El 2018 fue un año alarmante en la lucha contra el cambio climático. Entre los incendios en Californias, los mensaje clima escéptico de Trump, las inundaciones en Somalia e India, el crecimiento en Asia de las contaminantes centrales de carbón y hasta la combinación sequía-inundación que afectó a nuestra pampa húmeda para nombrar algunos ejemplos, dos actividades globales de alto impacto en esta lucha.

La primera fue la reunión de expertos del IPPC (Panel intergubernamental sobre cambio climático). Este grupo de expertos de todo el mundo revisó toda la evidencia científica acumulada para dictaminar cual es la situación actual, que acciones podemos tomar, que pasaría si implementáramos algunas de esas acciones y que consecuencias concretas podemos esperar en el clima de todos los días en cada escenario. En octubre se publicaron las más de 400 páginas del informe encargado por los países a estos científicos a través de las Naciones Unidas.

La segunda reunión, la COP24 Katowice cerró el año dejando renovadas esperanzas. En este caso representantes oficiales de más de 200 países fueron convocados al corazón carbonífero polaco para termina una discusión que ya llevaba tres años. Establecer las reglas de juego comunes para medir el la reducción de emisiones de cada país y a partir de allí establecer un sistema de comercio de reducciones entre Naciones.

Si tuviéramos que resumirlo, el clima global está un poco peor de lo que suponíamos hace tres años, las consecuencias de no cumplir el acuerdo de París recalculadas parecen también más graves que entonces, pero al menos hemos alcanzado un acuerdo sobre los métodos y acciones necesarias para controlarlo y/o al menos adaptarnos. Este acuerdo es más relevante si recordamos que como cualquier decisión sobre cambio climático, debe ser aprobada por unanimidad de los estados miembro.

Hay que ser claros, no estamos enfrentando un inminente apocalipsis sino cambios en el clima difícil de predecir y en muchos casos irreversibles que harán más difícil la vida en el planeta. No afectará a todos por igual, y dependiendo de donde vivas y cual sea tu situación estos cambios podrían ser desde incomodidades soportables como lluvias torrenciales, más calor o alimentos más caros hasta la necesidad de migrar, la hambruna o la muerte.

Según el mencionado informe IPCC 2018 las consecuencias de un incremento en la temperatura de la tierra de hasta 1.5 °C serían peores de lo proyectado hace tres años. Si en vez de esa meta, el aumento alcanzara los 2 °C, las consecuencias negativas en lo que respecta a incendios, sequías, precipitaciones y temperaturas extremas sería aún peores.

Ambos escenarios de calentamiento global se ven más preocupantes si pensamos que suponen un cambio drástico e inminente en nuestra forma de vida. Además, las emisiones contaminantes han seguido creciendo a nivel global. Si sumamos los compromisos actuales para la reducción de la contaminación climática de todos los países, según este informe nos conduciría a un aumento de 3 °C hacia fines de siglo, el doble del escenario que necesitamos adoptar urgente.

Además del estado actual, ya calentamos la tierra aproximadamente 0.8 °C, y sus perspectivas, también él informa IPCC 2018 sintetiza el conjunto de acciones concretas que la humanidad debería tomar para no ir más allá de 1.5 °C, es decir el escenario optimista y casi imposible. Para representar mejor el tipo de esfuerzo que debería hacer el mundo, en una sobre simplificación en todos los sentidos, imaginemos por un momento como sería nuestra vida cotidiana adoptando la parte que nos tocaría proporcionalmente a los jujeños.

Lo primero que tendríamos que hacer es dejar la adicción petrolera. En 15 años el mundo, y en este ejemplo Jujuy, debería reducir a la mitad el uso de combustibles fósiles y en 30 años abandonarla completamente. Jujuy debería cubrirse de bicisendas y el transporte público de buses y potencialmente trenes o tranvías urbanos tendría otra relevancia que hoy no tiene. Para aquellos que insistieran con la movilidad propia, deberían andar en autos, motos o bicicletas eléctricas. Claro que eso generaría otros cambios en la infraestructura vial y eléctrica. Las estaciones de servicio se harían obsoletas, cargaríamos nuestros vehículos en casa, para qué una estación.

