vida entera.
Se quedan solos. Ella se abre un facebook, se anota en un curso de tango, y un par de meses después, en una milonga conoce a uno que -ups!- la embaraza, y se van a vivir a un ph.

Un tiempo más tarde, ella ya "ama" al otro. ¿Es esto posible? No solo es posible, sino que es habitual.
Entonces, ¿cómo es el amor de ella? ¿Y cómo es que se acaba?
¿Cuándo dejó de amar al anterior?
Cuando no hizo lo que ella quería.
¿Y cuándo lo había empezado a amar?
Cuando sí hacía lo que ella quería.
O sea que, caballeros, para que nos amen, debemos hacer lo que ellas quieren.
Por lo tanto el amor de la mujer es, en jerga inmobiliaria, ad referendum. Está más condicionado que el del varón.

Lógicamente, en el ejemplo propuesto pesa la maternidad y es un hecho que desde niñas asocian "amor de pareja" con "futuro padre de sus hijos." Pero luego de ser madres, cuando "ya están hechas", la imagen del padre de sus hijos suele flaquear ante avatares económicos, hastío o infidelidades.

El tipo tiene claro que pasa a segundo o tercer plano. Cuando llegan los hijos, se pondrá en la cola y esperará migajas de energía de su mujer, que en el mejor de los casos retornará años después, ya con otra impronta. Pero esa es otra historia; si hablamos del amor de la mujer, podemos decir que es por lo menos raro su final. Y que sobreviene abruptamente por malentendidos, intolerancia, cansancios y hasta desilusiones. Y la principal desilusión es, para ella, que él ya no le da lo que necesita; y para él, la traición de la mujer, que casi siempre es la que patea el tablero dejándolo culo para arriba, frente a una nueva y cruel realidad: ella no era incondicional.

Es la tendencia: muchísimas mujeres (cuando ya tuvieron la cantidad de hijos suficiente) se rebelan ante un marido rebelde, y le piden el divorcio. No les molesta quedarse solas (con los hijos) y especular con otro marido menos rebelde; con una escoba nueva que barra bien y sea apasionado y dócil como su ex, años ha.

Estadísticamente comprobado: una aplastante mayoría de las separaciones son decididas por ellas.

Las que "aman demasiado", las que son "de Venus", pese a todo lo construido, antes o después ya no van a amarlo por quién es o por cómo es. Van a amarlo por lo que haga. Aman ante la promesa de exclusividad, hijos, viajes, pensión completa y/o proyectos. Aman por el futuro que uno pueda ofrecerles; la pasión que pueda ponerles y el acceder permanente a sus necesidades.

El amor del hombre es perenne y no pretende cambiarlas, sino lo contrario. Precisa sus caricias; el amor del varón entregado a una mujer, más allá del sexo, incluye básicamente aspectos tiernos que tienen que ver con ser hijo y al mismo tiempo ser padre de su amada.

Ser hijo de una "extensión" de su madre, aquella que lo considera el más hermoso, amado y lo salva del hostil mundo bajo el seno del hogar.

Y ser "padre" de aquella nenita inocente y caprichosa que alguna vez fuera su mujer, y que sigue presente en llantos o berrinches que él complacerá, miedos que protegerá para sentirse así también, admirado.

No por nada los varones nos enternecemos ante sus fotos en álbumes familiares; no por nada "tira" la imagen de niña para proteger por lo que quizá una amplia mayoría se procure mujeres mucho más jóvenes.

La mujer quiere creer que su hombre sólo la desea a ella.
El varón quiere creer que su mujer le es incondicional.
Ambos se mienten, y sobre esa bonita mentira construyen.
Pero la mentira es necesaria. Como la ficción que nos alimenta y con la que nos criamos; como los cuentos que nos cuentan para dormir.

Seguimos queriendo creer en los amores. Porque "que los hay, los hay."
No incondicionales, claro; el único amor incondicional se da entre padres e hijos. De ahí la confusión varonil: mezclamos el amor tierno; nos sentimos padres y/o hijos de ellas.

El amor de la mujer depende de un proyecto. Y cuando el proyecto de cada uno se tuerce hacia otro lado, el amor se termina.

Y hoy se termina cada vez más pronto. Hay menos aguante y más zapping.
Al lógico "Te amo, pero si no querés tener hijos te dejo de amar", puede seguirle un menos lógico "Te amo, pero si no querés irte a vivir a La Cumbrecita conmigo, mi amor se desvanece".

O un:"Te amo, pero si le ponés muchos "me gusta" a otras, comienzo a dudar de mi amor hacia vos".
O: "Te amo, pero si no me acompañás al dentista, mi amor se desilusiona" o hasta un: "Te amo, pero si no tenés cambio de 100, me empezás a gustar menos."
Los motivos de ruptura, pueden llegar a sonar ridículos.
Pero queremos creer. Seguimos queriendo creer.
El álbum de fotos, tira.

Fuente: Pablo Novak es actor, músico y autor del libro "Todos los hombres son solteros (Historias e histerias masculinas)". www.pablonovak.blogspot.com

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