“Es un día muy especial para mí, soy trasplantado renal”. El que habla es Héctor Matuk, un hombre que hace unos años recibió una mala noticia: necesitaba sí o sí, un trasplante de riñón.
Los riñones –como todos los órganos del cuerpo– no se compran ni se venden (al menos, dentro del marco de la legalidad). Los riñones, como todos los órganos, se donan, se regalan, se dan. Se dona un órgano, se dona vida.
En algunos casos la donación viene de alguien que ya murió, con muerte cerebral e imposibilitado de vivir. En otros, como los que conoceremos en esta nota, se trata de personas plenas, con vida normal, que luego de donar un órgano, siguen viviendo su vida con la felicidad de saber que salvaron a alguien.
Héctor Matuk atravesaba una enfermedad renal y sabía que posiblemente iba a necesitar un trasplante. Cuando esa posibilidad fue inminente, cuando la cirugía era fundamental, ya sabía que contaba con el apoyo de su familia.
“Mi hermano estaba pasando por un momento de salud preocupante, necesitaba una donación de un riñón y esa fue mi decisión”, cuenta María Gabriela Matuk, una hermana menor de Héctor. Y agrega que “cuando él llegó a la etapa del trasplante ya sabía que sus hermanas estábamos dispuestas a donarle el riñón”.
Hoy, con esa situación dos años en el pasado, cada uno de ellos continúa con una vida normal. La persona trasplantada requiere de cuidados, de tratamientos médicos, pero puede desarrollarse, trabajar, recrearse sin inconvenientes. En el caso del donante, la situación es más fácil, y sólo hay que tener algunos cuidados.
“Después de haberle donado un riñón pude vivir perfectamente. Por supuesto, con cuidados como con la sal y un control, pero totalmente normal”, destaca Gabriela.
Otro caso que hay en Jujuy es el de María Marta Yarade. Su hija tenía una insuficiencia renal crónica por la que fue tratada durante mucho tiempo, hasta que al cumplir 12 años necesitó el trasplante. La donante fue María Marta, su mamá que, por segunda vez, le dio vida.
“No se piensa. Uno ve el bienestar de la otra persona y no se piensa”, dice hoy, cinco años después de haber donado un riñón para su hija.
Los tres (Héctor, Gabriela y Marta) coinciden en algo: es fundamental donar órganos, médula o sangre. Y el donante, aseguran, puede continuar con una vida plena.
¿Qué recomiendan y aconsejan?
“Hay que tomar consciencia”, dice Héctor. “Nosotros mismos, hasta que no nos pasó, veíamos en las noticias o nos enterábamos de alguien que había sido trasplantado y no le dábamos la importancia que tenía”.
“Que se decida, que no tenga miedo y que done órganos, porque saber que una persona vive con una calidad de vida perfecta, no tiene precio. A menos para mí, ver a mi hermano como lo puedo ver y disfrutar, no tiene precio”, dice Gabriela.
La opinión de Marta va en la misma línea: “donar órganos, sangre o médula salva muchas vidas, no solamente la de un familiar, sino de cualquier persona”.
¿Y el miedo?
“Muchas veces la gente que no dona por miedo”, cuenta Héctor. “Los invito a que vayan a Tribunales de la calle Independencia y pregunten por María Gabriela Matuk, van a verla ahí, haciendo vida normal como siempre la hizo”.
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