Todo sería eléctrico, lo que nos lleva al siguiente cambio profundo. No más centrales termoeléctricas de gas, hoy fuente casi exclusiva y principal de electricidad de la provincia. La central de Güemes, la recién inaugurada central de Caimancito y tantas otras, simplemente debería cerrarse. Todos dependeríamos de las renovables, en un campo en el que estamos posicionados para liderar pero que aún falta saber cómo guardar energía cuando hay sol para las horas de oscuridad. De todos modos, para Jujuy parece un escenario posible. Claro que una construcción climáticamente inteligente de casas y edificios que aprovechen mejor la iluminación natural y regulen la temperatura ayudaría muchísimo. Seguramente Caucharí, el enorme parque solar jujeño en construcción, se vería complementado por termotanques solares y paneles solares domiciliarios. Tal vez una enorme batería pasaría a ser un electrodoméstico estándar de las casas, como el lavarropas o la heladera. Si habría que olvidarse de las estufas y cocinas de gas que en 15 años perderían toda utilidad. Y con ellas la red de gas y los enormes gasoductos que nos surcan. Todo ahí enterrado y sin uso alguno, como máximo en 30 años.

Entre esos cambios, deberíamos mirar con nostalgia las construcciones de cemento y ladrillo que queden de los viejos tiempos. La madera estaría en todas las partes estructuras, pisos, ventanas, techos.

La madera es un gran material anti cambio climático porque los árboles absorben CO2 de la atmosfera, el principal contaminante, y la almacena en la madera. Por ello es la principal estrategia que tenemos para descontaminar la atmósfera a escala planetaria. Plantar muchos árboles, cosecharlos, hacer cosas permanentes con la madera y volver a plantar nuevos árboles. El sistema actual de construcción, basado en hierro y cementosería casi completamente remplazado. No hay un odio cementicio o metalúrgico oculto, el problema es la enorme contaminación que genera su producción y además que ocupan lugares útiles para almacenar carbono, como una pared. Paradójicamente en la ciudad de Portland se está construyendo un edificio de 12 pisos y en Austria otro de 24 pisos como muestras del potencial de la madera para cualquier tipo de construcción civil. A simple vista parece un objetivo alcanzable pero debería desafiar tanto a una arraigada cultura cementera como al lobby licito de las industrias involucradas. Claro que en 2050 aún San Salvador mantendría un aspecto de concreto pero toda casa nueva más sus remodelaciones sería en madera. Ayudaría al tema construcción que la ciudad dejara de expandirse en superficie y comenzara a ganar altura, haciendo más eficiente el uso de la infraestructura energética, facilitando el transporte público y dejando tierras para la agricultura periurbana.

Una fácil para la construcción, todo los techos que no estén cubiertos de paneles debería estar pintados de blanco y mantenidos siempre radiantes. Y digo radiantes porque justamente su función seria reflejar la luz solar mandándola de nuevo fuera del planeta sin haber calentado nada entre nosotros. Una pequeña ayuda.

Hasta ahí más o menos lo imaginable, diríamos realizable. Pero también tocaría cambiar completamente nuestra dieta. Una reducción fuerte, para los argentinos dramática, en el consumo de productos de origen animal seria indispensable. Hoy los argentinos comemos alrededor de 50 kg de carne por año, es decir una vez cada dos días. En el escenario del esfuerzo global para que la temperatura no suba más de 1.5 C, deberíamos pasar a comer carne vacuna una o dos veces al mes. Algo similar con los huevos, la leche y los quesos, el pollo y el cerdo. Lo que pasa con todos estos alimentos, igual que con el cemento, es que se emiten muchos gases contaminantes para producir un kg, así que si de verdad quisiéramos cumplir la meta, deberíamos reemplazarlos vegetales y derivados. Supongamos que la industria de los alimentos desarrolla sustitutos aceptables y a buenos precios. Aflojarle tanto al asado, las empanaditas, y los bifes no parece tarea fácil.

