El argentino venció en cinco set al sudafricano Kevin Anderson, y alcanzó los cuartos de final de Roland Garros, y ganó por 1-6, 2-6, 7-5, 7-6 (7-0) y 6-2 con una fuerza mental pocas veces vista en su carrera, en una batalla cambiante de 3 horas y 51 minutos. Ahora, jugará con Rafael Nadal, el dueño de París, que derrota al alemán Marterer por 6-3, 6-2 y 7-6 (7-4).

"Vamos carajo, Mercí", rubrica en la cámara oficial, después de la faena. Es su mejor actuación en Roland Garros. Que se venga, Rafa, debe estar pensando, en este preciso instante. Se siente en la cúspide de la Torre Eiffel. Tiene destreza, garra y una muñeca de salón. El globo del cuarto set así lo certifica, las agallas del último tramo del encuentro lo definen. Tiene, ahora sí, destino de top 10.

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“No sé cómo hice para ganar, Anderson jugaba increíble y no había por dónde entrarle; incluso sacó para partido dos veces. Y el quinto set fue un drama, pero su físico no le ayudó”, dijo.

Los dos primeros parciales son un martirio. Esa clase de días en los que se piensa: para qué levantarse. Falla en todo lo que puede no fallar: un servicio débil, derechas al medio de la cancha y escondida la agresividad. Anderson hace todo bien. Le salen todas: 6-1 y 6-2 en poco más de media hora.

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Apremiado durante el tercero y el cuarto set, cuando el sudafricano estaba a punto de cantar victoria y con su servicio, el pequeño gran hombre se sostiene, quiebra y sigue con vida. El tie break lo cierra con una clase de teatro, con movimientos típicos de un artista profesional: 7-0. A esa altura, el saque de Anderson, a menos de 200 kilómetros por hora, parece lanzado de abajo. Previsible, ineficaz.

El quinto parcial es un concierto de desvaríos: de un lado y del otro. Queda la sensación de que quién se afirma primero, va a ganar el partido. Va a viajar rumbo a los cuartos de final. Lo logra Peque, cuando el deporte se convierte en un drama y acaba en comedia. La emoción es a la medida de Schwartzman, que no va a despertar de este sueño nunca más.

Fuente: La Nación

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