Claro que no es solo dejar la carne, sino volver hacia una alimentación apropiada para el lugar donde vivimos, por suerte un campo fecundo y generoso. Frutas de estación y producidas cerca para que no hayaque contaminar transportándolas o produciéndolas en contra del clima.

Más trabajo casa adentro. Habría que separar nuestros residuos de una manera masiva y generalizada. Debería ser para todos un sacrilegio poner en un mismo botadero restos de comida con papeles y plásticos. Claro que olvidarse de las bolsas plásticas. Algunas sociedades han logrado avances sorprendentes al respecto. En la Cerdeña en Italia por ejemplo quien desee tirar a la basura una botella de aceite de oliva debe despegar primero el papel, la tapa de aluminio y arrojar todo en distintos cestos, en diferentes días. Así todos los días con todos los productos. Otra prueba difícil.

También en el tema de basura, deberíamos evitar desperdiciar la mitad de la comida que hoy se va en los tachos de basura.

La basura tiene implicancias múltiples. Los restos de comida se convierten en metano y son un potente contaminante, y todos los materiales que rescatamos evitan ser regenerados en industrias que a su vez consumen energía y contaminan.

Cada porción de comida que tiramos innecesariamente son más áreas de cultivo, tractores, fertilizantes y transporte de esos productos que siguen contaminando. Otro de los compromisos sugeridos por el IPCC, sería reducir a la mitad los desperdicios de alimentos.

Además de estos esfuerzos individuales, deberíamos tener compromisos colectivos para expandir 20.000 hectáreas de bosque, es la proporción que nos toca, reducir a 0 la desertificación en la puna,y pasar todo el transporte posible a una eficiente red ferroviaria.

Si llegaste en la lectura hasta aquí entenderás por qué COP24 los estados petroleros se negaron a reconocer oficialmente el informe del IPCC, pero al mismo tiempo se acordaron acciones fundamentales para aceitar los mecanismos globales de lucha contra el cambio climático.

Se acordó lo posible, no lo necesario, decía uno de los delegados nacionales luego de dos arduas semanas de negociación.

Hasta ahora no parecen estar dadas las condiciones políticas para introducir estos enormes cambios de forma de vida humana.

No deja de ser un avance que, por primera vez en la historia del mundo, todos los países se sientan a definir soluciones consensuadas para un problema global. Ningún país puede por sí solo resolver ni tampoco evitar sus consecuencias. Como nunca se observa la dimensión global de un problema indivisible por casualidades administrativas en el territorio.

Han pasado 24 años de la primera COP en Berlín. Para una vida parece mucho tiempo y pocos avances, para la historia del planeta es un increíble progreso a velocidades inusitadas. Será cuestión de generaciones para que el cemento, la nafta y hasta la carne sean como las carretas, imágenes vivas del pasado.

*Adolfo Kindgard

Es docente e investigador en aplicaciones de sensores remotos en CIATE (Centro de investigaciones aplicadas de teledetección), Universidad de Buenos Aires. Es consultor experto en Sensores remoto y S.I.G. y Asesor Forestal. Actualmente coordina un equipo conjunto FAO Panamá de mapeo y monitoreo forestal para el proyecto UN-REDD.

Participó en publicaciones científicas en revistas nacionales e internacionales y en publicaciones de divulgación científica de organismos regionales UNEP, FAO, IICA, OEA.

En los últimos años se desempeñó como regional del S.I.G. Gran Chaco americano, es consultor nacional para el proyecto de la Unión Europea-Mercosur de buenas prácticas para el control de la desertificación y la sequía, y punto focal de monitoreo de desertificación en región NOA del proyecto LADA-FAO.

Fundó la consultora Ecosat S.H., que desde 2008 ofrece soluciones S.I.G. y sensores remotos al sector forestal, agrícola, ganadero y ambiental de Argentina, Paraguay y Bolivia. En la actualidad coordina un equipo técnico en el diseño e implementación de planes de manejo sustentable de bosques nativos argentinos.

En el campo de la producción es socio fundador de TallTer S.R.L., empresa dedicada a la reforestación, producción de pallet y madera para la construcción, dándole un vínculo directo con la dinámica productiva foresto industrial.

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